Los Orígenes (#1)

Capítulo XIV

Fengári despertó con el cuerpo suspendido.

No abrió los ojos de inmediato. Primero sintió el balanceo, el roce de una tela áspera contra su mejilla, el olor a musgo húmedo y piedra.
Algo no estaba bien.

Intentó moverse. El mundo giró. Un dolor punzante le atravesó las sienes y una náusea amarga le subió por la garganta. Cuando abrió los ojos, la oscuridad la envolvió. Un túnel de piedra, angosto e irregular, apenas iluminado por antorchas espaciadas. La estaban cargando.

El pánico llegó antes que el pensamiento.

Se agitó con brusquedad. El hombre que la sostenía soltó una maldición ahogada.
—Se despertó —dijo una voz grave.

Fengári cayó al suelo con un golpe seco y retrocedió arrastrándose. El corazón le latía con tanta fuerza que creyó que se le partiría el pecho.
—¡No se acerquen! —gritó, aunque su voz salió rota.

Sintió calor en las palmas. Un ardor que nacía del miedo. El fuego estalló en ella y, por instinto, extendió las manos ante los desconocidos.

No lo pensó. No lo invocó. Simplemente ocurrió.

Una esfera incandescente chocó contra la pared del túnel y explotó en chispas. Otra pasó silbando entre las figuras encapuchadas.

—¡Detente! —rogó uno—. ¡Por favor, detente!
—¡No queremos hacerte daño! —dijo otro, levantando ambas manos—. Esto no tenía que pasar así.

Fengári no escuchaba. El aire le quemaba los pulmones. Se puso de pie y corrió.

Corrió hacia la oscuridad, hacia lo único que su cuerpo reconocía como salida. Cada paso resonaba contra la piedra. El túnel parecía no terminar nunca, pero algo la atraía, como un hilo invisible tirando de su pecho.

Huía del peligro.
O eso creía.

El túnel se abrió de pronto. Fengári frenó en seco, jadeando. El espacio era amplio y circular. Las paredes estaban cubiertas de raíces que descendían como columnas vivas. En el centro, iluminada por una luz suave que no parecía provenir de antorchas, había una figura solitaria y pequeña.

Por un segundo, Fengári creyó ver a una niña.

La figura alzó el rostro. No era una niña. Era una anciana.

Tenía la piel arrugada como la corteza de un olivo antiguo, el cabello gris, largo, trenzado en dos cuerdas espesas que caían hasta los hombros. Vestía una túnica sencilla de lino gastado.

—No tengas miedo —dijo—. Nadie aquí quiere hacerte daño, Fengári.

La joven quiso dar un paso atrás y echarse a correr en otra dirección, pero algo en la voz de la mujer le resultó familiar, despertando en ella una confianza natural.

Fengári sentía que iba a volverse loca. En menos de ocho atardeceres había desarrollado sentimientos por un hombre desconocido y ahora confiaba en unos extraños que la habían secuestrado. Pensó que, oficialmente, debería acudir a curanderos o sacerdotes para que la encerraran en algún lugar recóndito, lejos de las personas.

Detrás de ella, las siete figuras encapuchadas emergieron del túnel. No corrieron. No alzaron armas, si es que las tenían. Se detuvieron e inclinaron la cabeza en una reverencia de respeto hacia la anciana, que extendía la mano hacia Fengári.

Fengári los miró sin comprender.

La mujer avanzó despacio y le tomó la mano. El temblor cesó de inmediato, como si su cuerpo reconociera algo que su mente aún no podía nombrar.

—Lamento la forma en que te trajeron —dijo la anciana—. El pañuelo estaba impregnado con un extracto muy fuerte de valeriana. No contábamos con que despertarías tan pronto.

—La próxima vez podrían intentar con una invitación —respondió Fengári, con una risa tensa.

La anciana sonrió.
—Lo tendré en cuenta.

Avanzaron hacia el exterior. El túnel desembocó en un álsos, un bosque sagrado oculto. El claro estaba rodeado por un témenos delimitado por piedras marcadas con símbolos antiguos. Antorchas y braseros iluminaban el lugar.

Había vida: niños corriendo descalzos, mujeres sentadas en círculo junto al fuego, hombres reparando herramientas, otros danzando en silencio, siguiendo un ritmo que Fengári no lograba escuchar del todo por lo aturdida que tenía la mente. En el centro del claro se alzaba una thólos, una cúpula de piedra blanca, similar a un pequeño santuario circular. A su alrededor, una stoá semicubierta protegía bancos de piedra y tejidos.

En la entrada del santuario, una mujer alta impartía órdenes con voz firme.
—Refuercen el perímetro del álsos —decía—. Si alguien la busca, no debe cruzar nuestros territorios o nos expondríamos a una guerra.

Al verla, la anciana se adelantó.
—Fengári —dijo—, ella es Mitéra.
La mujer se giró.
—Nuestra líder —añadió la anciana—. Guardiana del hierón.

—¿Líder de qué? —preguntó Fengári.
—Del aquelarre.

La palabra le resultó extraña, casi ajena, aunque familiar a la vez.

Mitéra se acercó y le tomó la mano con una seguridad inesperada.

La condujo al interior de la thólos. Allí, una pequeña krýpte albergaba un altar bajo, cubierto de símbolos lunares y solares entrelazados. Mitéra le indicó que tomara asiento y luego le tendió una copa con un líquido morado. Fengári la miró con desconfianza. Temía que fuera maligno.

Mitéra sonrió con ternura ante su recelo, tomó la copa, bebió un sorbo y se la devolvió. Luego se sentó frente a ella, entrelazando las manos en su regazo.

Fengári la observó con curiosidad. Al igual que con la anciana, tenía la extraña sensación de conocerla.
—Nuevamente, me disculpo por la forma en que fuiste traída, pero no sabíamos cómo hablar contigo sin exponernos. Como bien sabes, nos están cazando y matando, y tú ahora no eres exactamente una plebeya normal.

Fengári la miró fijamente, intentando descifrar si había algo más que no le estaba diciendo. Su paranoia era mayor que la confianza que sentía.
—¿Por qué querían hablar conmigo?

—Como dije antes, nos están cazando y matando. Los que somos especiales, los que tenemos dones, corremos un enorme riesgo por culpa de la tiranía y el odio de Theos y del actual rey Gi, quien al parecer piensa seguir con el legado de muerte de su padre. Además, tenemos información de que Theos planea expandir su odio hacia los demás reinos.




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