Los Orígenes (#1)

Capítulo I

Se dice que, hace algunos años, en la capital de Grecia, Fengári e Ílios se conocieron —¿por quinta vez? ¿Décima? ¿Quincuagésima?—. Nadie lo sabe aún.

Se encontraron en una boda. Ella, hija de una mujer a la que todos temían; él, hijo del rey Theós, quien competía con la madre de ella por ver quién imponía más miedo.

A pesar de saber que su hermana se casaba en contra de su voluntad con un hombre al que no amaba, Ílios fue el primero en darle su bendición a quien se convirtió en su nuevo cuñado.

Lo que nadie sabía era que ese matrimonio estaba arreglado, ya que su hermana estaba enamorada de otro hombre, Asterismo. Pero a su padre poco le importaba eso, más aún con la fortuna que su nuevo yerno ofrecía al reino.

—Lo más importante es una buena alianza, hija mía, y eso no lo conseguirás nunca con un plebeyo.

Pero Theós no había organizado aquella boda únicamente por dinero.

Durante los últimos años, cada vez más gobernantes de las polis se resistían a sus propuestas de unificación. Algunos lo hacían en público; otros, mediante silencios cuidadosamente calculados.

Un matrimonio era más que una celebración. Era una promesa, un recordatorio. Una alianza sellada frente a toda Grecia.

Por eso aquella noche no solo habían acudido familiares y nobles. Entre los invitados se encontraban estrategas, gobernadores, embajadores y representantes de ciudades que observaban cada movimiento del rey. Porque nadie ignoraba que, cuando Theós invitaba a alguien a su mesa, rara vez lo hacía sin esperar algo a cambio.

Mientras Ílios avanzaba entre los invitados, alcanzó a escuchar fragmentos de conversaciones.

—Dicen que la polis de Delfos volvió a rechazar el acuerdo.

—No por mucho tiempo.

—¿Crees que Theós insistirá?

—Theós siempre insiste y consigue lo que quiere —rio uno de los embajadores de Esparta—. Por las buenas o por las malas.

Ílios continuó caminando sin prestar demasiada atención. Había escuchado discusiones similares toda su vida.

Desde que tenía memoria, su padre hablaba de unir Grecia bajo una única autoridad. Según él, era la única forma de evitar nuevas guerras entre las polis.

Muchos lo consideraban un visionario y lo seguían con lealtad. Otros comenzaban a temer las consecuencias de ir en contra.

Abrumado por la cantidad de personas que no dejaban de llegar para ver a los recién casados, decidió tomar un respiro en el jardín norte. Necesitaba alejarse de toda esa falsedad cuanto antes.

Iba camino a la salida cuando tropezó con la guardiana del reino, Nýchta, y su hermana Exagorá. Se disculpó con ambas y siguió hacia la parte trasera del castillo, donde creyó que no habría nadie.

Al llegar a una pequeña fuente en medio del inmenso jardín, adornado por miles de flores, se acercó al agua cristalina y mojó la punta de los dedos. Al alzar la vista, distinguió la silueta de una mujer en un rincón de la floresta.

Camina despacio para no asustarla, pero se detiene en seco cuando un brillo —una luz blanca, tenue como el filo de la luna— sale de las manos de la mujer y cae al suelo. Donde toca la tierra, brotan flores de colores imposibles.

Ílios contiene el aire. No sabe qué es lo que está viendo, pero algo en su pecho, algo que no tiene nombre todavía, le dice que no debería estar ahí, y al mismo tiempo lo empuja a no irse jamás. Nunca sintió tanta curiosidad junta con tanto miedo. Da un paso. Después otro.

Pisa una rama sin querer. El crujido rompe el silencio, y la muchacha se congela.

Aun en la penumbra, distingue unos ojos con un degradé de gris a blanco, brillantes como si guardaran luz propia. Mechones blancos, trenzados sobre su hombro, se agitan cuando ella gira la cabeza hacia él.

El terror que ve en su mirada le atraviesa el pecho como si fuera propio.

Ella, por su parte, lo distingue gracias a la luna: cabello rubio como el sol, ojos dorados que la observan sin juzgarla. No le importa lo hipnotizante que resulta —da media vuelta, dispuesta a correr—, pero una mano le sujeta la muñeca antes de que pueda dar el primer paso.

Y ahí, en ese contacto, algo se rompe. O se abre. Ninguno de los dos sabría explicarlo.

—No te asustes —dice él, con una voz grave que le recorre el cuerpo entero—. No te haré daño.

Ella no responde. No puede. Cada instinto le grita que huya, pero sus pies no obedecen. Hay algo en esa voz que jura haber escuchado antes, en un lugar que no logra nombrar.

Ella no contesta. Se da la vuelta, despacio, para enfrentarlo, y ahí está otra vez: sus ojos. La atrapan por completo.

Quedan así, frente a frente, sin soltarse. El aire entre ambos se siente distinto, cargado, como si respiraran algo más denso que el resto del jardín. Ninguno encuentra las palabras. Las tienen ahí, atoradas en la garganta, pero ningún sonido logra atravesarlas.

Él nota, sin entender por qué quiere acercarse más. Que la distancia entre los dos le resulta insoportable, casi física, como si algo tirara de él hacia ella. Ella siente exactamente lo mismo, y eso la asusta más que la magia que él acaba de descubrir.




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