—No puedo creer que hayas hecho esto —Chí no lucía enojado, más bien sorprendido.
—Eres un poco insoportable cuando estás triste, y no quiero ser yo quien lo aguante —replicó Fengari con risa, burlando a su amigo.
—Kori, mamá te busca —anunció la pequeña que acababa de aparecer en el umbral. Miró a los tres jóvenes con una curiosidad inocente, aunque sus ojos revelaban un entendimiento prematuro. Después fijó la vista en el castaño y en su hermano—. ¿Ya arreglaron sus problemas de amor?
Los tres la miraron como si a la niña le acabara de brotar un tercer ojo.
—¿Qué? ¿Acaso creían que no me daría cuenta de lo de ustedes dos? —replicó, inflando el pecho—. Que tenga siete años no significa que sea tonta. Y no, no le diré a mamá ni a papá.
Saltó hacia la puerta, tan ligera como si nada hubiera dicho.
—¿Por qué no se los dirás? —preguntó Vrochí, divertido.
—Porque Erika es fea, mala y no juega a los reyes como Chí. ¿Ya dije fea?
—¿Y solo por eso?
—Sí —sentenció la niña antes de alejarse, parloteando sola.
—Las prioridades de una niña —dijo Ankori con una sonrisa contenida.
Fengári suspiró.
—Mejor me voy —intentó alejarse, pero Fengári la detuvo con firmeza.
—Yo distraeré a tus padres —dijo con un brillo sereno en la mirada—. Ustedes dos... encuentren la forma de no sufrir.
Y sin darles oportunidad de responder, se adentró en el pasillo.
El aire del castillo se sentía más pesado que de costumbre, y cada sombra parecía observarla. Caminaba con sigilo, procurando no ser vista, cuando chocó contra alguien que la sostuvo antes de que cayera.
—Te estaba buscando. —La voz de Ílios sonó grave, contenida—. ¿Por qué te fuiste?
—No quiero hablar. —Fengári trató de apartarse, pero él la sujetó por los hombros, forzándola a enfrentarlo.
—Prometiste que hablaríamos. ¿O acaso lo olvidaste?
—No, no lo olvidé, como tampoco puedo olvidar otras cosas.
Lo dijo en un susurro, casi para sí misma, pero Ílios la oyó.
—¿Qué significa eso?
Ella lo miró a los ojos, y por un instante su máscara de calma se quebró.
—Que ya sé que te casarás con esa joven. Que todo este tiempo solo fui tu distracción.— No sabía porque decia aquellas palabras, era como si los celos la controlaran.
Intentó mantener la compostura, pero el temblor en su voz la traicionó. Ílios la observó, incrédulo, como si acabara de recibir una herida invisible.
—¿No lo sabías? —preguntó ella, con un tono en el que se mezclaban la amargura y el miedo.
El rubio la tomó del codo y, sin pensar, la llevó a la primera habitación vacía. El silencio allí era tan espeso que podía cortarse.
Él la sujetó por la cintura con una mano y con la otra le sostuvo el mentón, obligándola a mirarlo.
Sus ojos ardían. No con ira, sino con una pasión tan viva que dolía.
—Nunca vuelvas a decir que eres una distracción. —Su voz era firme, pero temblaba por dentro— No entiendo lo que está pasando entre nosotros, no sé qué maldición o destino nos une, pero ¿De verdad crees que me arriesgaría tanto si solo fueras una distracción?
Fengári sintió que el aire se le escapaba. La distancia entre ambos era mínima; podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo.
—Haces que todo en mí se incendie con solo una mirada. —Su respiración se mezcló con la de ella—. Me vuelves débil, y fuerte al mismo tiempo. Verte con mi primo es una tortura. Tenerte cerca y no poder tocarte, un castigo. Dime ahora... ¿sigues creyendo que eres mi distracción?
Fengári reunió la poca cordura que le quedaba y apartó el rostro antes de que sus labios se encontraran. Lo deseaba, pero sabía que bastaba un solo beso para perderse.
Ílios bajó las manos, dolido, aunque comprendía el motivo.
—¿Quien te dijo que yo me casaría? ¿Y con quién?
—Escuché a tu padre hablar con otro hombre. Decía que tú y su hija unirían casas, y que acatarías su voluntad.
Ílios frunció el ceño, un músculo tensándose en su mandíbula.
—¡Jamás acepté tal cosa! —rugió, llevándose las manos al cabello con frustración—. ¿Quién más sabe sobre mi propio destino antes que yo?
—No lo sé —dijo Fengári, intentando mantener la calma—. No quise quedarme a escuchar más.
Él no respondió. Salió de la habitación con paso decidido, casi furioso. Fengári corrió tras él.
—Ílios, espera... —Pero alguien la detuvo: Vrochí, junto a Ankori, la miraban con preocupación.
—¿Qué sucede? —preguntó el prometido, sin entender.
—Tengo que evitar que Ílios haga algo imprudente —replicó ella, soltándose.
Cuando llegó al gran salón, la tensión ya era palpable. Los invitados observaban expectantes al hijo del rey.
—¡No me casaré con nadie! —la voz de Ílios resonó como un trueno—. ¡Y esa es mi decisión final!
Theós, el rey, lo miró con una sonrisa impostada que no lograba ocultar la ira en sus ojos.
—Hijo, hablaremos de esto luego —dijo entre dientes, apretando la mandíbula.
—No hay nada que hablar —respondió Ílios con la voz firme, aunque el temblor de su pecho lo delataba—. No seré otro de tus acuerdos. No voy a vivir la vida que tú eliges.
Un murmullo recorrió la sala. Los consejeros intercambiaron miradas, y Theós dio un paso al frente.
—¿Crees que tus deseos están por encima del reino? —preguntó con tono gélido.
Ílios lo miró directo a los ojos.
—Creo que el reino necesita hombres que sepan elegir con el corazón, no con la ambición.
El silencio que siguió fue absoluto. Hasta las antorchas parecieron arder con cautela.
—Retírate. Ya has dicho suficiente —ordenó Theós, sin mirarlo más.
Ílios contuvo el impulso de responder. Dio media vuelta y salió del salón, dejando tras de sí un eco que aún retumbaba cuando la puerta se cerró.
Fengári lo siguió. Lo encontró en el jardín, furioso, con los puños cerrados. Con un gesto iracundo, pateó una maceta con rosas, que se quebró al instante.