Los monstruos que veo en mi habitación

Los monstruos que veo en mi habitación

La luz de la luna se escabulle por una cortina, encontrando su reflejo en los ojos de un pequeño niño, sus rizos dorados brillaban por la grasa que se acumulaba en su cabello, su mirada estaba fija en su armario, expectante.
Una tenue brisa movió las cortinas, dando una vista perfecta a la calle, las personas se veían diminutas desde el quinto piso, las luces brillaban con intensidad, y la música se robaba toda la atención.
—¿Puedes oírme? —pregunta el niño bajo las sábanas.
—Te escucho claramente. —responde otra voz infantil.
—¿Dónde estás? —el niño analiza la habitación con la mirada sin poder encontrar a su interlocutor.
—Debajo de la cama, no quiero que me vea. —su tono denotaba nerviosismo.
—¿Ya viene? —el niño se cubre hasta la nariz con su sábana.
—No lo sé. Esta noche no he podido percibir su presencia.
—¿Puedo mirar por la ventana?
—Nos verá.
—¿Solo puedo esperar?
—Deberías dormir, si lo haces, no te asustarás cuando venga.
—No puedo dormir si ella no ha venido. No sé qué podría hacer si estoy dormido.
—No podrías hacer ni decir nada, aunque estuvieras despierto.
—Tal vez podría darnos tiempo mientras pensamos en un plan para escaparnos, o tal vez, una forma de que por lo menos tú escapes.
—No puedo escapar, no sin ti.
—Eres un bobo, al menos uno de los dos podría hacerlo.
—Ya viene.
—El silencio se apodera de la habitación, el niño se sienta en la cama y mira fijamente a la puerta, las cortinas se cierran, el ventilador se apaga y la habitación se alarga, la puerta del armario se abre lentamente, y de ella, una cegadora luz nace, tan blanca como la nieve y tan intensa como el sol.
Lejos.
Se escucha una respiración pesada, unos brazos alargados y delgados se balancean en el aire trazando patrones indescifrables. Una voz ronca tose y ríe con potencia. Una larga melena se deja caer por sus hombros y se mueve en todas las direcciones.
Menos lejos.
Sus uñas crecidas y puntiagudas se alzan virtuosas, rascan su propio brazo y regresan a su sitio, su figura se encorva considerablemente y sus vestidos se hacen dos veces más largos, hasta el punto de caer contra el suelo.
Cerca.
Su cuello se estira como una manguera, la luz de sus ojos se vuelve imposible de ver directamente y su sonrisa se hace tan grande como su rostro. Sus piernas se quedan completamente quietas mientras sus brazos se agarran de las esquinas de la cama.
Muy cerca.
Su cuello se ha estirado a tal punto que, su rostro se encuentra al lado del rostro del niño, la luz en sus ojos, provoca que él cierre los suyos, su risa, ahora con una voz sumamente grave, llena por completo la habitación, sus brazos se separan de ambas esquinas de la cama, y acaricia el cabello del niño, lo obliga a mirarla, abriendo sus ojos a la fuerza con ambas manos, usando sus dedos.
—Ya es hora de dormir, Chris. —una voz de ultratumba que golpea los oídos y hace estremecer el pequeño cuerpo del niño.
—Sus labios se acercan a la frente del niño y lo besan, dos masas gelatinosas de carne que parecen desinflarse sobre sí mismos, un sonido de estática recorre la habitación, marcando la retirada de la mujer, sus extremidades se encogen nuevamente junto a su cuello y su ropa, regresando al armario y cerrando la puerta con delicadeza.
Chris se levanta de la cama, corre hacia el baño, sus pasos resuenan en toda la habitación, luego, sus arcadas inundan el lugar con el sonido del asco, uno que lo deja sin aliento, antes de tirar de la cadena y regresar a su cama.
—¿Puedes escucharme? —la voz de Chris se hace más tenue, su respiración se calmaba y sus ojos se mantenían clavados en el techo.
—Fuerte y claro.
—¿Ya puedes salir de debajo de la cama?
—No, ellos podrían verme.
—Siempre dices que no. Solo apareces en la noche, cuando ellos están aquí, y luego me dices que no puedo verte.
—No te preocupes, cuando sea el momento podrás verme.
—¿Por qué no puedo hacerlo ahora? —su cuerpo se movió hacia el borde de la cama, con la intención de asomarse debajo de la misma.
Una botella de vidrio se rompe, el estruendo inunda el departamento por completo, y Chris se da cuenta inmediatamente: él está ahí.
