Roger escrutó las nubes en el cielo tras la ventana de un edificio, ávido. Llevaba cincuenta años viviendo y todavía le desagradaba el sonido de la lluvia. El día que contemplaba era de un gris deprimente, un color posado en el cielo tres días después de que la organización nacional de meteorología en Miyanari alertara sobre la tormenta Katerine.
«Fuertes brisas con torrenciales de lluvias en toda la isla este jueves. Zonas más afectadas: Harrington y Forward». Roger escuchó esto por la radio cuando hurgaba entre la basura de un restaurante por Woolf, en la B27.
«Se les recomienda a los ciudadanos no salir durante la tormenta. Los refugios Blutler y la fundación Yamahoto estarán recibiendo ciudadanos hasta las dos de la tarde».
Roger ahogó un suspiro en su garganta, pensativo, mientras veía el cielo oscuro y el agua desplomarse contra la ventana.
Quitó el gorro rojo (todavía húmedo) de su cabeza y lo puso sobre la estantería. La melena gris le llegaba hasta los hombros, y no tenía un ápice de pelo en el centro. Las primeras lluvias las recibió en la vía B23, donde pedía limosna, cerca de la calle Watson. Primero fueron los vientos, luego el cielo se puso oscuro, pero él pensó en una simple vaguada y siguió pidiendo limosna. Admitió, asustado, minutos después que debía pedir ayuda, y lo hizo; pero los autos pasaban a su lado ignorando sus súplicas. Minutos después, una camioneta roja se detuvo en la esquina. Él corrió hacia aquella camioneta; conocía a la mujer que bajó el cristal de la puerta: de piel marrón oscura, cabello rizado anaranjado, ojos de miel. Ella le había dado comida y ropa cuando pasaba por la misma ruta.
El anciano tomó la manta azul que reposaba sobre la estantería y se abrigó, cubriendo hasta sus hombros. ¿Qué le habría pasado bajo la tormenta si Elene no hubiese llegado? ¿Estaría muerto? Ahora estaba seguro dentro de una casa que no era suya, pero estaba seguro y tenía ropa limpia y seca.
Se acercó más a la ventana del edificio en donde se encontraba y continuó viendo a través del cristal y de las gotas de agua que se deslizaban; la luz de un relámpago iluminó los altos edificios del este. Roger frunció el ceño, arrugado.
«¡Que te den por el culo, Katerine, maldita tormenta!», pensó mientras las ráfagas de viento movían los columpios del parquecito de abajo, y todo lo que se podría mover.
Roger se alejó y se agazapó en el piso de la esquina, indagando en las paredes amarillentas del apartamento, y en la sala: muchos sureños tirados en el piso y sobre el sofá azul. Una mujer sureña con sus dos hijas pequeñas acurrucadas bajo sus brazos, también con ropas y mantas limpias, entregadas por Elene. ¡Qué desperdicio! Ese espacio y esa ropa podrían haber sido de sus colegas del callejón, esos que buscaban por las noches con él la cena entre el desperdicio del restaurante de la Quinta Avenida de Winston. "Malditos sureños", pensó. "Como siempre hacen, ocupando los hospitales, los trabajos y las escuelas. Y además multiplicándose como ratas". Roger vio sus pies descalzos; odiaba esa costumbre de ellos de no usar calzado cuando estaban dentro de una casa, aunque no fuera la suya.
-¿Caldo?
Roger volvió la mirada a su derecha. El chico que le habló sostenía una bandeja con cinco cuencos de sopa. Era norteño al igual que él, sin esos ojos de flecha que tanto odiaba. Vio al muchacho antes; en ocasiones, cuando Elene se detenía en la B23, lo llevaba para que él también entregara regalos. Era flaco, de piel marrón oscura, y tenía el pelo corto; definitivamente no podía tener más de siete años.
El caldo en el cuenco humeaba y olía a zanahorias.
Roger tomó la vasija en silencio y el olor a vegetales cocidos golpeó fuerte en su nariz. Rico, saboreó, y sintió al momento su estómago rugir. El muchacho se volvió para continuar entregando la sopa.
-¿Niño?- llamó el anciano. El muchacho se volvió a él. -¿Y la cuchara?- preguntó exigente, señalando la sopa con su barbilla.
-No nos quedan más, disculpe- respondió.
Roger alzó la ceja derecha. ¿Por qué se estaba quejando? Comía basura todo el tiempo, y sin cuchara, tal vez solo quería hablar con alguien.
Estalló otro relámpago. Roger se sobresaltó.
-¿Cómo te llamas, muchacho?- le preguntó en un intento de disipar su miedo. La voz de Roger sonó ronca; siempre sonaba así, como si estuviera agripada.
-Elyon, señor.
-¿Elyon, señor?- repitió el vagabundo, burlesco. -¿Tan viejo me ves, eh? ¿Tan viejo me ves?- El anciano enarcó ambas cejas, viendo al mono sobre su hombro, y pensó en lo raro que se veía. -¿Y esa cosa?
-Ella- le corrigió Elyon-. Se llama Lucí, señor, y no es una cosa, es una vida, como usted y como yo.
-Es un animal- dijo, abrupto-. Y esa gente de allí también- apuntó con el cuenco a los sureños alrededor y sobre el sofá azul.
Elyon no volteó a mirar.
-Por favor, señor. Si sería tan amable de no decir esas cosas aquí, mi madre no las tolera, ni yo tampoco.
-Como sea- respondió Roger, dando un sorbo a la sopa. Levantó la mirada. -¿Qué? Vete, vete; ¿no ves que estoy comiendo? Y que ese animal se vaya contigo.
Elyon lo miró apacible y sonrió. Retomó la tarea que se le había encomendado, dirigiéndose hacia los sureños de la esquina. Una duda tras aquella conversación no le dejó. ¿Por qué? Él sabía que su madre no había comprado comida suficiente para todos porque no tenía tanto dinero. Sabía que el dispensador estaba vacío y que la poca sopa en el caldero se acabaría antes del anochecer. ¿Por qué? ¿Por qué su madre tenía que hacerse cargo de gente que no conocía?
Cuando terminó de entregar la sopa, se dirigió a la escalera, todavía inquieto. Abrió la tercera puerta del segundo piso. Oyó a alguien toser y cuando iba a abrir la puerta, oyó la voz de su madre. La vio por el hilillo de la puerta.
-¿Qué?- inquirió su madre mientras sacaba del botiquín el termómetro. Estaba en la habitación atendiendo a un hombre pelirrojo, bañado en sudor.