Cuando Mitéra terminó de relatar la leyenda, el silencio no fue inmediato: fue descendiendo lentamente sobre ellas, como cae la noche sobre el mármol caliente. Fengári no estaba exactamente impactada; era algo más hondo, más difícil de nombrar. Una conmoción suave, como si una verdad hubiera rozado una parte de ella que aún no tenía nombre. Permaneció inmóvil unos instantes, respirando el humo tenue de las antorchas, intentando ordenar lo que sentía antes de hablar.
—Creí que la diosa a la que ustedes rezaban era Hécate —dijo al fin, quizás no era lo que se esperaba que dijera, pero estaba conmocionada y fue lo primero más rápido que pudo poner en palabras — Siempre contaron que ella regía la brujería. Que desobedeció a Zeus, que se negó a cumplir una orden suya... y que por eso fue castigada. Que él decretó que la brujería debía desaparecer de la tierra.
Mitéra dejó escapar una risa baja, casi indulgente, y negó con la cabeza.
—Hécate es la voz —respondió—. La intérprete de las Sorginas. Es a través de ella que la Luna hablaba. Pero la Luna no pertenece a Zeus, ni le debe obediencia. Es al revés.
Fengári no replicó. Se apartó unos pasos y quedó frente a los grabados tallados en la pared. Las figuras narraban lo mismo que había oído: el Sol y la Luna separados por un eclipse eterno, mujeres alzando las manos hacia el cielo nocturno, sombras encadenadas a los pies de hombres coronados. Pasó los dedos por las hendiduras de la piedra, deteniéndose en los detalles, como si al tocarlos pudiera descifrar algo que aún se le escapaba. Había quedado suspendida en aquella historia, atrapada entre la incredulidad y el reconocimiento.
Fengári miro a Mitéra y sostuvo su mirada, pero algo no terminaba de encajar.
—Si el espíritu de la Luna es quien rige nuestras mareas y nuestra magia, si el espíritu del Sol sostiene la vida misma ¿por qué Zeus se enojaría con Hécate? ¿Por qué heriría a tu pueblo, a las sorginas?
La pregunta quedó suspendida entre ambas como un filo invisible.
Mitéra tardó en responder.
—Por lo mismo que todo se corrompe —dijo finalmente—. Porque hasta los dioses se tientan. Hasta los dioses se embriagan de poder.
El fuego cercano crepitó, como si hubiera escuchado.
—Cuando la Luna y el Sol quedaron atrapados bajo la maldición —continuó—, sus cuerpos astrales siguieron girando. No podían desaparecer; una mínima conexión los mantenía unidos, latiendo en la distancia. Pero fueron los dioses quienes tuvieron que proteger esos cuerpos celestes para que la vida en la tierra, y en ellos mismos, continuara existiendo. Si el Sol se secara, si la Luna se apagara, todos perderían su poder. Incluso Zeus.
Fengári sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Los dioses siguen sosteniéndolos —prosiguió Mitéra—, pero no les conviene que despierten. Si ellos regresaran plenamente, si recuperaran su conciencia y su fuerza original, el equilibrio volvería a ellos y muchos tronos caerían. Zeus lo sabe. Otros también.
Hubo un silencio más profundo esta vez.
—El espíritu del Sol y el de la Luna siempre fueron justos —añadió—. Bondadosos, sí. Pero también saben castigar cuando alguien sobrepasa sus límites. Y Zeus los sobrepasó todos.
La mirada de Mitéra se endureció apenas.
—Y los humanos también están comenzando a hacerlo.
Fengári bajó la vista hacia sus propias manos.
—¿Entonces Zeus nos encomendó esta guerra? —murmuró—. ¿Nos empujó a matarnos entre nosotros para evitar que despierten?
Mitéra no negó ni afirmó.
—Quizás. O quizás sólo sembró miedo y dejó que el orgullo hiciera el resto. No lo sabemos. Lo único cierto es que mientras el Sol y la Luna permanezcan divididos, el mundo seguirá gobernado por quienes temen perder el poder.
Fengári no respondió. Se apartó unos pasos y quedó frente a los grabados tallados en la pared de roca, donde el eclipse eterno parecía observarla desde la piedra misma. La imagen del sol y la luna con un espiral dorado entre ambos, era lo que más le llamaba la atención, como si ese detalle fuera importante.
Mitéra la observó unos momentos antes de hablar.
—Si deseas regresar, haré que dos guardias te acompañen hasta el sendero.
La señal de su mano fue sutil, pero suficiente. Fengári estuvo a punto de asentir. Sin embargo, algo en su interior, una chispa tardía pero firme, se encendió.
—Quiero saber más —dijo tímidamente, sin apartar la vista de los relieves—. Sobre...nosotras.
La palabra no fue casual. Mitéra lo notó. Y sonrió.
La condujo hacia el centro del campamento, donde un gran fuego ardía dentro de un círculo de piedras. Mujeres y niños se reunían alrededor, compartiendo pan de cebada recién partido, aceitunas, higos abiertos con los dedos, pequeños cuencos de arcilla con queso y miel. El vino, mezclado con agua como dictaba la costumbre, pasaba de mano en mano en copas bajas. No había tronos ni jerarquías, sólo la luz del fuego iluminando rostros cansados y vivos. Aquello no era un aquelarre oscuro ni una rebelión sombría como le habían enseñado; era un pueblo.
Una niña de cabellos oscuros se soltó del grupo y corrió hacia Mitéra, pero se detuvo en seco al ver a Fengári. La miró sin timidez, con la franqueza infantil de los niños.
—Eres muy hermosa.
Fengári sonrió y se inclinó apenas.
—Tú también eres preciosa.
La niña negó con la cabeza, seria.
—Ojalá fuera bonita, pero soy bonita normal. No soy princesa.
Fengári se agachó hasta quedar a su altura, y en su gesto no hubo condescendencia sino algo más íntimo.
—Yo tampoco lo soy —dijo con suavidad—. Que vaya a casarme con un príncipe no cambia lo que soy. Y nunca dejaré de ser alguien común. Y hasta las personas comunes pueden ser hermosas. Y especiales.
La niña la observó con atención, como si intentara decidir si creerle. Luego preguntó en voz baja:
—¿Eres la sorgina princesa? ¿La que va a salvar a mi papi y a mi tío?