"De aquí en adelante se ingresa a la ciudad doliente.
Mis amigos se alejan y se quedan mirándome con ojos tristes. Amigos, hablenme. Ríanse de mí. Pero mis amigos me dan vuelta la cara, sin remedio. Amigos, preguntenme. Les diré lo que sea. Inundé este jardín con mis propias manos. Fui arrogante como un demonio y quise revivir yo a la vez que moría nuestro jardín. ¿Es necesario que diga más? Y, aún así, mis amigos se quedan mirándome con ojos tristes."
La divina comedia
La primera vez que mis ojos recorrieron esas líneas, el mundo exterior —el tic-tac del reloj en la sala, el murmullo del televisor de mi tía, el zumbido de la heladera— se apagó por completo. Fue un vacío súbito, como si alguien hubiera succionado el oxígeno de la habitación. Me quedé inmóvil, con los dedos apretando los bordes amarillentos del libro, sintiendo que el papel quemaba.
Lloré. Pero no fue un llanto de tristeza común, de esos que se curan con un abrazo o una palabra de aliento. Fue un llanto de reconocimiento biológico. Era la reacción del náufrago que, tras años de nadar en círculos en un océano de plástico, encuentra de pronto una mano de hueso y carne que emerge de las profundidades para sostenerlo. No solo lo entendía; lo habitaba.
Ese párrafo era la cartografía exacta de mi desastre.
La "ciudad doliente" de la que hablaba Dazai no era un lugar en el mapa, ni una metáfora poética de la depresión. Era mi habitación. Era el pasillo de la facultad. Era la mesa de los domingos donde mi familia masticaba el silencio junto con la carne asada. Yo ya estaba adentro de esa ciudad hace años, caminando por calles pavimentadas con intenciones rotas y bajo un cielo de color ceniza que nunca terminaba de llover. En esa ciudad, los pensamientos pesan más que los pies y las palabras son monedas de una moneda devaluada que ya nadie quiere aceptar.
Mis amigos se alejaban. Lo veía en cámara lenta, como quien observa un desprendimiento de tierra desde la cima de una montaña. No había gritos, ni peleas dramáticas, ni reproches. Solo una erosión silenciosa. Se quedaban allí, en la orilla de mi abismo, mirándome con esos ojos tristes que mencionaba el libro. Ojos que juzgan mientras fingen compadecer. Ojos que dicen: "Te queremos, pero nos das miedo".
—¿Estás bien? —me preguntaba Lucía a veces, con esa voz suave que se usa para hablar con los moribundos o con los locos.
—Estoy bien —respondía yo, regalándole mi sonrisa más afilada, esa que fabricaba cada mañana frente al espejo antes de salir.
Pero por dentro, las paredes de mi jardín se estaban derrumbando. Yo misma había abierto las esclusas. Había inundado ese espacio con mi honestidad brutal, con mi incapacidad para soportar la comedia humana. Fui arrogante como un demonio, sí. Usé mi inteligencia como un bisturí para cortar los hilos de las conversaciones banales. Quise revivir el jardín a mi manera, sembrando flores que solo crecen en la oscuridad, y terminé matando todo lo que los demás consideraban "vivo".
Y entonces apareció él. Osamu Dazai. Un hombre muerto hace setenta años, un japonés que se arrojó al agua buscando el fin, y que sin embargo, a través de la distancia del tiempo y la muerte, me estaba dando permiso para respirar.
El libro en mi regazo dejó de ser un objeto. Se volvió una presencia. Podía imaginarlo a él, sentado en un rincón de un bar oscuro en Tokio, con los hombros caídos y el mismo cansancio infinito que yo sentía en la base del cráneo. Sin promesas de "todo va a mejorar", sin el optimismo barato de los libros de autoayuda que mi tía dejaba estratégicamente en mi mesa de luz. Dazai no me ofrecía una salida; me ofrecía una compañía en el fondo del pozo. "Yo también estoy aquí", decía su prosa. "Yo también fingí esa sonrisa. Yo también sentí que mi existencia era una falta de cortesía hacia el resto del mundo"
Leerlo no me sanó. La sanación es para los que creen que están enfermos; yo no estaba enferma, estaba despierta. Dazai me dio permiso para ser frágil en un mundo que exige fortalezas de cartón. Me dio permiso para decir: "Me duele la existencia", sin tener que pedir disculpas por ello.
Esa noche, me quedé despierta hasta que la luz azul del amanecer empezó a filtrarse por las persianas. Lloré con un cuidado quirúrgico, ahogando los sollozos en la almohada para que nadie escuchara que la chica perfecta, la chica de la inteligencia cortante, se estaba desarmando átomo por átomo. Por primera vez en mi vida, no tenía que dar explicaciones. No tenía que justificar por qué no podía ser feliz con las "emociones pequeñas" que satisfacían a los demás.
El mundo prefiere las risitas rápidas, los planes de fin de semana, los "todo genial" dichos mientras caminamos hacia ninguna parte. Yo, en cambio, estaba llena de un magma emocional que no cabía en los envases que la sociedad me vendía. Por eso ellos daban vuelta la cara. No era maldad; era autoprotección. No podían ver tanta intensidad viviendo entre sombras sin sentir que su propia estabilidad peligraba.
Empecé a obsesionarme con su vida. Buscaba confirmaciones en cada página de Indigno de ser humano y de El ocaso. ¿Él también odiaba que le preguntaran cómo estaba? Sí. ¿Él también sentía que el amor era un incendio que solo dejaba cenizas amargas? Sí. ¿Él también sentía que el éxito era una forma de traicionarse a sí mismo? Sí.
Sentada entre almohadas que olían a lágrimas antiguas y a café frío, entendí algo que me dio escalofríos: no estaba rota. Estaba completa. Mi caos interno era una forma de completitud que este mundo mediocre no podía procesar. Era un exceso de realidad.
Comencé a escribirle cartas mentales. "Querido Yozo", le decía, usando el nombre de su protagonista, que no era otro que su propio espejo. Le contaba cómo mi arrogancia se estaba volviendo una armadura tan pesada que a veces me costaba levantarme de la cama. Le contaba cómo mis manos temblaban cuando tenía que saludar a alguien que no me importaba.