Se levanta rápidamente y corre hacia el armario, su respiración se agita nuevamente y su cuerpo tiembla a medida que se acerca a la puerta. Los pasos a lo lejos se detienen en la puerta, un eructo se escucha al otro lado de la madera.
Con prisa, Chris logra abrir la puerta del armario y entra a este mismo, sentándose en el suelo y cubriéndose con una alfombra para evitar ser visto.
La puerta se abre.
Una figura alta, con una chaqueta, un sombrero y unos pantalones rojos entra en la habitación. “Oye Chris… ¿Dónde pudiste haberte metido?” una voz tan aguda como un pitido, acompañaba los movimientos erráticos de aquel había irrumpido dentro de la habitación.
El hombre comienza a jadear.
“No te escondas de mí” grita al tiempo que lanza una botella al suelo, rompiéndola en mil pedazos. “¡Aparece maldito niño!” sus gritos se hacen más fuertes, sus manos se mueven entre las sábanas de la cama intentando buscarlo en medio de aquellas sin ningún éxito.
Un látigo se materializa en su mano derecha.
“No estoy jugando contigo, te estoy ordenando que aparezcas en este mismo instante.” Sus manos azotan el látigo contra la pared, posteriormente, asoma su cadavérico rostro debajo de la cama.
Un grito ahogado se escucha en el armario.
El hombre sonríe, una mueca que enfatizaba sus amarillos dientes, sus ojos vacíos, sus múltiples aretes en sus oídos y sus tatuajes sobre las cejas.
La habitación ahora tenía sábanas y cobijas tiradas en el suelo, juguetes en un rincón, observando la escena con una expresión congelada en el tiempo, la luna se había ocultado detrás de las nubes, temerosa de lo que podría pasar a continuación.
El sombrero cae.
Los bigotes y el cabello del hombre se levantan en el aire, apuntando hacia arriba, mientras que sus manos se apoderaban de la perilla de la puerta del armario, su sonrisa se abre, dejando escapar una risa maniática seguida de la frase: “¿Puedes escucharme”?
La puerta se abre.
Una figura se posa detrás de él, un golpe seco lo hace retroceder, una mujer estaba delante de él con un sartén en la mano, sus ojos brillaban de un color rojo bermellón intenso, su boca se abría hasta sus orejas y sus dientes eran largos como navajas.
Chris los veía desde el interior del armario, como forcejeaban, como sus gritos llenaban la habitación, como sus voces de ultratumba intentaban reclamarlo, como cada vez que abría los ojos, solo podía ver bestias hambrientas que querían volverlo su cena.
En cierto momento, los ruidos se detuvieron, unos pasos marcaron la retirada de uno de los dos monstruos, mientras que el otro estaba fuera del alcance de visión del niño.
La puerta se abre.
Una mujer morena, de altura promedio, vestida con un vestido desgastado, con unos ojos grandes al igual que sus largas pestañas, que se fijaban en el pequeño con ternura.
—¡Mamá! —Chris se abalanza sobre la mujer mientras empieza a llorar.
—Ya pasó Christopher, todo estará bien, yo estaré aquí contigo.
—Tuve mucho miedo. —sus lágrimas se derraman por sus mejillas mientras sus sollozos marcan la reaparición de la luz de la luna, que ilumina un desorden aún mayor dentro de la habitación.
—Vamos a dormir, por la mañana, nos iremos juntos, viviremos lejos de este lugar, seremos felices, no tendrás que tener miedo nunca más, venceremos a los monstruos, juntos.
—¿En serio? ¿Me lo prometes? —su rostro se levanta buscando al de su madre, sus manos se aferran a su vestido y sus piernas se recogen hacia sí mismo.
—Te lo prometo, vayamos a mi habitación, a partir de mañana, comenzaremos otra vida.
—No. —su cabeza se voltea hasta que su vista se cruza con la ventana.
—Desde tu habitación, no puedo ver a Luna.
—¿Quién es Luna mi amor? —pregunta ella arqueando una ceja.
—Mi mejor amiga, la convirtieron en una esfera y la obligaron a irse hacia el cielo, y yo quiero verla todas las noches.
—Está bien, nos quedaremos para ver a Luna. —dice ella mientras acomoda la cama y se dispone para recostarse. —ven, vamos a dormir.
—Ambos se recuestan en la cama, una escena bella que es iluminada por la luz de la luna, y observada por una pequeña mirada curiosa que se alza al lado de la cama.
Las respiraciones se vuelven pesadas hasta que ambos quedan completamente dormidos, confiando en la promesa del mañana y un futuro mejor, un futuro que cada vez parecía más tangible.
