Los Mismos de Antes

Capítulo 8: Alas torcidas

Habían pasado dos semanas, quince días sin hablar con Camila, sin verla de cerca, sin saber realmente en qué estaba... pero pensando en ella todos los días. Aun no podía creer que esa dientes de ratón no me escuchara, sabía que tenía razón en ciertas cosas que mencionó, pero yo solo quise protegerla.

No sabía bien que podía hacer en este momento, pero ya sentí que ya era momento de actuar así que acudí a la persona que conozco que más sabe de mujeres...El gran Pacho, su comportamiento con el genero femenino es bastante cuestionable pero su conocimiento del mismo es innegable.

Llame a Pacho pero por desgracia me dijo se encontraba ocupado dando unas clases particulares y no tenía tiempo el día de hoy, podrá ser un mujeriego pero eso de ser profesor se lo toma en serio. Por desgracia no sabía a quien más acudir, entonces mientras buscaba una solución fui a casa de mi hermano Teodoro que me había pedido ayuda para reparar su computador.

Así pasé toda la tarde en casa de mi hermano y justo cuando estaba a punto de irme pensé ¿Y si le pido un consejo? Digo es mi hermano mayor, de seguro sabe más que yo de este tipo de casos, no pierdo nada con intentarlo. Mi hermano estaba tirado en el sofá, con el celular en la mano, como si el mundo no le importara demasiado.

—¿Te puedo molestar o qué?

—Si trajiste comida, sí —respondió Teodoro

—No traje nada. Respondí con una sonrisa

—Entonces no sé pa' qué preguntas.

Me dejé caer en la silla frente a él.

—Necesito un consejo.

—Uy... grave. Teo levantó una ceja, sin mirarlo del todo.

Respiré hondo y me sinceré con él.

—La cagué.

—Sí, ya sé.

Tomás frunció el ceño.

—¿Cómo que ya sabes?

— Emmmm...Mamá. Todo lo sabe, todo lo cuenta... todo lo exagera. Teo soltó una risa corta.

—Bueno... entonces ya sabes lo que pasó. Respondí negando con la cabeza, resignado

—Más o menos —respondió Teo, ahora sí mirándolo—. Pero quiero escuchar tu versión.

Y bueno tuve que contarte todo, le contó del torneo, de Laura, de Felipe, de la discusión, de cómo todo se le fue de las manos de repente. Cuando terminé de hablar, la tranquilidad se quedó unos segundos entre los dos.

—¿La quieres? —preguntó Teo.

—Sí. Dije sin dudarlo, aunque sorprendido de haberlo dicho sin siquiera pensarlo

Teo asintió, como si eso fuera lo único importante.

—Entonces ya sabes qué hacer.

—No... no sé.

Teo se incorporó un poco.

—Sí sabes. Solo estás buscando otra opción más fácil, simplemente acércatele si en verdad la querés.

—¿No es mejor esperar que ella me busque?

—No si en verdad te importa, a veces toca bajar la guardia y ceder, así sea con miedo

—No sé cómo acercarme... ya no sé qué le gusta, qué no... cambió. Respondí con la mirada baja

Teo negó suavemente.

—La gente cambia... pero no tanto, todos extrañamos algo de lo que éramos, de seguro ella todavía conserva sus gustos de cuando eran niños, no creo que haya cambiado tanto. Al decir eso se inclinó hacia adelante.

Esa frase se quedó flotando y algo hizo clic, levanté la mirada.

—A ella le gustaban los pájaros...

—Entonces ya tienes por dónde empezar. Teo sonrió apenas.

Asentí con la cabeza, pero había un problema lo cual me hizo salir una mueca.

—Necesito plata.

—Ah no, papi. Yo doy consejos, no financio errores, soltó el con una carcajada.

—Pero es una buena causa...

—Me alegra mucho pero este árbol no está dando frutos.

Se miraron un segundo... y ambos soltaron la risa.

—Tacaño —murmuró Tomás.

—Estratega —corrigió Teo.

Era un tacaño sin remedio aun si no puedo negar que me había abierto los ojos, era quizás la respuesta mas simple, algo sin mucha ciencia ni dificultad que a la vez tenía todo el sentido del mundo. La respuesta siempre fue la más simple, ahora bien, era momento de abrir mi alcancía y pedirle algo financiamiento a mi papá para llevar a cabo mi plan.

El lunes tarde, el grupo estaba reunido, los había convocado para una importante misión, era momento de llevar a cabo la operación pájaro.

—Necesito que me ayuden en algo —dijo Tomás.

—Depende —respondió Pacho—. Si es ilegal, cuente conmigo. Si es romántico... lo pienso.

—Es romántico y ridículo.

—Ah... entonces no.

Gero le dio un golpe suave en el hombro.

—Cállate y escuchá.

Tomás los miró a todos.

—Necesito que consigamos unos disfraces de pájaros.

—¿Qué? —dijeron varios al tiempo.

—Disfraces... de pájaros, sé que suena raro, pero confíen en mí.

Pacho se quedó mirándolo fijo.

—Hermano... ¿vos estás bien?

—Luego les explico, solo confíen.

Gero levantó la mano.

—Yo voy.

—Yo también —añadió Emilio.

Pacho suspiró.

—Bueno... pero si salimos en un video viral, yo no los conozco, tengo una reputación que cuidar

Arrancamos entonces a la zona de La Alameda, estaba viva como siempre. Colores, ruido, gente negociando, los vendedores ofreciendo sus ofertas y por su puesto el olor de sus famosos restaurantes de comida de mar, es una delicia comer en alguno de ellos. Pero lo que nos traía por aquí además de la posibilidad de comernos un sancocho de pescado era que en esta zona hay varias tiendas de disfraces.

—Necesitamos algo llamativo —decía Alejandro, completamente metido en su papel—. No cualquier disfraz... esto tiene que tener concepto.

—¿Concepto? —repitió Pacho—. Es un pájaro, Alejo y ya bastante es disfrazarnos con este calor para meterle más concepto

—No importa, tenemos que tener identidad visual, cada pájaro tiene su propio estilo y así deberíamos ser nosotros

Solo los miraba, medio perdido... pero agradecido, eran mis amigos, mis aliados, mis casi hermanos, un grupo de mosqueteros que se cuidaban entre sí. En toda esta búsqueda pasaron un par horas probando cosas ridículas y descartando otras peores, riendo más de lo necesario.



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En el texto hay: romance, vida, amistad

Editado: 09.04.2026

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