Los Orígenes (#1)

Capítulo IX

El amanecer asomaba con timidez cuando Fengári se sentó al borde de la cama, con las manos aún húmedas de tanto lavárselas. Como si el agua pudiera llevarse la historia que había escuchado. Como si pudiera calmarle el alma.

Ánoixi ya no estaba, pero su presencia seguía latiendo en la habitación. En el susurro del viento, en el temblor que le recorría los dedos, en esa urgencia silenciosa que no la dejaba quedarse quieta.

"Lleva a Astéri al pueblo. A casa de mis padres. Necesita ver a su padre."

Fengári cerró los ojos. Su promesa pesaba más que el miedo. Se levantó y caminó con pasos sigilosos hasta la habitación contigua.

Astéri dormía, completamente envuelta como un capullo humano bajo una manta gigante. Tenía la boca entreabierta y hacía un leve ronquido nasal que, de no ser por la situación, le habría resultado adorable.

Fengári se inclinó y susurró:

—Astéri, despierta.

—Mmmm.

—Necesito que vengas conmigo.

—¿Al desayuno? —balbuceó la otra, sin abrir los ojos—. Porque no pienso moverme por menos de un pan calentito.

—No, al pueblo.

Astéri abrió apenas un ojo.

—¿Pueblo? Ni el pueblo debe estar despierto aún.

—Es importante.

—¿Tan importante como para despertarme antes de que el sol tenga ganas de salir? Porque no sé si te enteraste, pero estoy en pleno proceso de belleza y si no duermo mis horas...

—Vi a tu madre.

Astéri se quedó en silencio.

Fengári la miró con seriedad.

—¿Perdón?

—Anoche. En el jardín. Me habló. Me contó toda su historia, o lo más importante supongo. Me pidió algo.

—¿Y qué te pidió? ¿Que me devuelvas la tiara que perdí hace dos semanas?

Fengári rió, pese a todo.

—No. Me pidió que te llevara con Glyko.

Astéri parpadeó. Su voz bajó el tono.

—¿Mi padre?

Fengári asintió, un poco sorprendida de que Asteri supiera quién era, aunque fuera obvio.

—Hoy. Ahora. En secreto.

La joven se quedó en silencio unos segundos. Luego, suspiró.

—Bueno, al menos no dijiste "vamos a sembrar cebollas en la madrugada"

El establo estaba casi desierto a esa hora. Fengári caminaba nerviosa, con la capa cubriéndole hasta la nariz.

—¿Estás segura de que nadie nos vio? —preguntó.

—Ni los ratones están despiertos todavía —respondió Astéri, mientras acariciaba a su yegua—. Hola, Lekédes. ¿Lista para una aventura criminal antes del desayuno?

La yegua relinchó suavemente, como si entendiera.

Fengári miró la montura con pánico.

—Yo no sé montar.

—¡Perfecto! Entonces va a ser divertido mostrar mis pocas habilidades montando—dijo Astéri, sonriendo mientras le ofrecía la mano para que se montara tras ella—Te prometo no matarnos. Bueno, te prometo intentarlo.

Fengári subió con torpeza, aferrándose con fuerza al vestido de su compañera.

...

El viaje comenzó entre risas nerviosas y chistes absurdos sobre fugas reales, torres encantadas y princesas sin experiencia ecuestre. Pero a medida que avanzaban por el bosque, el ambiente se volvió más calmo. La niebla matinal cubría el suelo como un velo, y las ramas se entrelazaban en lo alto, formando un túnel natural.

—¿A dónde vamos exactamente? —preguntó Astéri.

—Ella solo dijo "casa de mis padres". Genial, ¿no? Casi como buscar una aguja en un pajar mágico.

—¿Y si preguntamos?

—A quién, ¿a los árboles?

En ese momento, Fengári hizo que su compañera se detuviera.

Frente a ellas, titilaban unas pequeñas luces flotantes, como luciérnagas. Se movían despacio entre los árboles, danzando como si marcaran un camino.

Astéri entrecerró los ojos.

—¿Siempre brillan las luciérnagas así en la mañana?

—¿Donde?

—Frente a ti ¿No las ves?

—No.

No supo como, pero Fengari percibió un susurro que le indicaba seguir esas lucecitas.

—Creo que tu madre acaba de marcarnos el camino, sigue este sendero hasta el pueblo.

Astéri, sin más opción —y con una mezcla de temor y emoción—, tiró de las riendas y siguió también.

Las luces avanzaban con paciencia. Se movían en fila, unas más altas, otras apenas a la altura del pasto. Pero todas con un destino claro. Y Fengári sentía, muy dentro suyo, que el destino era el correcto.

Porque a veces, cuando el mundo se llena de preguntas, una respuesta puede venir en forma de pequeñas luces titilantes y una fuerte intuición que hay que seguir.

...

Al llegar al pueblo, tuvieron que cubrirse bien los rostros. Algunos guardias custodiaban el templo con mirada inquieta, y no podían arriesgarse a ser reconocidas.

Siguieron el sendero hasta que las luces titilantes que las habían guiado se detuvieron frente a una propiedad distinta a todas: un oíkos amplio, rodeado de cultivos de uvas que se extendían hasta donde la vista alcanzaba. El perfume de las uvas flotaba en el aire.

Al bajar de Lekédes, no sabían exactamente qué hacer. Pero una de las pequeñas luces se elevó y cruzó el gran portón de madera. Un instante después, las puertas se abrieron con un chirrido suave.

Un hombre robusto, de barba recortada y algunas canas en las sienes, las esperaba con una sonrisa gentil. Inclinó la cabeza y dijo simplemente:

—Pasen. Las están esperando.

Fengári y Astéri se miraron. Entre dudas y emoción, cruzaron el umbral y caminaron por el sendero de piedra que conducía a una casa que surgía entre los viñedos como si siempre hubiese pertenecido a ese lugar. Los muros claros, gastados por el sol, parecían guardar el calor del día, y el silencio que la rodeaba no era vacío, sino antiguo. Desde el patio interior se elevaba un olor dulce y áspero a la vez, mezcla de tierra, uva madura y vino reposando, y las columnas proyectaban sombras largas que se movían con el paso de las horas. Contra las paredes descansaban ánforas de barro, algunas selladas, otras manchadas por el uso, como parte habitual de la vida diaria. No era una casa que buscara imponerse, pero bastaba mirarla para entender que resistía, que estaba hecha para permanecer




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