Los Orígenes (#1)

Capítulo XIII

El silencio que reinaba en la habitación se quebró de golpe cuando la puerta se abrió con un estruendo ahogado.
Vrochí irrumpió jadeante, con el sudor perlándole la frente y el rostro encendido de urgencia.

-¡Theós está subiendo! -exclamó con voz entrecortada-. ¡Va a ver a su hijo, debes huir, ahora!

El aire se volvió denso, casi irrespirable.
Fengári e Ílios se separaron bruscamente, como si el mundo se hubiese detenido entre ambos. Ella buscó cubrirse con los lienzos dispersos, el rubor pintándole las mejillas; Ílios, con el pecho aún agitado, intentó recuperar la compostura mientras su mente ya urdía la escapatoria.

Vrochí los observó en silencio, comprendiendo demasiado en un instante que hubiera preferido no presenciar.

Ílios fue el primero en reaccionar.
-Por aquí -dijo, tomando una antorcha del muro y caminando hacia una esquina donde un tapicero con el símbolo del sol dorado colgaba pesado y antiguo.

De un tirón, arrancó uno de los soportes inferiores. El sonido de la madera al quebrarse resonó como un secreto liberado.
Ante los ojos de Fengári y Vrochí, un hueco oscuro se reveló entre las piedras.

-¿Qué es esto? -preguntó ella, con un hilo de voz.

Ílios sonrió con ese gesto que siempre parecía desafiar a los dioses.
-Mi vía de escape. Me he fugado cientos de veces del castillo por aquí.

-¿A dónde conduce? -inquirió Vrochí, acercándose con cautela.

-A la caballeriza de Táchys -respondió el rubio, apartando los trozos de tapiz-. Debemos apresurarnos. Mi padre... me amenazó contigo, Fengári. No pienso permitir que te toque un solo cabello.

Ella lo miró, turbada, sin comprender del todo las palabras que flotaban entre el miedo y la ternura.
Vrochí también enmudeció.

Ílios los instó con un gesto.
-Entren. Los cubriré.

Vrochí fue el primero en desaparecer por el pasaje. Fengári lo siguió, pero Ílios la tomó del brazo antes de que cruzara. Su toque era firme, desesperado.
Ella giró hacia él, y el tiempo volvió a suspenderse.

-Ya no hay vuelta atrás, pequeña -susurró él, tan cerca que el aliento se mezcló entre ambos-. Por favor, no huyas de mí.

Fengári lo miró con los ojos húmedos y una calma que dolía. Acarició su rostro con ternura, y rozó sus labios con los de él, apenas un segundo.
-Nos veremos cuando la noche caiga y tu padre se haya ido, en nuestro árbol. Entonces hablaremos.

Ílios asintió, con esa sonrisa cargada de promesas.

Ella se internó en el túnel, y él quedó observando cómo las sombras la devoraban.
Luego volvió a colocar el tapiz, borrando todo rastro de la huida. El sonido de pasos en el pasillo lo obligó a recomponerse.
Cuando la puerta se abrió, sólo quedaba un príncipe con la mirada en calma y el corazón al borde del incendio.

La salida del túnel los llevó a un viejo almacén junto a las caballerizas. El aire olía a heno y humedad. Vrochí encendió una antorcha pequeña mientras Fengári se apoyaba contra la pared, intentando calmar su respiración.

-¿Qué haremos ahora? -preguntó él, sin mirarla.

-Esperar -respondió ella, pensativa-. Si Theós se entera, Ílios lo enfrentará... y eso no puede suceder.

Vrochí asintió, aunque en su interior bullían preguntas que no se atrevía a formular. ESTO MODIFICARRR

El sonido de cascos en la lejanía interrumpió sus pensamientos. Era Táhys, el corcel de Ílios, resoplando inquieto.
La noche comenzaba a desplegar su manto.

-Ve tú primero, Fengári -dijo Vrochí finalmente-. No quiero que te vean aquí. Espera en los límites del bosque hasta que el castillo duerma.

Ella lo miró, agradecida.
-Gracias... por no decir nada.

Él sonrió con amargura.
-Jamás lo haría. No mientras lo ames así.

Fengári montó en silencio y se perdió entre los árboles, el corazón latiéndole con fuerza bajo la túnica. La luna asomaba pálida sobre los montes, y el aire nocturno traía el eco distante del mar.

La senda hacia el manzano era angosta, rodeada de maleza y sombras que danzaban al compás del viento.
Cada paso de Fengári resonaba en la tierra húmeda.
El bosque, que tantas veces le había parecido sereno, ahora se tornaba hostil.

Había prometido encontrarse con Ílios cuando todo quedara en calma... pero algo en el aire la inquietaba.
Una sensación indefinible, como si alguien la observara desde la oscuridad.

Se detuvo.
El murmullo de las hojas le respondió.

-¿Quién anda ahí? -susurró, girando sobre sí misma.

Nada. Sólo el sonido del viento.

Decidió volver. Dio un paso, y entonces una mano fuerte la sujetó por detrás. Intentó gritar, pero un trozo de tela impregnado con un líquido penetrante cubrió su boca y nariz. El mundo comenzó a desdibujarse.

El bosque giró, su cuerpo se volvió liviano, y la conciencia se apagó como una vela al viento.

Mientras era arrastrada entre las sombras, siete figuras se movían a su alrededor, tan silenciosas como la propia noche.

En la colina, Ílios aguardaba bajo el manzano, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el horizonte.
El viento agitaba su cabello dorado, y la luna reflejaba en sus ojos una mezcla de fe y melancolía.

Esperó.
Y esperó.

Hasta que el último destello del cielo nocturno se extinguió.
Entonces supo que ella no llegaría.

Y que la oscuridad, una vez más, le había robado a su luna.




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