Los ojos de Ágamo

Capítulo 2: Un sueño Fortuito, parte 2.

Elyon confirmó que quien se encontraba allí en la azotea frente a él era Gatsuki Kimono, el conserje de la escuela. Muchos norteños solían pronunciar primero el nombre de un sureño cuando le llamaban en vez de su apellido; a muchos sureños esto les molestaba. Afortunadamente, Elyon lo sabía. Divisó con atención al hombre; era, sin duda alguna, el mismo conserje que había visto minutos antes en el comedor de la escuela.

Elyon recordó por qué había subido hasta la azotea y miró a los lados buscando a la niña sureña que había estado persiguiendo. No la vio en ninguna parte y se preguntó, mientras movía la cabeza, adónde habría ido a parar. Luego se cuestionó una vez más si todo había sido una ilusión y nada más.

Retornó su atención a Gatsuki Kimono. Gatsuki Kimono era alto y delgado; llevaba puesto el uniforme verde de conserje. Estaba de espaldas a Elyon; el hombre posiblemente no se había percatado de su presencia.

Cuando vio que estaba parado frente al borde de la azotea, como lamentándose, Elyon pensó algo que no pudo descartar.

Escuchó el gimoteo que provenía de la garganta ronca del hombre.

-Señor Gatsuki -Elyon se acercó muy sutilmente hacia él-. ¿Qué está haciendo?

El hombre no dijo nada por algunos segundos; luego, sus labios se movieron.

-Vete, niño; hoy al menos me merezco morir en paz. -Su voz fue como un susurro: leve, depresiva.

El conserje estaba de espaldas a él y Elyon imaginó sus ojos lagrimosos, la tristeza en su cara, su ceño fruncido, porque esta era una de las caras del dolor. El hombre saltó de improviso al borde perimetral de la azotea y se tambaleó desde la altura. Elyon se apresuró hacia él.

-¡¿Qué hace?! -gritó, agitando la mano derecha, nervioso. El corazón comenzó a palpitarle y paró en seco por temor a que el hombre se precipitara al salto. Venir a este mundo no es una elección, sí; Elyon lo sabía, pero también sabía que todo buen regalo debe ser preservado y, como todo, la vida era uno de estos. Gatsuki Kimono estaba a punto de hacer lo contrario ante los ojos de Elyon.

-¡Cállate, norteño! -gritó el hombre en un arrebato de ira desmesurada, pero con tono contrito-. ¡¿Tú qué sabes de mi dolor?! No eres del sur; fueron los tuyos quienes mataron a mi familia. -¡¿Qué quieres, norteño?! ¡¿Por qué estás aquí?! ¡Anda! Dime, ¿acaso quieres ver más de mi sufrimiento?

Elyon pensó por un instante en decirle la verdad: que había estado persiguiendo a una niña que se le apareció en el baño hasta que llegó a la azotea. No lo hizo, porque sabía que lo vería como un idiota, un loco, o que lo estaba tomando por tonto, como muchos otros creían cuando él les hablaba de las cosas que había visto. Luego, Elyon pensó que todo aquello pudo ser obra de un destino que precisaba que él estuviese allí en la azotea para evitar aquello que estaba a punto de hacer Gatsuki Kimono.

-Sé algo del dolor -dijo Elyon, cabizbajo, haciendo alusión a la muerte de su madre-. Y lo siento, por dentro lo siento. Ese dolor, ese maldito dolor. -Puso su mano en el lado izquierdo de su pecho y apretó allí.

-¿Elyon, verdad? -preguntó Gatsuki, ahora asertivo, como si la ira jamás hubiera estado presente-. Lo sé por el tono de tu voz; te he visto, niño, te he visto y he escuchado. Eres un poco diferente; le has dicho cosas a algunos de mis hermanos; cosas como que se puede ser feliz en esta vida porque lo malo no es para siempre. ¿Eso es verdad, niño? ¿Eso es verdad? Mi esposa está muerta, mi niña también. Ya no puedo ser feliz.

El hombre era la viva imagen de la miseria y parecía ocultar en su mirada todos los misterios del dolor y la tristeza. Elyon conocía aquella mirada; la había visto frente al espejo de su cuarto. Elene, su madre, había sido lo más preciado en toda su vida, pero se había ido, se había ido y lo había dejado.

-Jack -susurró, cabizbajo.

-¿Qué? -preguntó el conserje con el ceño fruncido-. ¿Qué intentas decirme, niño? Habla de una buena vez, quiero terminar con esto.

-¡Hannah! -Elyon levantó la cabeza cuando lo gritó-. ¡Kaleb, Jack, Caín, el señor Roger! ¡Todos ellos forman parte de esta felicidad que siento aquí en el pecho, aparte de esa tristeza que no me abandona! -Pensó en su madre; una lágrima brotó de su ojo izquierdo acariciándole la mejilla-. Y ella, mi mamá, no está; lo sé, lo sé todos los días, maldita sea, lo sé tan perfectamente, pero ella me enseñó, escúcheme bien, por favor, ella me enseñó que aunque no esté en este mundo no me dejó realmente, porque puedo seguir siendo feliz al lado de sus recuerdos y de estas otras personas maravillosas. Puedo seguir siendo feliz, señor Gatsuki; puedo seguir siendo feliz también si me tomo una rica taza de café por las mañanas cuando la luz del sol aparece; o cuando escucho el sonido de las olas arremetiendo contra las rocas de un acantilado cuando voy a la playa con ellos; o cuando como una de esas horribles tartas de manzana que prepara el tío Jack algunos sábados por la noche. ¿Cree que no tiene nada más que le pueda ayudar a ser feliz en esta vida? ¿En serio cree que no le queda nada más, señor Gatsuki? ¿O son solo esas ganas que tiene de rendirse las que hablan por usted? Puedo preguntarle: si se muere, ¿qué pasará con los recuerdos de ella? ¿Quién la recordará?

Las palabras de Elyon penetraron en Gatsuki Kimono como una lanza atravesando su pecho, justo en su dolorido corazón. Llevó su mirada al vacío y luego a la carretera, más de treinta metros bajo sus pies. Pensó en su esposa, sus besos, sus caricias, su sonrisa pomposa, y se detuvo. Miró por encima de su hombro; Elyon notó sus lágrimas.

-¿Y mi niña, muchacho? -reaccionó, no con ira, sino con dolor-. Los malditos del norte la mataron. ¡Sí, niño, tu gente la mató a ella también sin que la conociera siquiera! ¡La mataron sin que diera su primer paso o dijera sus primeras palabras! ¡La mataron! ¡Maldita sea, la mataron! -Gatsuki lloró, fuerte esta vez-. ¡En frente de mí violaron a mi esposa y yo no pude hacer nada! Y me obligaron a ver, niño, me obligaron a ver mientras me gritaban al oído: «¡Lárguense, basuras! Este país no los quiere», dijo el más grande mientras me pateaba el estómago. «No, no los queremos, maldita basura, maldita basura sureña, no los queremos en nuestras tierras», decía el bajo mientras violaba a mi esposa, y me enseñó la sangre con sus manos que salió del útero de ella. ¡Me obligaron, niño, me obligaron a verla muriéndose desangrada! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Los odio! ¡A todos los odio! ¿¡Qué recuerdo tengo de mi bebé!? ¡Solo el tacto de una caricia que di cuando aún estaba dentro de su madre!




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.