Por un instante, el mundo dejó de girar.
Ílios sentía el pulso latir en las venas como un tambor antiguo. Sus ojos clavados en los de ella, hambrientos, poseídos.
Fengári, en cambio, apenas podía sostenerle la mirada sin temblar. La vergüenza le ardía en las mejillas, el corazón le golpeaba con furia el pecho.
La magia del beso anterior aún flotaba entre ellos, pero fue ella quien retrocedió primero, con un suspiro entrecortado. Bajó la mirada, azorada por la intensidad, intentando recuperar el control de su cuerpo y su mente, aunque fuera en vano.
Pero Ílios no se lo permitió.
Su mano derecha descendió con firmeza hacia su cintura, atrapándola con la necesidad de quien no puede dejar ir. La otra subió con reverencia hasta su rostro, rozando la curva de la mandíbula y la mejilla con una caricia que ardía como fuego contenido. Sus dedos eran firmes, pero delicados, como si sostuviera algo sagrado.
—Fengári... — susurró su nombre como una plegaria rota.
Y la besó de nuevo.
Esta vez, sin contención.
Sus bocas se reencontraron como si jamás debieran haberse separado. El beso fue más profundo, más urgente. Las lenguas se buscaron y se encontraron sin permiso, entre jadeos bajos y el temblor de unos cuerpos que ya no sabían cómo alejarse.
Fengári, vencida por el deseo, dejó caer los brazos sobre sus hombros y se aferró con fuerza. Ílios respondió de inmediato: la alzó como si no pesara nada y la empujó con suavidad contra la pared más cercana, una columna fría que contrastaba con el calor de sus cuerpos.
Ella rodeó su cintura con las piernas, y él la sujetó con ambas manos por los muslos, presionándola contra su cuerpo, mientras los besos se volvían más feroces. El vaivén de sus cuerpos comenzaba a adquirir su propio ritmo, guiado por la necesidad.
Cada roce de sus caderas provocaba un pequeño incendio. Cada movimiento, una súplica muda.
Fengári soltó un gemido suave, como un suspiro que escapaba sin querer.
Ese sonido fue suficiente para hacer que Ílios perdiera por completo la razón.
Con la respiración entrecortada, comenzó a besarla con más fuerza, con más hambre. Bajó por su cuello dejando un rastro de besos húmedos, entre mordidas suaves y lamidas que hacían que Fengári enredara los dedos en su cabello, acariciándolo con pasión, tirando de él en oleadas de placer.
Él gruñó contra su piel, embriagado.
—Me vuelves loco —murmuró cerca de su oído, con la voz ronca, desbordado
Fengári se arqueó levemente cuando él descendió hasta sus pechos, atrapados aún bajo la tela del vestido.
Ílios posó los labios sobre ellos, acariciando con la nariz la leve protuberancia que se formaba allí, excitada y sensible. La joven soltó un nuevo gemido, más agudo, mientras su cuerpo se estremecía entero.
No había palabras.
Solo respiraciones alteradas.
Solo piel buscando piel.
Ílios subió de nuevo, devorando cada rincón de ella, como si necesitara memorizarla con la boca. Y Fengári, perdida, entregada, ya no era la muchacha contenida de días atrás. Era deseo. Era fuego. Era deseo desbordando la carne.
El aire entre ellos ardía, denso, saturado de deseo contenido. Las bocas seguían buscándose, las manos ya no sabían de límites.
Pero entonces...
Un crujido.
No un estruendo, ni un grito, apenas el sonido seco de una tabla de madera en el pasillo, como si alguien -o algo- hubiese pisado donde no debía.
Ambos se quedaron inmóviles.
Fengári se aferró un segundo más a él, con el corazón latiéndole a una velocidad peligrosa. Ílios se tensó.
Con un reflejo automático, la bajó con delicadeza al suelo, sus manos aún aferradas a su cintura por unos segundos que parecieron eternos.
Ella retrocedió un paso, tambaleando apenas. Sin mirarlo, llevó los dedos temblorosos al cabello para acomodarlo como pudo, y luego bajó rápidamente las manos a su vestido, intentando alisarlo con nerviosismo.
No era pudor, ni arrepentimiento.
Era otra clase de vergüenza.
La de saberse deseando que ese joven dorado -tan prohibido, tan suyo ya- volviera a tocarla. En otros lugares. De otras formas.
Ílios echó una mirada fugaz hacia el pasillo, escudriñando entre las sombras. No había nadie. Solo el eco, solo el susto, solo la realidad que intentaba colarse por las grietas del momento.
Y aún así, cuando se volvió hacia ella, su mirada no titubeó.
— Fengári — dijo, y antes de que ella pudiera evitarlo, tomó su rostro entre las manos. —Mírame.
Ella dudó.
— Por favor... — suplico él, más bajo, más cerca.
Y ella alzó los ojos.
Ílios la sostuvo entre sus dedos, con el pulgar acariciándole apenas la piel bajo el pómulo, con el corazón abierto en la mirada.
— Estoy cansado de fingir todo en mi vida —murmuró con la voz grave, casi quebrada. — De fingir que no siento lo que siento. Por los dioses, juro que no me interesa otra cosa en este mundo que seguir besándote. Tocándote. Como ambos queremos.
Fengári lo miró, temblando. La fuerza de su deseo, el modo en que la nombraba, todo en él era devastador.
Y por un instante, solo uno, pensó en decirle que sí. En olvidar todo. En quedarse allí para siempre, perdida en su boca, en su tacto.
Pero entonces, como un hilo de agua fría atravesando la espalda, una palabra surgió en su mente:
Vrochí.
Su prometido.
Su futuro.
Su deber.
Su miedo a ser descubierta.
La cordura volvió como un latido afilado.
Fengári apartó la mirada. Dio un paso atrás, sin decir nada, tragándose el "sí" que la quemaba por dentro.
—Esto estuvo mal, no debió pasar.
Ílios la observó, dolido, pero no dijo más, con el corazón roto, decidió rendirse, dió media vuelta y caminó hacia la salida, Pero antes de cruzar, miro sobre su hombro a Fengari, esperando -casi suplicando- que lo detuviera, como si estuviera mas que claro que si él cruzaba ese umbral, ya no insistirá más.