Se dice que, hace algunos años atrás —no se sabe específicamente cuántos— en la capital de Grecia, Fengári e Ílios se conocieron por quinta vez? ¿décima? ¿Quincuagésima? Nadie lo sabe aún.
Ellos se encontraron en una boda. Ella, siendo la hija de una mujer a la que todos temían; y él, siendo hijo del rey Theós, quien competía con la madre de ella por ver quién imponía más miedo.
A pesar de saber que su hermana se casaba en contra de su voluntad con un hombre al que no amaba, Ílios fue el primero en darle su bendición al que se convirtió en su nuevo cuñado.
Lo que nadie sabía era que ese matrimonio estaba arreglado, ya que su hermana estaba enamorada de otro hombre, Asterismo. Pero a su padre poco le importaba eso, más aún con la fortuna que su nuevo yerno ofrecía al reino. "Lo más importante es una buena alianza, hija mía, y eso no lo conseguirás nunca con un plebeyo."
Pero Theós no había organizado aquella boda únicamente por dinero.
Durante los últimos años, cada vez más gobernantes de las polis se resistía a sus propuestas de unificación. Algunos lo hacían en público; otros, mediante silencios cuidadosamente calculados.
Un matrimonio era más que una celebración. Era una promesa, un recordatorio. Una alianza sellada frente a toda Grecia.
Por eso aquella noche no solo habían acudido familiares y nobles. Entre los invitados se encontraban estrategas, gobernadores, embajadores y representantes de ciudades que observaban cada movimiento del rey. Porque nadie ignoraba que, cuando Theós invitaba a alguien a su mesa, rara vez lo hacía sin esperar algo a cambio.
Mientras Ilios avanzaba entre los invitados, alcanzó a escuchar fragmentos de conversaciones.
—Dicen que la polis de Delfos volvió a rechazar el acuerdo.
—No por mucho tiempo.
—¿Crees que Theós insistirá?
—Theós siempre insiste y consigue lo que quiere. — Se ríe uno de los embajadores de Esparta. — Por las buenas o por las malas.
Ílios continuó caminando sin prestar demasiada atención. Había escuchado discusiones similares toda su vida.
Desde que tenía memoria, su padre hablaba de unir Grecia bajo una única autoridad. Según él, era la única forma de evitar nuevas guerras entre las polis.
Muchos lo consideraban un visionario y lo seguían con lealtad. Otros comenzaban a temer las consecuencias de ir en contra.
Al sentirse abrumado por la cantidad de personas que no dejaban de llegar para ver a los recién casados, decidió tomar un respiro en el jardín norte. Necesitaba alejarse de toda esta falsedad cuanto antes.
Iba caminando hacia la salida cuando tropezó con Iméra, la guardiana del reino Nýchta y su hermana Exagorá. Se disculpó con ambas y siguió su camino hacia la parte trasera del castillo, donde creyó que no habría nadie.
Al llegar a una pequeña fuente en medio del inmenso jardín, adornado por miles de hermosas flores, se acercó al agua cristalina y mojó la punta de sus dedos. Al alzar la vista, pudo ver la silueta de una mujer en un rincón de la floresta.
Caminó lentamente para no asustarla, pero se detuvo sorprendido al ver cómo un brillo, junto con una luz blanca, salían de sus manos hacia el suelo, y luego aparecían flores de distintos colores.
Quiso acercarse más, pero al pisar una rama accidentalmente, el sonido alertó a la muchacha. Desde donde estaba, pudo distinguir -a pesar de la oscuridad- unos ojos brillantes con un degradé de gris a blanco. También notó algunos mechones blancos trenzados sobre su hombro.
Pero lo que más le llamó la atención fue el terror reflejado en su mirada: había sido descubierta haciendo algo prohibido.
Ella lo observaba desde la penumbra, pero podía distinguirlo bien gracias a la luz de la luna, que iluminaba su cabello rubio como el sol y sus ojos dorados. No le importó lo hipnotizante de su presencia: dio media vuelta, dispuesta a huir. Pero una mano sujetó su muñeca, impidiéndole.
—No te asustes, no te haré daño —le habló una voz grave, haciendo que su cuerpo se estremeciera.
No sabía por qué, pero juraría que conocía esa voz... más aún por lo que le hacía sentir.
Se dio la vuelta para enfrentarlo, pero nuevamente sus ojos la cautivaron. Quedaron congelados, ahí parados, mirándose. Ninguno sabía qué decir; estaban tan embelesados el uno con el otro que las palabras se les atoraba en la garganta.
Estaban tan cautivados que él no notó el momento en que su cabello pasó de un blanco más brillante que la luna a un castaño. Ella, por su parte, no percibió la presencia de alguien más.
Astéri observaba con curiosidad a la mujer que su hermano tenía frente a él, notando también que este sostenía ambas manos de la joven. La menor carraspeó, llamando la atención de los dos.
Fengári se ruborizó y comenzó a temblar al ser descubierta por segunda vez en la noche. No importaba la protección de su madre: si la descubren utilizando un don prohibido, la matarían.
Ílios, en cambio, seguía algo mareado por las sensaciones que esos ojos le habían causado. No entendía cómo era posible.