El silencio de la noche era apenas interrumpido por el eco de los pasos firmes de Ílios en el corredor principal. Su respiración era contenida, pesada. Había aprendido a dominar la expresión de su rostro en público, pero aquella noche ni el acero de su voluntad podía ocultar el dolor que le recorría el pecho.
Fengári lo había rechazado, y esa herida -aunque invisible- ardía más que cualquier marca de guerra.
El príncipe había decidido aceptar la misión que su hermano, el rey Gi, le había encomendado: un reconocimiento en el bosque del norte, donde se decía que un grupo de rebeldes preparaba una manifestación contra la Corona. O eso creía él.
Mientras tanto, en los pasillos altos del castillo, Fengári permanecía sola, rodeada de un silencio que dolía más que cualquier reproche. Las risas de la celebración seguían escuchándose en los patios bajos, pero ella ya no pertenecía a esa alegría. Caminaba sin rumbo, con la mente dividida entre la culpa, el deseo y su reciente descubrimiento de la habitación secreta. Su mente estaba rota, y su alma, incompleta.
Sabía que, si cedía ante lo que sentía por Ílios, Vrochí pagaría el precio. Si rompía el compromiso, su amigo sería obligado a casarse con otra mujer, una que jamás comprendería el secreto que guardaba: su amor por los hombres. Y aunque aquello no era condenado en su reino, sí lo era en la nobleza, donde el deber de dejar herederos pesaba más que la libertad.
Fengári se detuvo ante una ventana abierta. La brisa nocturna le despeinó un mechón y, con él, su compostura. No podía seguir fingiendo.
Buscó a Vrochí. Lo halló en los jardines, junto a una fuente apagada. Estaba concentrado en un pergamino que le habían enviado sus consejeros, indicándole que debía volver pronto a su reino: lo necesitaban.
Fengári llegó hasta su amigo, quien notó la tristeza en los ojos de la joven. Guardó el papel, restándole importancia, y la miró con preocupación.
—No puedo más —dijo ella con voz temblorosa. —Lo besé, me beso, Vrochí. Fue hermoso, me encantó pero luego lo alejé, y creo que lo herí.
Vrochí tardó menos de un minuto en cambiar del asombro al entendimiento, y de ahí a la compasión. No necesitaba preguntar de quién hablaba.
—¿Qué sientes por él, Fengári? — preguntó con calma, tomando la mano de su prometida y haciéndola sentar junto a él.
Ella dudó. Miró el reflejo de la luna en el agua.
—Demasiado — susurró —Pero no es correcto. No puede ser.
Vrochí la sostuvo con la mirada unos segundos, hasta que sus ojos se ablandaron.
—Una vez me hablaste de tu tía Nýchta. Dijiste que era la mejor leyendo la energía de las personas, y que con un simple vistazo podía aliviar todos los dolores del corazón.
Fengári, aguantando las lágrimas, lo miró confundida.
— Sí, lo es.
Vrochí le quitó una pequeña lágrima que caía y sonrió con ternura — Ve a ver a tu tía. Si alguien puede ayudarte a entender lo que pasa, es ella.
Fengári negó —Mi madre y ella tuvieron una disputa hace unos días. Me prohibió verla.
—Tu madre no está ahora. Los sacerdotes la llamaron al templo —dijo Vrochí mientras la tomaba por los hombros y la hacía caminar hacia los establos. Tomó una de las capas que usaban los mozos de cuadra y se la colocó junto con la capucha, bajo la mirada temerosa de su amiga —Me aseguraré de que nadie sospeche. Ve por el sendero más largo; no hay guardias allí hasta el cambio de hombres.
— ¿Por qué todos olvidan que no se montar? Porque NO-LO-SE-HACER
Vrochi sonreía hacia su prometida —Lo sé, por eso te irás con Foráda. Ella ya sabe llegar al pueblo si se lo indicas. Luego, desde ahí, podrás guiarla. Mientras no le temas y confíes en ella, no te dejará caer.
Vrochí, con discreción, distrajo a los guardias del perímetro norte para permitirle salir sin ser vista.
Mientras tanto, más cerca del pueblo, Ílios cabalgaba entre los árboles. La luna se filtraba entre las ramas, iluminando las lanzas y los cascos de los caballos.
Los hombres marchaban con cautela; el aire olía a niebla y traición.
Al llegar al claro, comprendió que algo no encajaba. No había rebeldes reunidos, ni banderas, ni discursos. Solo sombras moviéndose entre los troncos.
Una de las sombras tensó el arco. Una flecha silbó en la oscuridad. Luego, otra.
—¡Cúbranse! — gritó Ílios.
El caos se desató en segundos. Flechas cruzaban el aire; espadas chocaban. En medio del estrépito, Ílios sintió un golpe en el hombro, y otro más profundo en el abdomen. El aire se le escapó en un gemido ahogado.
Los guardias, confundidos por la orden de priorizar la captura de los rebeldes, corrieron tras ellos, dejando atrás al príncipe herido y a un soldado novato para escoltarlo de regreso. Pero el joven, al ver tanta sangre, palideció, cayó de rodillas y se desmayó.
Ílios quedó solo, tendido sobre la tierra húmeda. La luna menguante lo observaba, pálida. Y fue entonces cuando los vio.
Siete figuras encapuchadas emergieron del bosque, rodeándolo en silencio.
—Debemos salvarlo —susurró una voz femenina, áspera por los años
—Tenemos prohibido Intervenir— dijo una voz masculina más joven.
—Lo se, pero no hay tiempo. Esta es su última oportunidad.
Ílios apenas alcanzó a ver sus manos extendiéndose sobre él. Sintió un frío penetrante que quemaba como fuego, y luego, la oscuridad lo envolvió por completo.
En otro punto del valle, Fengári se hallaba de rodillas frente a su tía, quien la había recibido con un abrazo casi maternal. Adoraba a su sobrina.
Fue en esa pequeña cabaña rodeada por flores silvestres que brillaban bajo la luz lunar donde Fengári le confesó todo a su tía.
— No puedo entenderlo — decía cabizbaja— Desde que llegué al castillo, siento que mi alma lo busca. No puedo dormir, no puedo pensar. Es como si algo más que mi corazón lo deseara.
Su tía, una mujer de mirada sabia, le tomó las manos.
—Tranquila. Veamos si hay alguna perturbación en tu espíritu.