Elyon divisó en el hombro del muchacho donde debería estar su brazo izquierdo; la sangre manaba a través de la escápula como un abrevadero que pintaba de rojo sus ropas.
Lauriél, pálido, enfatizó en los diminutos destellos verdosos de Sonora Continua que titilaban alrededor de su brazo derecho. Sziel sabía que Sonora Continua no era permanente; se ajustaba a los latidos hechos por su portador. Veinte latidos menos diez segundos significaban sólo una considerable parte del poder que confería; pocos eran quienes podían hacer más latidos en tan poco tiempo. El Ventrem supo que había usado más latidos antes del ataque; esto le salvó la vida.
Sonora era más visible ahora, como hilos centelleantes, parecidos a la luz de un rayo en color verdoso. Sziel y Elyon vieron cuando Lauriél concentró en la palma de su mano la luz, como si sostuviera una diminuta esfera de energía; estrelló contra la herida la esfera, donde la luz rebosaba. Sintió un ardor, como el hierro de un metal caliente contra su carne. Lauriél gimió de dolor. La sangre dejó de manar. Había hecho algo que pocos se atrevían; Sziel sabía que Lauriél hizo que Sonora Continua brotara en carga negativa para calentar la luz y así cicatrizar la herida, no curarla; Sonora Continua no curaba la carne.
Lauriél comenzó a respirar con más lentitud, absorbiendo bocanadas de aire. Se obligó a mantenerse en pie; la herida en su brazo lo había hecho débil; su rostro tan exánime oscilaba entre la razón y la desmesura.
-¿Por qué lo hacía? ¿Por qué se esforzaba tanto?- Elyon sintió una amarga sensación de culpa; nada de aquello habría sucedido si hubiese escuchado desde un principio al muchacho. Lauriél reparó en el Desertor; la criatura volvió a hacerse invisible ante sus ojos. -¿A dónde se había ido? ¿Desde dónde atacaría esta vez?- Escuchó un zumbido tras sus orejas, como la fuerte brisa bajando de una montaña en invierno; Lauriél sintió el frío tras de él y se agazapó con prontitud, haciendo caso a ese sonido. Sonora Continua agudizaba dos de sus sentidos; el audio era uno de ellos. Lauriél quedó de rodillas, y la patada del Desertor cruzó por sobre sus cabezas, cortando hebras de su pelo rubio. Varias de ellas cayeron al suelo con lentitud, como pétalos caídos desde un cerezo. El Desertor redirigió la pierna izquierda, desde arriba, en dirección a la cara de Lauriél. El muchacho saltó en vertical, con una voltereta, viendo desde la altura la pierna blanquecina del Desertor (tenía puntos negros como llagas por todas partes). Lauriél cayó poniendo una mano en el suelo, con la rodilla derecha inclinada, pese a su débil defensa. Y pensó: el Desertor quería atacar sus puntos ciegos; sí, frenar sus movimientos, arrinconarlo; no debía permitirlo. Levantó la mirada; Elyon y Sziel observaban la pelea anonadados.
-¿Qué están haciendo?- pensó Lauriél. Había hecho tiempo suficiente para darles la oportunidad de escapar. -¿Por qué no lo habían hecho ya?-
-¡Sziel!- gritó Lauriél, no exaltado, sino preocupado. -¡Sácalo de aquí!
El Ventrem voló en círculo sobre la cabeza de Elyon.
-¡Por favor, niño, salta, ve, salta!- carraspeó con nerviosismo.
Elyon volvió a divisar el borde; más de diez metros, una caída, chocar contra el suelo como aquella vez pasó con su madre; no, no podía. Volvió a sentir las náuseas en su estómago y un calambre muscular en ambas piernas.
«Vivir, mi niño, luchar para vivir una vida maravillosa» las palabras de su madre ahondaron en su cabeza. «Mi hombrecito, vas a vivir mucho, mucho tiempo, más que yo; prométemelo»-
¿Seguiría viviendo si saltaba hacia aquel vacío?
