—Hola, Fengari. Soy Ánoixi, un gusto —la mujer le ofreció la mano a la joven, pero esta última estaba demasiado sorprendida como para reaccionar. Ánoixi sonrió.
—Hola —fue lo único que pudo decir Fengari antes de que todo se volviera negro y sintiera su cuerpo desplomarse.
—¡Fengari! ¡Alguien, ayúdeme! —el grito de Astéri alertó a todos. En segundos, un tumulto de personas se agolpó alrededor de la joven, tratando de lograr que reaccionara.
Ílios quería acercarse, ver cómo se encontraba su pequeña, pero sabía que ante la mirada de su padre no podía. Dejó que su primo la cargara y la llevara a una habitación.
—En este momento mandaré a buscar a un sanador —Gi se fue junto con su padre escaleras abajo con rapidez.CAPÍTULO 8
—Hola, Fengari. Soy Ánoixi, un gusto —la mujer le ofreció la mano a la joven, pero esta última estaba demasiado sorprendida como para reaccionar. Ánoixi sonrió.
—Hola —fue lo único que pudo decir Fengari antes de que todo se volviera negro y sintiera su cuerpo desplomarse.
—¡Fengari! ¡Alguien, ayúdeme! —el grito de Astéri alertó a todos. En segundos, un tumulto de personas se agolpó alrededor de la joven, tratando de lograr que reaccionara.
Ílios quería acercarse, ver cómo se encontraba su pequeña, pero sabía que ante la mirada de su padre no podía. Dejó que su primo la cargara y la llevara a una habitación.
—En este momento mandaré a buscar a un sanador —Gi se fue junto con su padre escaleras abajo con rapidez.
Poco a poco, los sirvientes comenzaron a irse, quedando solamente Astéri e Ílios.
—Sé que quieres verla. ¿Por qué no lo haces?
—Porque aún no logro entender esta necesidad de verla, de tocarla. No lo comprendo y me tiene mal.
—Tienes muchos días para averiguarlo. Ahora ve, yo vigilaré que papá no vuelva.
Ílios se lo pensó. Por un segundo quiso caminar hacia la habitación, pero estaba tan molesto, confundido y mareado de emociones que decidió dar la vuelta, salir del palacio e ir a cabalgar un rato.
Horas más tarde, luego de que el sanador revisara a Fengari y esta despertara, todos procedieron a irse a sus habitaciones. Según el médico, solo había tenido un desmayo por cansancio.
Fengari miraba el fuego de las velas en la habitación sin poder dormir, a diferencia de su prometido, que descansaba a su lado. Sin hacer ruido, decidió levantarse y salir a buscar algo para beber.
Mientras caminaba por los pasillos, se detuvo nuevamente frente a la pintura de la antigua reina. Al igual que antes, escuchó su nombre en un susurro. Miró hacia todos lados, pero no había nadie. Volvió a oírlo y comenzó a caminar, guiada por la voz.
Bajó las escaleras con cuidado para no alertar a ningún guardia. El susurro se hacía cada vez más fuerte. Continuó caminando hasta llegar a las grandes puertas del palacio. Estaban cerradas, pero podía presentir que la voz venía del exterior. Colocó sus manos sobre la madera y susurró:
—Anoichtí pórta.
Las puertas se abrieron. Caminó hacia el jardín, donde dos guardias se encontraban a pocos metros. Fengari levantó su mano y, tras pronunciar:
—Ýpnos.
Los guardias cayeron dormidos.
Caminó hasta el centro del jardín, donde estaba la fuente con rosas. Pudo distinguir la silueta de una mujer. Cuanto más se acercaba, más clara la veía: era Ánoixi, la madre de Ílios y Astéri. Sintió un calor intenso y una corriente eléctrica recorrerle el cuerpo.
—Tranquila, Fengari. Todo está bien. Eso que sientes es normal. También fue normal tu desmayo: es la primera vez que alguien se ancla a tu energía.
Fengari no emitió sonido. Se quedó frente a ella, suponiendo que ya se había vuelto completamente loca, aunque sentía una extraña confianza hacia esa mujer. Otra razón para dudar de su cordura.
—Como supongo, mi hija ya te comentó parte de la historia. Además, creo que sabes quién soy —la mujer la miró y sonrió ante su mudez—. No muerdo.
—Se supone que está muerta —Fengari deseó golpearse a sí misma por decir semejante cosa—. Lo siento.
—Tranquila. Y sí, estoy muerta. Pero ni la muerte impide que una madre cuide de sus hijos.
Ánoixi tomó la mano de la joven, la guió a sentarse junto a ella y la enfrentó. Sabía que no tenía mucho tiempo, por lo que decidió contarle una historia. Una que no debía, pero que creía necesaria para que Fengari pudiera ayudarla.
—Hay muchas cosas que debo decirte, pero primero necesito pedirte un favor.
Fengari seguía en shock. Solo podía asentir, aunque tenía miles de preguntas.
Ánoixi notó que Fengari no estaba del todo concentrada,ais que intentó hablar con claridad—. Ninguno de mis dos hijos comparte sangre con Theós. Yo ya tenía a Ílios cuando me casé con él. Pero, aunque él sabe lo de Ílios, ignora lo de Astéri. Y nunca puede saberlo. Podría molestarse tanto que mandaría a matarla, como hizo conmigo.
Ánoixi esperó a que Fengari procesara la información. Quizás debió ir más despacio, pero al notar que la joven no parecía sorprendida, respiró aliviada.
—¿Theós sabe quién es el padre de Ílios?
—Sí. Pero nunca mencionó el tema.
—¿Cómo lo conoció? No sé mucho de usted, pero tengo entendido que provenía de una familia con bastante dinero y muchas conexiones.
La mujer dudó. Sabía que debía ir directo al favor, pero comprendía la curiosidad de Fengari. Quizás, contarle la historia generaría confianza.
—Sí, es cierto. Mi familia tenía dinero. Mi padre y mi abuelo trabajaban en un legado ancestral: eran catadores de vino. Muy reconocidos en varios países. Fue en uno de sus viñedos donde conocí a Glykó.
<<Yo estaba cabalgando cuando lo encontré, malherido y desangrándose. El solo mirarlo se sintió como amor a primera vista, aunque algo aterrador. Lo llevé a casa en mi caballo. Mi madre, médica, lo atendió. Recuerdo haberle gritado que no era suficiente ayuda. Mi madre me explicó, con paciencia, que la herida no era tan grave como yo creía.