Los tres ladridos del perro fueron lo suficientemente altos y fuertes como para que la muchacha se detuviera al paso. Hannah se inclinó frente a su hocico dejando caer la correa de sus dedos, y mientras acariciaba el dorado pelaje percibió en el perro un ligero olor a coco que nada tenía que ver con el shampoo que usó para bañarlo en la mañana. Tanto ella como Jack y el perro llegaron a Bluter por la central principal, la ruta más sencilla entre los cruces cinco y seis de la calle Watson. Vinieron del otro lado de la ciudad tan pronto cómo pudieron, pues estando en la oficina Jack recibió una llamada de emergencia. Elyon había tenido otro de esos sueños, esta vez mucho peor que el de la antepenúltima vez. Fue hallado en el comedor de la escuela, tirado, gritando como un loco.
Hannah llevaba puesto un vaquero azul y una blusa negra bajo una hermosa chaqueta rosada, tenía el pelo rubio casi dorado llegado hasta sus caderas; era norteña por sangre, pero había nacido en el este, Jack, su padre, no.
Hannah puso el bastón sobre la acera. Al otro lado Jack intentaba estacionarse en medio de dos camionetas.
- ¿Quieres verlo, verdad?- Le preguntó ella al perro. El Labrador se quedó inmóvil, como un soldado en recelo - Te entiendo, yo también estoy preocupada por él.
En Hannah el perro evocaba siempre ese buen recuerdo del día que Elyon lo trajo consigo a su casa. Loppin esperaba tras la puerta de su habitación, ella escuchó sus ladridos. Era una sorpresa, le había dicho Elyon, pero Loppin se la arruinó.
El Labrador comenzó a dar vueltas en círculos persiguiendose la cola. Ella no podía ver lo que hacía.
Se escuchó el sonido de un llavero. Hannah olió un ligero aroma a jengibre. El olor provenía de su padre. Jack cruzó la acera poniendo su mano encima de su hombro.
- Con que aquí trabaja, eh.- Dijo Jack guardando el celular en su bolsillo derecho. Tenía la camisa blanca remangada, y el pelo con canas, recogido hacia atrás.- Trabajo de gratis, claro, como la difunta de su madre.
— ¡Papá! — Le reprendió Hannah.
Él suspiró.
— Lo siento. — Dijo.
Elene fue como una hermana y una tía, perderla había sido difícil también para ellos.
« Te fuiste demasiado pronto, mi querida amiga, y ahora yo no sé qué hacer con tu hombrecito, no sé cómo entenderlo» Pensó Jack.
Sintió una punzada en su pecho, como si le doliera justo allí en su corazón. Había buscado ayuda para tratar los problemas del muchacho, pero, todo parecía ser en vano, Elyon seguía teniendo esos ataques a los que él calificaba como sueños.
— No vas a discutir con él otra vez. — Le advirtió, Hannah. — Prometelo.
Él la miró, inspiró, intentando relajarse.
— El señor Roger me dijo que no quiere ir a las terapias, Hannah.— Dijo Jack firme.— Tengo que hacer de su padre aunque él no quiera. Tengo que reprenderlo.
— Mejor pregúntale cómo se siente después de haber tenido ese último sueño. Por lo que dijiste parece que fue mucho más serio esta vez.
— Le preguntaré— Acordó, Jack. — Y después lo reprenderé. — Dijo viendo ahora la mansión.
La mansión estaba tras el portón de hierro, justo donde acababa la línea rectangular de adoquines y el verde cesped; era una mansión portentosa, acabada en tres torres simétricas con vidrieras transparente en las ventanas; varios balcones entre el segundo y tercer nivel, decorados con pequeñas gárgolas. Los colores blanco marfil contrastaba perfectamente con la bandera amarilla que ondeaba en la cúspide.
En el jardín estaba también la colosal escultura del primer presidente Starlin Butler.
- Este lugar.- Musitó Jack contemplando la inmensidad del edificio -Tan calmado como siempre.
La mansión fue donada como albergue por el último de los Blutler, y conservaba el apellido de la familia en honor a la misma. Elene lo trajo muchas veces en el pasado y le obligó a trabajar de gratis por más de cinco horas, ayudando con el rediseño del patio trasero.
Bajo un roble blanco descansaba una anciana con un libro abierto sobre su cara. Tres enfermeras pasaron por los lados de las rosas y se desviaron por entre los arbustos. Gente más jóven caminaba como paseando y admirando.
- Seguro que sigue siendo tan hermosa como era antes- Dijo Hannah- tal vez, algún día pueda volver a verla, papá.
Jack sintió el agarre en su pecho. El que su niña, su hermosa y dulce niña ya no pudiera ver le atormentaba todos los días.
- Alguien viene- Articuló Jack mirando con precisión la figura de una mujer alta.
Ella abrió las puertas con una tarjeta en el censor de en medio. Cargaba un regalo pequeño de color rojo con la mano derecha. Ella tenía los ojos rasgados y el pelo recogido tras el sombrero blanco, y llevaba puesto un uniforme de enfermera. La mujer inclinó la cabeza en un saludo y luego hizo seña con la mano libre haciéndoles acopio de que entraran. Jack inclinó la cabeza en respuesta cuando entraron, sabía que entre la gente del sur seguía siendo muy costumbre suya saludarse de aquella forma, él trabajaba con algunos en las oficinas de CollS.
La mujer sureña acarició la frente de Hannah con un beso y puso el regalo en su mano. Con el roce de sus labios abandonó sobre su frente un refrescante aroma a miel; aunque había dejado de usar aquel lápiz labial el día anterior, Hannah lo percibió como si hubiese estado allí todavía. Hannah podía oler olores de una forma un tanto particular. La primera vez que lo experimentó se encontraba encerrada en su cuarto hablando por teléfono con Elyon; percibió el olor a pan quemado a más de trecientos cincuenta metros desde la novena casa del cuadrante seis hasta su habitación. No sabía cómo sucedía, pero sucedía, Kaleb le dijo aquella vez que fue de visita con Elyon, que los ciegos poseían la ventaja de agudizar algunos de sus sentidos para relacionarse con el entorno. En aquel momento solo habían pasado dos semanas desde que perdió la vista y ya la consideraban una persona especial.