«Confía en mí» Lauriél así lo había dicho. «Confía en mí»
Poniéndose en pie, respiró de a poco, decidido a enfrentar aquel miedo en ese momento y en aquel lugar. Saltó hacia el borde. «Santo cielos, no quiero» pensó Elyon, volteó la mirada, ignorando las súplicas del Ventrem. Mordió su lengua. «Tienes que vivir, mi hombrecito, recuérdalo» pensó en su madre, otra vez diciendo estas palabras: «Vas a vivir» repitió en un murmullo Elyon, con los labios temblorosos. Y dio un paso al vacío; no miró hacia abajo y los pies le temblaron como nunca. «Mamá, mamita. ¿Por qué, por qué?» su niño interior.
El Desertor hizo que los hilos salieran de su espalda; Lauriél reaccionó con movimientos de lado, esquivando los golpes como si fueran látigos rojos cubiertos en llamas. El Desertor trazó una línea en el aire, provocando un sonido blanco, y Lauriél escuchó como el ruido de una ola chocando contra un acantilado. Sonora Corrosiva usaba la resonancia para confundir el sentido cognitivo. Lauriél parpadeó; se vio frente a un océano sobre un acantilado; las olas batiéndose contra las rocas, dejando espumas blancas en la superficie. Sintió paz, y la tranquilidad le fue jubilosa. Recordaba ese océano, y también la recordaba a ella. Lauriél parpadeó y volvió a divisar a la bestia frente a él; los ataques consecutivos volvieron y un hilo rojo se alargó, extendiéndose en dirección a Elyon. El hilo de luz corrosiva formó una mano en el extremo; Sziel no pudo destellar la luz dorada de Hisalk, pues ya había usado tres de los destinos. Voló hacia el hilo y fue golpeado por este, siendo arrojado hacia Elyon, y cuando el Ventrem hubo abierto los ojos, vislumbró, sobre sus cabezas, montones de hilos cubriendo los espacios abiertos y a Elyon tirado en el suelo, a su lado. Sziel maldijo. El Desertor fue lo suficientemente inteligente como para evitar su escape y atraparlos a todos como en un domo de hilos de Sonora Corrosiva, evitando tocar la superficie del borde perimetral. Lauriél también maldijo.
La criatura no sonrió, no lo miró por unos segundos; corrió en dirección a Elyon con premura y levantó en su último salto las garras de su brazo izquierdo. Lauriél reaccionó corriendo y tropezó, cayendo de rodillas. Sí, Sonora Continua había dejado su cuerpo. Se hizo lento y comenzó a sentir el dolor de los músculos con más rapidez. Maldijo. Elyon, tirado; Sziel no podía mover siquiera una de sus alas. El Desertor dirigió una patada hacia el cuello de Elyon; este último rodó en dirección contraria. El golpe impactó contra el suelo, dejando un hueco negro en el techo. El polvo subió como una nube brumosa, provocando las toses de Elyon. Elyon se puso en pie y vio la figura que salía de entre la oscura nube de polvo, sonriéndole. El Desertor inclinó su cuello en un ángulo horizontal, hasta tal punto de casi desprenderse de su cabeza; los huesos tronaron. A Elyon le tembló el brazo izquierdo más que el derecho; sintió como los ojos del Desertor le invadían con malicia, como dos pozos sin luz que absorbían todo su espíritu; sus ganas de seguir viviendo. El Desertor llegó hasta Elyon. No había una pizca de bondad en su mirada. Clavó su garra en la carne de su estómago; la sangre, como burbujas, descubrió un músculo. Elyon no se dio cuenta hasta que vio la sangre. No sintió dolor al principio, pero cuando hubo desaparecido aquella sensación vigorosa, sollozó y comenzó a sentir una sensación fría dentro de él. El Desertor se aproximó a propinar otro golpe en el costado con sus garras. Una patada rebotó contra la cara de la criatura; no supo de dónde vino porque se había distraído. Lauriél había venido desde atrás con sigilo y había usado su propia fuerza para propinarle aquella patada. Lo abatió, dejándolo en el suelo; la criatura se puso en pie tan pronto cayó, como si nunca hubiese sido golpeada. Y sonrió. Lauriél volvió a maldecir en silencio. Elyon no vio la luz verdosa de hace un momento que emanaba Lauriél; vio al muchacho frente a su costado, cubriéndole la herida con la mano que sí tenía; la sangre borboteando entre los dedos de Lauriél.