Los olvidados

los olvidados

" A veces, el olvido no es más que una costra sobre la memoria. Basta una voz infantil o el eco de unos pasos pequeños para que se abra la herida. Hay historias que no se cuentan por importantes, sino porque se resisten a morir. Esta es una de ellas.

—¿Te acordás de los alfajores grandotes de chocolate que vendía Don Pepe?

La pregunta salió sola mientras cebaba el mate, con la pava resoplando sobre el fuego y la cocina impregnada de ese aroma a yerba caliente y memorias que uno cree dormidas. Afuera, la tarde se deshacía en una luz dorada, y los gritos de unos chicos jugando en la vereda me trajeron de golpe un recuerdo que creí enterrado.

Siempre estaban ahí, en la estación del tren. Dos niños pequeños —no más de ocho y seis años, según mi percepción— caminando por las viejas vías como si esperaran algo que nunca llegaba. Nunca pedían monedas, ni molestaban a nadie. Solo caminaban, ida y vuelta, exactamente diez metros hacia un lado y luego regresaban. Durante horas. Como si sus pasos intentaran desgastar las piedras o el tiempo.

Los veía cada vez que visitaba a Gabi —¿te acordás de ella?— desde el balcón de su departamento, que daba justo a la estación. Me fascinaban, me inquietaban. El más pequeño, de cabello negro cortado a tirones y ropa arapienta, seguía al mayor, un niño de ojos tristes y aire pensativo. Lo imitaba en todo, como si necesitara hacerlo para existir. Eran como sombras danzando entre rieles oxidados y pasto crecido. Pensaba que debían haber dejado marcadas sus huellas de tanto ir y venir. Me sonreía sola ante esa idea absurda.

No podía dejar de mirarlos. Me preguntaba quiénes eran, si tenían casa, si alguien los esperaba. Si su mamá o papá sabían dónde estaban. Si los buscaban. O si, simplemente, a nadie le importaba.

Una vez le pregunté a Gabi si sabía algo de ellos. Si conocía a los padres, algún pariente, o al menos el lugar donde vivían. No, no sabía nada. Pero la intriga me seguía, se me metía debajo de la piel. Tanto que una noche soñé que un tren los atropellaba. Me desperté llorando. Esa misma tarde corrí a la estación después del colegio, necesitaba comprobar que estaban bien.

Y allí estaban. Sentados sobre los rieles viejos, comiendo algo que no pude distinguir, pero que los hacía sonreír con una dulzura que jamás les había visto. Era la primera vez que los veía sonreír, y eso me desarmó.

Desde ese día, empecé a desviarme a propósito. Solo dos cuadras más para volver a casa. Si tenía algo de plata, compraba dos alfajores en el quiosco Don Pepe —los grandes, con chocolate y dulce de leche— y los dejaba sobre los rieles, disimuladamente, cuando ellos no miraban. Luego me escondía detrás del árbol enorme junto a la cerca, solo para verlos descubrir el regalo. Se sentaban uno al lado del otro, los codos chocándose sin molestarse, compartiendo esa felicidad callada que se parece tanto al hambre. O al amor.

Como nosotros, ahora, cuando comemos muy cerquita.

Nunca supe si iban a la escuela, si tenían más hermanos, si realmente eran hermanos. Me los imaginaba compartiendo una cama, tal vez con una mamá que luchaba por sobrevivir o un papá que... no sé. Una vez vi un moretón en el ojo del más chico. No me animé a preguntar. Solo dejé el alfajor y me fui. Él agachó la cabeza, como avergonzado. Y eso me dolió más que cualquier respuesta.

Me sentí impotente. Pequeña. Inútil.

Hasta que un día ya no estaban. Llegué y no los vi. Esperé, pero nada. Volví al día siguiente, y al otro, y al otro más. Semanas. Luego dejé de pasar por ahí. Cambié de camino, como se cambian de lugar los recuerdos que duelen. Y con el tiempo, me olvidé.

O eso creí. Hoy, al ver a esos chicos nuevos en la vereda, algo se removió dentro mío. No sé por qué los recordé ahora. Quizás porque hay heridas que nunca cierran del todo. O quizás porque algunos olvidados se nos quedan viviendo adentro, en silencio, como si esperaran que alguna vez los volvamos a mirar.




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