Un estruendo abre los ojos de Christopher en medio de la noche, sus manos buscan el cuerpo de su madre, sin ningún éxito, ya que su figura hacía tiempo que se había desprendido de aquella cama.
—¿Puedes oírme?
—Sí Chris, te oigo.
—¿A dónde se fue mamá?
—Salió hace rato.
—¿No dijo a donde?
—Ni una palabra.
—El ambiente era sombrío, las cortinas estaban cerradas y no había viento para moverlas, la música de la calle comenzaba a apagarse mientras que los establecimientos comenzaban a cerrar, el departamento estaba completamente oscuro y en silencio, parecía no haber nadie en casa, o que todos estuvieran dormidos.
—Saldré a buscarla.
—No lo hagas. —la voz del otro niño se pronuncia con firmeza.
—¿Por qué?
—Podrían verte los monstruos.
—No me verán, sé como hacerme invisible.
—Eso no funcionará para siempre Chris, espera a tu mamá aquí, deberías…
—¡No Lucas! —una exclamación fuerte seguida de una mirada de frustración marcan un nuevo tono en la conversación, una cara que luchaba por evitar liberar lágrimas batalla contra una voz invisible.
—No voy a quedarme aquí, mi mamá está aquí también, eso significa que los monstruos pueden verla también. No quiero que los monstruos se coman a mi mamá.
—Pero Chris, podrían comerte a ti primero.
—Eso es lo que yo siempre te digo. Y tú siempre me dices que no, esta vez lo haré yo. No me importa lo que digas, iré a buscar a mi mamá.
—Un movimiento decidido, lo lleva a caminar hacia la gran puerta blanca de su habitación y abrirla. Un pasillo largo se alza frente a él, con cuadros, espejos y floreros, paredes blancas llenas de humedad, un candelabro colgando del techo, y dos sillas al lado de una mesa.
Un parpadeo provoca que el pasillo ahora esté oscuro, Chris solo puede ver sus manos y los elementos que estén a pocos centímetros de él. Sus pasos lo obligan a avanzar en medio de la más absoluta oscuridad, mientras que, sus manos se apoyan en los objetos que encuentra en el camino para poder guiarse en su entorno.
Sus manos logran reconocer una mesa con jarrones, dos sillas, una mesa, un espejo en la pared, y un cuadro que le gustaba y que estaba colgado a su altura la primera vez que pasó. Mientras avanzaba, noto algo extraño, los objetos que ya había tocado, habían vuelto a ponerse delante de él, siendo así, ahora no sabía si había vuelto al mismo lugar, o había avanzado a uno exactamente igual al anterior.
Los minutos pasaban y su desesperación aumentaba, cada vez que pasaba una zona, esta se repetía de manera idéntica. Cuando comenzaba a darse por vencido, sus manos tocaron algo diferente, un elemento largo que estaba sobre una mesa.
Al seguirlo explorando con su tacto, pudo darse cuenta de lo que era, una lámpara, la cual estaba sobre de la mesa que estaba acompañada de las dos sillas. No dudó ni un segundo en encenderla, sin embargo, después de eso, detrás suyo sintió una presencia, una respiración en la nuca que lo dejó paralizado por completo.
Al voltearse, se encuentra con aquel hombre nuevamente, quien cargaba en su rostro la misma sonrisa maquiavélica de hace unas horas, solo que ahora tenía moretones en la cara. Nuevamente en sus manos se hizo ver un látigo con el cual decidió correr detrás del niño que escapaba de su presencia.
—No puedes esconderte. —su voz era un chirrido que hacía vibrar todos los espejos del lugar.
—No puedes alcanzarme. —Chris grita intentando mantener la calma mientras busca otra linterna.
—Claro que sí puedo. —varias sillas vuelan en la dirección del niño, con tanta intensidad que se rompen inmediatamente después de caer.
—¡Aléjate de mí! —su voz se entrecortaba a medida que corría, su respiración se hacía mas agitada y sus pasos se volvían cada vez más inseguros.
—Vuelve aquí… Me perteneces y eso no va a cambiar nunca. —sus risas invaden el oscuro pasillo mientras ambos corren de un lado a otro.
Las manos de Chris finalmente encuentran la mesa, pero, en esta ocasión la lámpara no se encuentra ahí. Un latigazo rompe la mesa en dos, las risas siguen haciéndose más fuertes, los pasos de Chris se hacen más rápidos, más inseguros y desesperados mientras intenta encontrar otra lámpara.
