Los Orígenes (#1)

Capítulo VI

—Lo encontré. Me sorprende que haya venido. Supongo que ignora que estoy aquí.

Fengari giró hacia su prometido, desconcertada por la frase. No llegó a preguntar nada: Vrochí le tomó los hombros con suavidad y la volvió hacia el frente. Con un leve gesto del mentón señaló a un joven que acababa de entrar en el salón, llevando a una niña en brazos, acompañado por los reyes de Corinto, quienes iban conversando con el dueño de los ojos dorados que tanto desesperaba a Fengari

Sintió el impulso de ir hacia él, pero dudó. No deseaba acercarse demasiado a Ílios, temia que su deseo le ganara a la cordura. Pero podia sentir la desesperación que su mejor amigo emanaba al querer acercarse al joven que acababa de entrar. Conocía su historia, y la llevaba en el pecho como si fuera propia.

Se tragó las dudas, tomó la mano de su prometido y lo acompañó.

El corazón de Vrochí latía con violencia. El joven se llamaba Ankori, y había sido su amante en secreto cuando su familia se refugió en Corinto. Todo terminó el día en que Ankori anunció su compromiso. Vrochí no podía pedirle que se negara ni que revelara sus sentimientos, pero nada de eso lo salvó del dolor.

Ankori palideció al reconocerlo y, enseguida, enrojeció al ver a la muchacha de cabello castaño y ojos grises que lo acompañaba. Ahora comprendía en carne propia lo que Vrochí había sentido entonces.

—¡Chí! —La niña se lanzó a los brazos de Vrochí con una sonrisa que parecía iluminar la estancia.

—Te extrañé, pequeña —susurró él, estrechándola contra su pecho.

—Y yo a ti, Orí.

—¡Korítsi! —reprendió su madre con voz dulce pero firme—. No es propio de una joven comportarse así. Podrías arruinar tu vestido.

La niña se compuso de inmediato, adoptando la dignidad de una dama diminuta. Se acercó a Fengari y la señaló con un dedo.

—Por tu bien, no puedes lastimar a mi principito, o pediré a la Protectora del Reino que te convierta en un sapo muy feo.

Fengari sonrió, inclinándose hasta quedar a su altura.

—No creo que mi madre sea capaz de convertirme en un sapo feo.

Korítsi la observó un instante, confundida, antes de cruzarse de brazos.

—Bien jugado —declaró, girando con aire solemne.

Pero antes de unirse a unas mellizas que jugaban cerca, se volvió una vez más.

—Dudo que tu madre te salve de mis dones de tortura con plumas.

Fengari soltó una risa contenida.

Gynaíka se acercó para saludarla y la envolvió en un cálido abrazo. Luego hizo lo mismo con Vrochí, apretándole las mejillas con cariño exagerado.

—Tía... —protestó él, entre risas.

—Ya que nadie parece dispuesto a presentarme —intervino una joven de rasgos orientales— Lo haré yo. Soy Erika.

Fengari tomó su mano, pero la soltó al instante. Una sensación amarga, como un eco ajeno, la recorrió.

—Yo soy Ankori, su prometido —dijo el joven.

Cuando sus manos se rozaron, Fengari sintió una corriente sutil, un estremecimiento que no le pertenecía. Celos. No suyos, sino de él. Por Chí.

Una sirvienta interrumpió entonces con una reverencia:

—Sus altezas, por favor. El baile está por comenzar.

El salón se llenó de música.

Las cuerdas murmuraban melodías suaves; las luces, multiplicadas en los espejos, parecían bailar también. Algunas parejas se mecían al compás, otras conversaban con discreción. Fengari, sin compañero, se había sentado a observar.

Ílios, sin embargo, tenía otros planes.

Se acercó a ella, tomó su mano y la obligó a levantarse con un giro elegante.

—Baila conmigo —ordenó con una sonrisa.

Fengari se aferró a sus hombros mientras él la ceñía por la cintura. Danzaban en silencio, como si el aire entre ambos pesara más que la música.

En una vuelta, Fengari lo vio: Vrochí observaba a Ankori bailar con Erika. Su rostro guardaba una sonrisa cortés, pero sus ojos, desbordaban tristeza.

Ella se inclinó hacia Ílios.

—Gracias—susurró— pero me necesitan en otro lugar.

Él se resistió, pero al final la dejó ir, observando cómo se alejaba entre los reflejos dorados del salón.

Fengari caminó hasta Ankori y Erika.

—¿Me lo prestas unos minutos? —preguntó con suavidad.

Erika asintió, sin sospecha. Ankori, sorprendido, la siguió con la mirada.

—Escucha —dijo Fengari en voz baja—, no conozco todos los detalles entre tú y Chí, pero sé que lo amas. Y él te ama. Tienes dos segundos para decidir si vas a hacer algo al respecto.

Ankori asintió, temblando apenas.

—Entonces bésame la mano, discúlpate con algún pretexto y ve al jardín trasero. Espéralo allí.

El joven obedeció. Nadie pareció advertir la maniobra. Excepto Ílios.

El rubio se acercó a Fengari, con una media sonrisa.

—¿Qué tramas, preciosa?

Ella alzó la mirada, divertida, descubriendo que tenia al mejor de los complices.

—¿Me ayudarías con algo?

—Por supuesto, si prometes que después hablaremos de lo nuestro.

Fengari se ruborizó, pero asintió.

—Dile a Vrochí que tu hermana lo busca en el jardín trasero.

—Pero ella está con mí padre.

—Lo sé —respondió ella con picardía—. Chí no lo notará.

Ílios aceptó y se acercó a su primo, que asintió sin sospechar y se marchó.

Fengari se disponía a seguirlo cuando oyó algo que la detuvo.

—Estoy seguro de que Ílios se casaría con tu hija si yo se lo ordeno —decía Theós, en voz baja, a un gobernador.

El comentario se le clavó en el pecho, pero no se detuvo, por este momento exacto, ella no importaba.

...

El aire del jardín era fresco y olía a jazmín.

A la luz temblorosa de los faroles, Fengari los vio: Ankori sostenía el rostro de Vrochí entre sus manos y lo besaba con ternura. Sus cuerpos se aferraban con la desesperación de quien ha vivido demasiado tiempo fingiendo olvido.

Fengari dio un paso atrás, intentando retirarse sin ruido, pero tropezó y derribó unas maderas. Ambos se separaron sobresaltados.




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