Los Orígenes (#1)

Capítulo XV

<< En el inicio del tiempo solo existían dos fuerzas primordiales: el Sol y la Luna, aunque en ese entonces aún no tenían un nombre definido. De ellos nació todo lo demás. Eran las fuentes de poder más antiguas e increíbles del universo. Daban la vida y la luz, el aire y la fuerza. Todo nacía de ellos.

En su esencia original, el Sol y la Luna estaban unidos. Eran dos mitades de una misma energía. Sin embargo, nunca podían estar juntos. La Luna emergía durante la noche mientras el Sol se ocultaba, y cuando el Sol ascendía en el día, la Luna debía desaparecer. No existía un instante en el que pudieran encontrarse.

Comprendiendo que el mundo necesitaría orden y guardianes, el Sol y la Luna crearon a los dioses. Les otorgaron dominios, virtudes y responsabilidades. Así surgieron muchas deidades: Zeus, Poseidón, Atenea... y también Jehová, a quien, tiempo después y en otras tierras, se lo conoció simplemente como Dios, o como el dios de los hebreos. Existían muchos, con distintos nombres y dominios, pero todos compartían algo en común: regían y veneraban a los mismos astros. El Sol y la Luna no eran sus iguales. Eran su origen, la fuente a la que debían equilibrio.

Un día, el Sol y la Luna encomendaron a Jehová la misión de la vida, la historia que muchos conocen como la de Adán y Eva. Jehová, honrado, aceptó. Él, al igual que los demás dioses, sabía que tenía un propósito en este vasto universo. Creía que ese era el suyo, pero también sabía que era una tarea imposible de realizar en soledad. Pidió ayuda a Zeus, señor del rayo, quien otorgó el cielo en sí mismo, el espacio donde todo ocurre, el límite entre lo celestial y lo terrenal, permitiendo que el mundo tuviera un "marco" donde sucedieran los ciclos de luz y sombra, día y noche; a Poseidón, para concederle a la Tierra las aguas que darían origen a la vida; a Deméter, para sembrar fertilidad y ciclos; incluso a Hades, para que existiera un final que diera sentido al comienzo. Convocó también a Atenea, para infundir sabiduría. Porque crear vida no era solo dar aliento, sino diseñar un equilibrio perfecto entre fuerza, límite y conciencia. Y los dioses respondieron.

Pero el espíritu del Sol y el de la Luna vieron en aquel acto una oportunidad. Creyeron que, a través de los cuerpos físicos quizá podrían encontrarse por fin. Entonces pidieron a Jehová que les concediera cuerpos terrenales, cuerpos humanos, para poder descender a la Tierra y amarse. Este aceptó, honrado por la petición, pero les advirtió que su poder era demasiado grande. Eran demasiado luminosos, demasiado caóticos. Dos cuerpos humanos comunes no serían capaces de soportar semejante energía sin destruirse. Fue entonces cuando los dioses, una vez más y como ofrenda a sus astros —aquellas fuerzas que los preceden y sostenían— ofrecieron ayuda. Cada uno entregó una pequeña parte de su poder. Así, junto a Jehová, crearon cuerpos capaces de albergar al Sol y a la Luna sin quebrarse.

No podían abandonar por completo sus formas astrales. Pero existía un instante perfecto en el que podían descender. Un eclipse solar o lunar era el único momento en el que sus esencias podían habitar esos cuerpos humanos y encontrarse en la Tierra. Y así lo hicieron.

Pero había una diosa que observaba desde las sombras, consumida por un destino inevitable. Lilith fue creada porque, así como existía la luz, la bondad y el amor, debía existir también la oscuridad, el rencor y el odio. Pertenecía al equilibrio cósmico. Podía pertenecer al Olimpo, pero no por mucho tiempo, ya que de ella dependía el equilibrio del inframundo. No era odiada por los demás dioses, pero tampoco era amada. Su esencia, nacida bajo el orden de la oscuridad y el odio, le hacía creer que jamás podría experimentar el amor puro.

Cuando el Sol descendió a la Tierra en su forma humana, Lilith no se enamoró de él como persona, sino de lo que representaba y de lo que emanaba: luz, paz, amor, elección. Pero cuando Sol la rechazó, esa herida que ya poseía se reafirmó: nunca sería elegida. La Luna, atrapada por emociones propias de un cuerpo humano —celos, posesividad, ira— decidió castigar a Lilith. Le prohibió la entrada al Olimpo y la expulsó de toda manifestación física entre los dioses, recluyéndola en el inframundo junto a sus demonios, condenándola a existir solo como espíritu, sin posibilidad de regresar al mundo terrenal.

Lilith, consumida por el odio, decidió vengarse. Sabía que no podía herir las formas astrales del Sol y la Luna, pero sus cuerpos humanos representaban una grieta en el equilibrio. Así que sacrificó demonios, animales y finalmente su propio cuerpo, entregando su forma física por completo para lanzar una maldición eterna. Con ese hechizo, ató las almas del Sol y la Luna a un mismo hilo vital, roto en dos extremos. Bloqueó su regreso a las formas astrales y los condenó a permanecer ligados a una sola vida humana a la vez. Decretó que jamás podrían estar juntos. Cada vez que uno muriera, el otro también lo haría. Renacerían en extremos opuestos del mundo. En cada vida, se acercarían un poco más... pero nunca lo suficiente. Nunca lo lograrían.

Como toda maldición, esa también tenía una forma de romperse. Todo lo que existe puede deshacerse; es el equilibrio natural de la vida. Pero el precio para romperla era algo que solo Lilith sabía, y escondió muy bien ese secreto.

Jehová, atado a las leyes del equilibrio que él mismo había ayudado a forjar, no pudo intervenir sin destruir el universo. Y se retiró.

Pasó una eternidad. Y otra. Y otra más. El Sol y la Luna jamás volvieron a encontrarse por completo, solo estragos de ellos mismos, que una vez juntos, volvían a separarse.

En el cielo quedaron ecos: reflejos de luz y sombra, cascarones que mantenían el día y la noche en movimiento. Otros dioses sostuvieron los astros, pero sin la esencia original, el mundo comenzó a volverse inestable. Y con el paso del tiempo todo empezó a perder poder.>>




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