Los Ojos De Mi Otra Mitad | Asura #1

Capítulo 11: Búho

ALEXANDRA

Dylan me alcanzó y me sujetó, hice un ligero movimiento para empujarlo hacia mí sin dejar de caminar, luego de la sorpresa inicial aprovechó de rodearme con el brazo. Lo miré examinando sus facciones mientras caminábamos por los pasillos, al parecer sin rumbo fijo.

Los lentes de marco negro escondían sus ojos marrones, dos lunares en su mejilla resaltaban contra su piel caucásica y su cabello castaño oscuro estaba desordenado como siempre. Estaba muy serio, la expresión suave que caracterizaba su rostro se había esfumado y no pude evitar sentirme un tanto incómoda por su reacción tan poco usual de hace unos momentos.

– ¿Qué te sucede? –dije–. Normalmente no eres tan callado y ni tan descortés.

– ¿Descortés? Te saludé apenas te vi –soltó, evadió mi mirada y vi su incomodidad.

–Sabes que no me refiero a eso –suspiré. Se quitó los lentes y se estrujó los ojos, parecía cansado.

–No me agrada ese chico, ¿ok? –dijo de improvisto y un poco rápido–. Es obvio que le gustas y actúa todo zalamero contigo.

– ¿Qué? –lo miré con ojos del tamaño de mi cara, titubeé un poco–. Creo que estás exagerando un poco, apenas lo conoces y me dirás que ya estas totalmente seguro de que le gusto, ¿eh? –ahora mi voz estaba llena de fastidio. Dentro de mí había una emoción desconocida ahora latente por la idea de gustarle a Bill que inmediatamente, decidí desechar.

–Oh, vamos –se detuvo bruscamente, el fastidio en su voz igualando al mío–. No puedes ser tan ciega. Yo soy el que usa lentes, ¿recuerdas? –dijo, señaló sus lentes y me veía como si fuera tonta–. El día en la cafetería no dudó en regalarte sonrisas y mirarte como si fueras un postre, incluso en mi presencia.

–Ok, basta. Esto no lleva a ningún lado –pasé mis manos por mi rostro con exasperación, la palabra murió en mi boca porque él se me adelantó.

–A todas estas, ¿qué hacía su mano en tu pecho? –puso sus manos en sus caderas, parecía realmente molesto y yo lo miré preguntándome si hablaba en serio.

– ¿Disculpa? –exhalé en un intento de calmarme, me crucé de brazos–. Él estaba tomando mi collar, su mano no estaba en mi pecho –apreté los labios y mis ojos lanzaban dagas, levanté una mano callándolo antes de que dijera alguna otra tontería–. ¿Sabes? Es solo un chico que estudia en la misma universidad, da la casualidad de que su amigo también es amigo de Emma y, tal vez no lo recuerdes, sabes cómo es ella.

–Sí, toda un alma compasiva que no quiere que nadie se quede por fuera –dijo, su voz rebosante de sarcasmo–. ¿No podemos hacer una excepción ahora? –hizo una mueca de fastidio, le lancé una mirada de reproche y levantó sus manos en rendición–. Ok, ok. Sigan con su trabajo de caridad con el chico sueco, pero no significa que me agrade y mucho menos que quiera que esté a tu alrededor.

Solté un suspiro de cansancio y rodé mis ojos. –Como sea, ¿dónde está Emma? –pregunté cambiando el tema adrede, Dylan parpadeó confuso.

– ¿Emma? ¿Qué pasó con ella?

–Tú fuiste el que me dijo que ella me buscaba –expliqué estrechando mis ojos, abrió la boca y volvió a cerrarla avergonzado.

–Yo… Lo inventé –confesó con una mueca.

– ¿Qué? ¿Por qué? –dije rápidamente, yo ya sabía la respuesta y él bajó la vista fuertemente sonrojado. Suspiré–. Oh, vaya. Mira la hora –dije mirando mi reloj de muñeca imaginario, mi voz llena de sarcasmo dejando entrever lo que hacía–. Aún quedan quince minutos antes de que empiece mi clase, así que aprovecharé el tiempo para dormir sobre mi mesa mientras espero al profesor –solté, empecé a caminar alejándome a paso rápido.

– ¡Espera, Alex! –llamó Dylan siguiéndome, pero lo ignoré, ¿qué demonios le sucedía?–. Lo siento, ¿sí? –esto último lo dijo un poco más alto dado que yo estaba más lejos, negué con la cabeza agitando mi cabello sin mirar atrás y me dirigí al salón de clases.

Entré rápidamente al aula y me senté en una mesa cercana en la ventana mientras sentí que una ráfaga de viento entró por esta. Me estremecí y me coloqué el suéter, sujeté mi desordenado cabello en una coleta alta y apoyé mi frente sobre mis brazos cruzados, ¿Qué le pasaba a Dylan? Nunca antes habíamos tenido una discusión a causa de celos y me extrañaba verlo así.

En el fondo, sabía que lo que decía era cierto hasta cierto punto. Bill era descarado a la hora de mirarme y en la cafetería no quitó sus ojos de mí –esos bellos ojos azules–, incluso sonrió abiertamente, pero eso no significa que le guste. Ninguno de los dos mencionó que nos conocimos en Suecia, hasta yo estaba nerviosa de tenerlo alrededor y era difícil quitarle la mirada de encima, sobre todo con esos ojos tan hipnotizantes.

Me puse a analizar todo. Esta mañana me desperté temprano como siempre, me puse lo primero que encontré, estaba sentándome en el patio cuando llegó Bill y me saludó. No hubo nada del otro mundo; solo una breve charla, un par de bromas y él agarrando mi collar, no mi pecho. Nada que mereciera una condena por parte de mi novio. Sin embargo, esa breve charla se sentía como cuando comes un chocolate, no quieres que se acabe nunca y solo lo disfrutas por lo dulce que es.

Llegó el profesor en ese momento y me enderecé, saqué mis cosas prestando atención a la clase. Tenía que olvidar por unas cuantas horas a mi novio irracionalmente celoso y al sueco alto de ojos azules.




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