La luna llena se alzaba sobre el cielo con una calma inquietante. Decían que su luz atraía buena fortuna y nuevos comienzos, pero me resultaba demasiado irónico creer en eso ahora mismo, mientras mi abuela se aferraba a la vida en una fría habitación de hospital, respirando despacio, como si cada aliento pudiera ser el último.
—Aquí estabas, Sel — mi hermano apareció detrás de mí —. Te traje un café — me extendió un pequeño vaso de cartón.
Le agradecí y volví a contemplar el cielo, deseando que algún Dios o fuerza del universo, escuchase mis plegarias y salvara a mi abuela.
—Ella estará bien —. Interrumpió mis pensamientos.
—No lo sé, Jun … —dudé por unos segundos —. Tengo una extraña sensación de que esto podría complicarse —reconocí.
No mentía; la situación me parecía sospechosa. Nadie pudo identificar a la persona que trajo a mi abuela al hospital ni explicar el motivo de su grave estado. Los doctores mencionaron a un hombre alto, vestido con un saco largo de cuero, encapuchado y con lentes oscuros. No registró su nombre, solo clamaba por ayuda y cuando se aseguró de que iba a ser atendida, simplemente desapareció.
—No seas supersticiosa, la abuela está en buenas manos —aseguró mi hermano—. Además, estaré al pendiente todos los días que pueda — añadió, tratando de tranquilizarme mientras frotaba mi espalda.
—¿Pero no estás asignado a otra área? — pregunté.
Jun, era interno del hospital desde hacía cinco meses y formaba parte del equipo de pediatría. Los niños lo adoraban y siempre pedían que fuera él quien los atendiera.
—Sí, pero puedo encargarme de eso, no te preocupes —insistió.
—Aun así… algo no me cuadra —murmuré, apartando la mirada—. Nadie sabe quién la trajo, Jun. Solo mencionan a un hombre que ni siquiera registró sus datos.
Mi hermano suspiró con suavidad, como si midiera cada palabra antes de decirla.
—A veces pasan cosas así, más en el pasillo de emergencias —respondió.
— ¿Pero, por qué no se quedó? ¿Y si él le hizo daño?
Jun dejó de frotar mi espalda y me miró con seriedad.
—Escúchame —dijo—. Ahora lo más importante es que descanse y se recupere. No quiero que te adelantes a conclusiones que solo van a hacerte daño.
Asentí. Mi hermano tenía razón; estaba ansiosa por hallar respuestas y, aunque había perdido la cercanía con mi abuela en los últimos años, eso no hacía que dejara de importarme su salud, más aún sabiendo que estaba sola, a kilómetros de la ciudad.
— Sel, sé que te preocupas por ella, pero confía en nosotros por favor —pidió, con un tono más suave.
— Está bien, lo haré. —Lo abracé, aunque intentara tranquilizarme, pude percibir que él también tenía dudas.
— Vayamos adentro, que me estoy congelando — añadió, forzando una leve sonrisa.
Accedí y regresamos al hospital. Mientras recorríamos el pasillo, el silencio parecía más pesado de lo normal, las luces frías iluminaban cada paso que dábamos, hasta que el pitido constante de una máquina se filtró desde la habitación de mi abuela.
Respiré hondo y crucé la puerta. Sin saberlo, esa sería la última noche en la que el mundo como lo conocía, aún tenía sentido.
El sonido de mi teléfono me despertó. Sentí un ligero peso en mi hombro y encontré a mi hermano recostado contra mí. Los rayos del sol atravesaban las persianas, cubriendo toda la habitación con una claridad tenue.
—Estamos en un hospital, deberías hacer silencio —murmuró, mientras daba un largo bostezo.
—Era la alarma del trabajo —respondí —. Avisaré a Kiara que se haga cargo de los pendientes, la compensaré luego.
Busqué el contacto de mi amiga para comunicarle la situación, pero me topé con un nombre familiar.
—Creí haberlo eliminado… —susurré para mis adentros.
—¿A quién? — inquirió mi hermano. Me había escuchado.
—No es nada.
Mentí. Traté de restarle importancia, pero aquel nombre no pertenecía a ningún desconocido, sino a alguien que había sido parte de mi vida más tiempo del que estaba dispuesta a admitir. Alguien que un día decidió irse, dejándome con más dudas que respuestas. Creí haberlo dejado atrás, pero solía hacerse presente en los momentos más frágiles y este, era uno de ellos.
— ¿Sel, estás bien? — La voz de Jun me sacó de mis pensamientos. Asentí con la cabeza —. ¿Segura? Te quedaste pegada viendo al teléfono —añadió.
—Sí, solo que no encontraba el número de Kiara —. Era la segunda mentira del día.
—Bueno … Iré a buscar al médico para que revise a la abuela, no tardo —avisó y se fue dejándome sola.
Sacudí la cabeza y me exigí a concentrarme, finalmente hallé el contacto de mi amiga y comencé a redactar el mensaje.
“Hola Kia, lamento informarte por este medio, pero estoy en el hospital. Trajeron a mi abuela de emergencia… es una larga historia. Estarás a cargo hasta que vuelva.
Gracias, te quiero”.
En aquel momento agradecí ser mi “propia jefa”; podía ausentarme cuando lo necesitara y confiar el trabajo a mi leal compañera, además de un pequeño equipo que podía encargarse de todo. Sin embargo, era difícil no preocuparme por eso. El trabajo en la editorial no era complicado, pero tampoco sencillo, solíamos recibir muchas solicitudes, principalmente de escritores independientes que buscaban asesoría para la publicación de sus libros.