Finalmente sus manos logran tocar el objeto, la enciende y sus ojos se iluminan con la luz de la esperanza, la cual se rompe con un latigazo que hace volar por los aires la lámpara antes de estrellarse contra el brazo de Chris, quien termina sangrando debido a la intensidad del golpe.
El niño cae al suelo con lágrimas en los ojos, y un segundo latigazo aterriza en su espalda, un tercero en su pierna derecha y otro más en sus costillas, una sinfonía del horror acompañada por la melodía compuesta por las risas del hombre, quien saboreaba cada momento con máximo placer.
La lámpara se arrastra por el suelo, esparciendo su luz hacia lo desconocido, hasta que, finalmente se estrella con algo una figura humanoide, una vestida con un vestido desgastado, de altura promedio y de piel aparentemente morena.
—Mamá, por fín te encontré. —Chris exclama entre sollozos.
La mujer se encuentra de espaldas a la escena protagonizada por Chris y la figura masculina, ella se encuentra cortando verduras con un cuchillo.
Corta la Zanahoria.
Comienza a tararear una canción con una voz angelical mientras mueve una de sus piernas con el mismo ritmo.
Corta el maíz.
Su cuello se mueve de izquierda a derecha junto a la melodía, pero sus piernas comienzan a perder el ritmo.
Corta el tomate.
Sus movimientos se hacen sumamente acelerados, su tarareo se hace errático y su cuello se balancea sin control.
Corta la cebolla.
Dos cristales líquidos se derraman sobre de la tabla de picar, recién salidos de la mina de sus ojos, los cuales se notan igual de cristalinos que un manantial. Su figura comienza a voltearse lentamente.
Un paso.
Sus manos se contraen, dejando la piel completamente negra.
Dos pasos.
Su voz se vuelve grave, su ritmo desaparece y su armonía se desvanece.
Tres pasos.
—Aléjate de mi hijo. —su voz se escuchaba como la de un demonio de ultratumba.
Su petición fue completamente ignorada por el hombre, quien dejó caer otro golpe sobre el pequeño cuerpo del niño.
—¡Dije que te alejes de mi hijo! —su boca se abre, rasgándose hasta sus orejas, sus ojos se tiñen de un color escarlata y comienzan a brillar.
La mujer corre con el cuchillo en la mano, se abalanza en contra del hombre, quien, intenta defenderse con su látigo de la ira de la fémina.
Christopher, al ver esa escena, intenta escapar del lugar. Corre entre la oscuridad, intentando dar con la puerta que lo sumergió en aquel lugar lleno de tinieblas, con su pierna palpitando del dolor, y sus costillas rojas por los golpes.
Las dos figuras seguían peleando entre ellas, entre gritos, golpes y jadeos, mientras que él solamente intenta irse de aquel lugar. En ese momento, recuerda la melodía favorita de su hermano, aquella que le encantaba escuchar desde que era bebé. Aquella que solo ellos y Lucas conocían.
—Twinkle, twinkle Little star. —su voz tiembla y se pausa debido al dolor.
—How i wonder what you are. —sus ojos se cierran ante la terrible sensación que lo abrumaba mientras seguía caminando.
Sus pasos eran pesados, sus ojos se querían cerrar y sus manos temblaban, sus oídos estaban cansados de escuchar a las dos figuras pelear entre ellas.
—Like a diamond in the sky. —responde la voz de Lucas al otro lado del pasillo, y la puerta blanca recobra su brillo nuevamente, mostrando el camino para escapar de aquella oscuridad.
—¡Lucas eres tú!
—Las figuras se detuvieron en seco, corriendo ambas detrás del niño, quién aceleró su paso.
—¡Entra! —la puerta se abre, el niño la cierra con llave detrás suyo después de haber entrado.
—¿Ahora qué Lucas? Me van a comer, no quiero que lo hagan, quiero escapar de aquí, no quiero seguir viviendo con los monstruos.
—¿Estás seguro?
—Completamente, quiero irme de aquí.
—Volemos, vayamos con Luna, vivamos con ella, saltemos por la ventana y vayamos por ella.
—No podemos volar, eso es magia, la magia no existe.
—Claro que sí, mira.
—Con una carrera audaz, Lucas se acerca a la ventana y salta por ella, reapareciendo nuevamente en el aire, con su tez oscura iluminada por la luna, su sonrisa perfecta y su impulso infantil de ayudar intacto.
—Ven conmigo, iremos a donde los monstruos no pueden atraparte.
—Chris lo duda, mira a su alrededor, camina lentamente hasta estar frente a la ventana, momento en el cual, la puerta es derribada por los monstruos, ahora acompañados por la pequeña figura que se estira y que sale del armario.




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