El camino hasta el límite del temenos fue más silencioso de lo que Fengári esperaba. No era un bosque impenetrable, sino una arboleda antigua de encinas torcidas, cipreses oscuros y manzanos silvestres cuyas ramas se entrelazaban como dedos viejos que se reconocen. El aire allí tenía otra densidad; más frío, más quieto.
Mitéra caminaba a su lado. Dos guardias avanzaban unos pasos detrás, atentos, pero sin intervenir. Nadie hablaba. Solo el crujir de hojas bajo las sandalias y el canto distante de un ave nocturna.
Fengári percibió el límite antes de verlo. Un leve zumbido en los oídos, como cuando el viento se encierra en una concha. Las antorchas de los guardias titilaron distinto. Una hoja arrastrada por la brisa se detuvo en el aire y cayó hacia atrás, como si hubiese chocado contra algo invisible.
—Hasta aquí puedo guiarte, más allá de este punto el temenos ya no nos protege. —dijo Mitéra en voz baja.
No había luz ni barrera visible. Pero el aire, justo allí, parecía tensado.
Permanecieron unos instantes en silencio. La noche estaba despejada. La luna menguante colgaba sobre los árboles como una herida de plata.
Fengári respiró hondo.
—Una última pregunta. ¿Ustedes enviaron a Anoíxi?
Mitéra no fingió sorpresa.
—Fue enviada por los Ancestros. Querían llegar a ti y era la forma más sencilla.
Fengári soltó una risa breve, incrédula.
—Si ya habían enviado a alguien a hablar conmigo ¿por qué secuestrarme?
Mitéra cerró los ojos con pesar un instante.
—Porque creímos que el tiempo era más generoso con nosotros.
El viento cambió de dirección. Un frío repentino recorrió la arboleda.
—Nuestros dones, nuestra energía, se están debilitando.
Los ojos de Mitéra delataban una tristeza tan profunda, que hasta Fengári pudo sentirla.
—Y no solo los nuestros. Si observas con atención, todo se está perdiendo.
Fengári frunció el ceño.
—¿Perdiendo qué?
—Las mareas ya no siguen sus ciclos exactos. Las estaciones se desordenan. En las aldeas cercanas, ciertas cosechas fallan sin explicación. Las cabras paren crías débiles. Algunos ríos reducen su caudal antes de que llegue el verano. Un día el calor abrasa la tierra; al siguiente, el frío cala los huesos. No es común en estas tierras.
Mitéra tomó un respiro, como si haber confesado aquello le sacara un peso de encima.
—Los otros... ¿lo saben?
—No. Los nuestros saben que todo lo que posea dones es cazado y asesinado. Pero solo el círculo más interno conoce la verdad.
Mitéra miró sobre su hombro, asegurándose de que los guardias estuvieran lo suficientemente lejos para no escuchar.
—Si le dijéramos a todos lo que sucede realmente, el pánico sería inmediato. Además, piénsalo: sin nada que perder, se embarcarían en una guerra con el Rey.
Fengári levantó la vista hacia la luna.
—¿Tiene que ver con el Sol y la Luna?
—Sí.
Fengári observó el resplandor pálido suspendido en el cielo. Algo en su interior, una intuición que no sabía nombrar, le susurró que aquel brillo que sus ojos veían no era real. Que faltaba algo. Un latido. Vida.
—Eso que ves —dijo Mitéra— no es la Luna. Es solo su forma, pero su energía no está allí. Al igual que la del Sol.
Fengári sintió que el frío se le instalaba bajo la piel.
—Aún queda energía suficiente para que el mundo funcione por, quizás, otras cinco lunas llenas —añadió Mitéra—. Pero eso es todo. No hay más tiempo.
Mitéra notó lo perdida que Fengári se sentía, no solo físicamente, sino en su mente. Muchas cosas que siempre habían estado ahí comenzaron a despertar.
Mitéra tomó la mano de Fengári y deslizó en su dedo un anillo de oro fino. La piedra, ovalada, era de un violeta profundo, grabada con una espiral doble que parecía girar hacia dentro y hacia fuera al mismo tiempo.
—Protegerá la claridad de tu mente —explicó—. Además, mientras lo lleves, podrás pedirme ayuda si piensas en mí.
La piedra estaba tibia contra su piel.
—Gracias —susurró Fengári.
Mitéra inclinó la cabeza. Los guardias retrocedieron.
Fengári se colocó la capucha de su himatión y avanzó entre las sombras de los árboles.
No había dado más que unos pasos cuando el sonido de un galope rompió el silencio.
Su corazón se disparó.
Guardias.
No tenía excusa preparada. No podía explicar tierra en sus sandalias ni por qué salía de las profundidades del bosque, sola.
Corrió y se ocultó tras el tronco ancho de un árbol. Contuvo la respiración.
El caballo se acercaba.
De pronto, una fuerza tironeó de su capucha desde atrás. Fengári se volvió con un jadeo. Una pequeña llama brotó en su palma por puro reflejo.
Y entonces lo vio: pelaje negro como la noche. Ojos oscuros y montura dorada.
—Tachys... —susurró completamente aliviada, dejando que el fuego se extinguiera.
Se acercó y apoyó la frente contra su hocico cálido.
—¿Cómo pude haber olvidado la colina? Ílios va a matarme.
Tachys relinchó y movió la cabeza en dirección contraria. Hacia el castillo.
Fengári lo miró fijamente.
—¿Ílios está en la colina?
El caballo raspó el suelo con la pezuña y volvió a señalar hacia el palacio.
Debería haberse sentido ridícula. Hablándole a un animal como si comprendiera cada palabra. Pero no había burla en aquel intercambio. Solo una naturalidad creciente, como si algo dentro de ella hubiese estado siempre allí, gritando desde el interior, y por fin se sintiera lista para escuchar.
—¿Fue al castillo?
Tachys relinchó con fuerza.
Fengári sonrió.
—Tomaré eso como un sí.
Sin detenerse a pensar, apoyó el pie en el estribo y montó. Solo cuando estuvo arriba recordó que jamás le habían enseñado. ¿Cómo era posible que supiera hacer esto? Sus manos tensaron las riendas con seguridad instintiva.
Fengári sonrió, ya completamente rendida a la situación.