Ílios había vuelto al castillo al amanecer.
La noche a caballo no le había servido de nada. Ni para calmar el nudo en el pecho, ni para entender qué demonios le pasaba desde que la conoció.
Entró al patio sin hacer ruido, desmontó y caminó directamente hacia la zona de habitaciones. Quería verla.
Necesitaba verla.
Pero no estaba.
Buscó a un par de criados. Nada. Preguntó a una doncella, que balbuceó algo sobre “un paseo temprano".
Nadie sabía con certeza cuándo había salido o con quién.
El estómago se le tensó.
Entró al salón principal. Vacío. Solo el eco de sus propios pasos.
Se dejó caer en uno de los bancos de piedra y, por primera vez en mucho tiempo, se permitió sentir miedo.
No por ella. No aún. Por él mismo.
—Esto no es normal —susurró, como si admitirlo en voz alta lo hiciera más soportable.
La conocía hacía menos de una semana. Era la prometida de su primo, y sin embargo, había momentos en los que la deseaba con tanta fuerza, que le costaba respirar.
¿Y si lo había hechizado?
No era imposible. Tenía dones.
¿Y si lo que sentía no era real? ¿Si era parte de un encantamiento que lo arrastraba sin querer?
Sacudió la cabeza con rabia. Se puso de pie. Solo había una persona que podía decirle la verdad.
...
Encontró a Vrochí en el patio trasero, entrenando con un par de jóvenes guardias. El sudor le caía por la frente, pero aun así, al ver a Ílios, alzó una ceja.
—Volviste —dijo sin soltar la espada.
—Necesito hablar.
—Ahora estoy un poco ocupado, primo —contestó Vrochí, girando hacia el siguiente guardia.
—No estoy preguntando.
Esa frase detuvo el filo del entrenamiento.
Unos segundos después, ambos caminaban por el pasillo lateral que daba al jardín. Ílios hablaba rápido. Confesó que Fengári no salía de su cabeza, que no entendía por qué, que todo era confuso.
—¿Creés que existe alguna posibilidad de que podría haberme hecho algo? —preguntó al fin.
Vrochí se detuvo. Lo miró serio. Luego se rió.
—¿Hacerte algo? ¿Fengári? Por favor, ni siquiera puede mentir sin que se le note en la cara. Además ¿cómo podría?
—Sé sobre sus dones.
—Estás diciendo incoherencias.
—¿Entonces por qué me siento así? ¿Por qué no puedo dejar de pensar en ella, si ni siquiera me quiere cerca?— Ilios se froto la cara con ambas manos, frustrado —Esto debe ser algún tipo de encantamiento.
—Porque es atracción física, Ílios. Pasajera. Nada más. Fengari no posee dones, su madre se los arrebato cuando era una niña.
Ílios bajó la mirada. No estaba tan seguro de si su primo decia aquello porque no sabía el secreto de Fengari o porque le estaba mintiendo para protegerla.
Vrochí hablo con fuerza, cruzando los brazos.—Escuchame bien. Debés dejarla en paz. Ella no quiere verte. Y no vas a complicarle la vida. ¿Comprendido?
Ílios lo miró como si lo hubieran golpeado.
Ella no quiere verte.
El aire se volvió espeso.
¿No quería?
Vrochi sabía que eso era una enorme mentira, pero debía proteger a su prometida, no porque creyera que Ilios la dañaría, más bien porque temía que su rio o primo, actual rey, descubrieran a la peli- gris.
Y, sin embargo, la sensación seguía ahí. Esa tirantez en el pecho, como si estuviera atado a ella por algo invisible. Como un hilo rojo que no podía cortar. Como un imán que lo arrastraba hacia ella sin tregua.
—No puedo —dijo en voz baja.
—¿Qué?
—No puedo alejarme. Algo en mí no me lo permite.
Vrochí dio media vuelta, frustrado.
—Entonces espero que seas fuerte, porque si sigues acercándote, no tendré más opción que intervenir. Y no de buena forma, primo.
Caminaba a paso rápido, decidido a encontrar a su prometida cuanto antes. Debía advertirle sobre Ílios.
Pareciera que los dioses lo escucharon, porque la pusieron en su camino.
Bajando de la yegua de Astéri, Fengári sentía la cabeza pesada. Había tenido revelaciones muy intensas los últimos días. Creía que estaba por enloquecer, desmayarse y despertar en su antigua habitación, y todo esto sería un sueño.
—Feng, aquí estás, necesito hablarte un momento —Vrochí llegó y tomó de la mano a su prometida. Sin dejarla hablar, la arrastró hacia la entrada.
—También es un gusto verte, primo —gritó irónicamente Astéri al ser completamente ignorada.
Vrochí no prestó atención a la rubia. Solo siguió caminando hasta encontrar un rincón libre en el jardín. Soltó a la castaña y pasó sus manos por el rostro, frustrado.
—Chí ¿qué sucede?
—Ílios sabe sobre tus dones —contestó él sin vueltas. Pero notó que su prometida no parecía sorprendida. La miró, esperando una respuesta.
—Lo sé. El día que llegué aquí, él me vio haciendo uso de mis dones con unas flores. Y antes de que me reproches algo, estaba nerviosa y necesitaba pensar. Sabés que cuando uso mis dones me siento más libre.
—Lo entiendo, cariño. Pero es peligroso que Ílios lo sepa.
—Sé que él no dirá nada. Lo hubiera hecho hace días. Pero no lo hizo. No sé por que, pero confío en él.
Vrochí la observó con una ceja enarcada, intentando entender qué pasaba por su cabeza y por la de su primo.
—Definitivamente ambos están locos. Tu, por confiar tanto en alguien que conocés hace unos días; y él, porque cree que lo has hechizado.
—Perdoná ¿qué dijiste?
—Ílios cree que toda esa atracción que siente por ti es producto de un conjuro.
Fengári se sintió indignada, dolida y hasta traicionada. ¿Cómo podía él, precisamente él, pensar que le haría algo así?
Aunque, esa indignación fuera sin fundamentos porque, no tenia derecho a enfadarse así con él, pero ultimamete nada tenía sentido.
Cuando pretendía irse, se abrieron las puertas del gran salón. La voz del heraldo resonó en el ambiente:
—¡Su Majestad, el rey Gi, y su alteza, el ex monarca Theós!