Los Orígenes (#1)

Prólogo

Dicen que si dos almas se aman lo suficiente, ni la muerte alcanza para separarlas. A mí me contaron una historia que pone a prueba esa idea.

Existen muchas versiones sobre el Sol y la Luna. Nadie sabe con certeza cuál es verdadera, si es que alguna lo es. Esta es la que yo aprendí.

Ella es Fengári, luna en griego. Campesina de manos ásperas y mirada imposible de ignorar, terca hasta la temeridad. Él es Ílios, sol en griego, príncipe de Grecia, con la clase de belleza que hace dudar si los dioses existen o si él es uno de ellos.

—Es una copia de Romeo y Julieta —me dijeron una vez.

¿Lo es? ¿O será que Romeo y Julieta son una copia de ellos?

Quizás no soy la única que conoce esta historia. Quizás otros decidieron arriesgarse igual que Fengári e Ílios, y lograron amarse lo suficiente como para que, desde entonces, todo amor trágico fuera comparado con el suyo.

Se enamoraron cientos de veces. Ninguna fue la correcta.

Fengári amó a Ílios en cada una de sus vidas. Él la amó de la misma manera: siempre pura, siempre intensa. Pero cuando uno moría, el otro lo seguía.

Y así volvían a nacer.

A intentarlo otra vez.

A encontrarse.

A desafiar el destino una vez más.

Ninguno recordaba sus vidas pasadas. Aun así, ambos sabían que desde el instante en que sus miradas se cruzaran, se amarían como si fuera la primera vez.

La única forma de romper el ciclo, de dejar de morir y volver a empezar, era encontrar una manera de sobrevivir juntos. Solo así podrían romper la maldición.

Nadie llegó a descubrir si lo lograron.

Un amor imposible, dicen algunos.
Un amor destinado a la tragedia, dicen otros.

¿Y si lo averiguamos? Digo yo.

Atentamente.

A.W. S




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