Existen muchas historias sobre el Sol y la Luna. Tantas versiones que nadie sabe con certeza si alguna es verdadera. Tal vez algunas tengan cierta lógica, y eso sea lo que atrapa a las personas y las lleva a creer en ellas.
Cada quien tiene su propia versión. Esta es la que yo aprendí.
Ella es Fengári, luna en griego. Una de las mujeres más hermosas que han existido: campesina, elegante, terca, inteligente y temeraria. Poseía cualidades que la hacían única.
Él es Ílios, sol en griego. Príncipe de Grecia. Poderoso, sabio, protector y apuesto; con una apariencia digna de un dios. Aunque, ¿según quién no lo es?
Un amor un tanto cliché, ¿no creen? Lo sería, si no fuera porque jamás llegó tan lejos como para ser recordado.
—Es una copia de Romeo y Julieta —me dijeron una vez.
¿Lo es? ¿O será que Romeo y Julieta son una copia de ellos?
Tal vez no soy la única que conoce esta historia. Tal vez ellos decidieron arriesgarse, igual que Fengári e Ílios. Tal vez lograron amarse lo suficiente como para que, desde entonces, todos los amores trágicos fueran comparados con el suyo.
Se enamoraron cientos de veces. Pero ninguna fue la correcta.
Fengári amó a Ílios en cada una de sus vidas. Él la amó de la misma manera: siempre pura, siempre intensa.
Pero cuando uno moría, el otro lo seguía.
Y así volvían a nacer.
A intentarlo otra vez.
A encontrarse.
A desafiar el destino una vez más.
Aunque ninguno recordaba sus vidas pasadas, ambos sabían que, desde el instante en que sus miradas se cruzaran, se amarían como si fuera la primera vez.
La única forma de romper el ciclo, de dejar de morir y volver a empezar, era encontrar una manera de sobrevivir juntos. Solo así podrían romper la maldición.
Nadie llegó a descubrir si lo lograron.
Un amor imposible, dicen algunos.
Un amor destinado a la tragedia, dicen otros.
¿Y si lo averiguamos? digo yo.
Atentamente.
A.W. S