Los otros cuerpos

Los otros cuerpos capitulo 1

Capitulo 1 El aburrimiento

Me llamo Joel y tengo quince años.

Si tuviera que describir mi vida con una sola palabra, sería "gris". No gris triste. No gris depresivo. Gris aburrido. Como mirar una pared durante horas. Como comer pan sin sal todos los días. Como ver el mismo comercial mil veces.

Ese soy yo.

La mañana empezó como siempre. El despertador sonó a las siete y cuarto. Lo apagué sin mirar la hora. Me quedé cinco minutos mirando el techo. Las mismas grietas de siempre. Una que parecía un mapa de un país que no existe. Otra que se abría como un relámpago petrificado.

Las conozco todas. Me las sé de memoria.

—¡Joel, levántate! —gritó mi mamá desde la cocina.

Me incorporé. La cama crujió. Los pies tocaron el piso frío. Los dedos buscaron las pantuflas sin mirar, por pura costumbre.

Desayuné lo mismo de siempre: cereal con leche. Mi mamá me miró desde la mesada. Tenía el pelo recogido y un delantal azul. Mi papá ya se había ido a trabajar.

—¿Dormiste bien?

—Sí.

—¿Tenés hambre?

—No.

—¿Algo que quieras contarme?

—No.

Ella suspiró. Yo también. No porque estuviera enojado. Solo porque todo era tan predecible que daba sueño.

Fui al baño. Me lavé los dientes. Me peiné sin mirarme al espejo. Me puse el uniforme escolar. Azul y blanco. El mismo de siempre.

La escuela fue peor.

La profesora de matemáticas explicó ecuaciones. La escuché con un oído. Con el otro oía el reloj de la pared. Tic. Tac. Tic. Tac. Cada segundo era una eternidad pequeña.

—Joel, ¿podés resolver la tercera en el pizarrón?

—No sé.

—¿No sabés o no querés?

Las dos.

Me quedé sentado mientras otro compañero pasaba al frente. Él resolvió todo en dos minutos. La profesora lo felicitó. Yo miré por la ventana. Afuera había un árbol. Las hojas se movían con el viento. Eso era todo. Eso era todo lo que pasaba.

En el recreo me senté en el banco de siempre. Lucas y Martina hablaban a mi lado.

—¿Viste el partido anoche? —preguntó Lucas.

—No.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Siempre nada —dijo Martina, y no era un halago.

Tenía razón. Siempre nada.

Me quedé mirando el piso. Una hormiga caminaba entre mis zapatillas. La seguí con la mirada. Fue lo más interesante que pasó en toda la mañana.

La tarde tampoco fue mejor.

Llegué a casa. Comí. Fui a mi habitación. Prendí la computadora. Abrí un juego. Lo cerré. Abrí otro. Lo cerré. Abrí las redes. Nadie me había escrito.

Puse música. La salté a los treinta segundos. Todo me parecía lento. Todo me parecía igual.

Me tiré en la cama. Boca arriba. Otra vez las grietas.

—¿Para qué? —murmuré.

Nadie respondió.

Mi mamá entró sin golpear.

—¿Hiciste la tarea?

—La voy a hacer.

—¿Cuándo?

—Ya.

No la hice.

Llegó la noche. Cena con mi papá. Me preguntó cómo estuvo el día. Dije que bien. No estaba bien ni mal. Estaba nada.

—Tenés que animarte más, Joel —dijo—. Buscá un hobby. Hacé deporte. Algo.

—Sí.

No iba a hacer nada.

Me fui a mi habitación. Apagué la luz. Me metí bajo las sábanas. El silencio era tan pesado que casi podía sentirlo encima mío.

Cerré los ojos.

Y entonces pasó algo.

---

No sé cuándo me dormí. Solo sé que en un momento no estaba en mi cama.

Escuché voces.

Muchas.

No eran lejanas. Estaban ahí, alrededor mío. Me rodeaban. Me hablaban. Pero yo no entendía lo que decían. Las palabras llegaban revueltas, como si alguien las hubiera mezclado en una licuadora.

Quise mover la cabeza. No pude.

Quise abrir bien los ojos. Tampoco.

Mis párpados eran plomo. Todo mi cuerpo era plomo. Una losa pesada, fría, inútil.

—¿Qué…? —intenté decir, pero mi boca no se movió.

Mi lengua no respondía. Mis manos no respondían. Mis piernas no respondían.

Estaba atrapado.

El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en los oídos. Boom. Boom. Boom. Pero no podía moverme. Era como si alguien hubiera desconectado mi cuerpo de mi cerebro. Yo estaba ahí, adentro, gritando en mi cabeza, pero afuera no salía nada.

—Joel —dijo una voz.

La reconocí.

Era mi mamá. Pero no sonaba igual. Sonaba más cansada. Más vieja. Como si hubiera llorado mucho antes de hablar.

—Joel, ¿podés escucharme?

Quise decir que sí. Quise gritar que sí. Pero solo pude… ¿parpadear? Creo que parpadeé. No estoy seguro.

—Parpadeó —dijo otra voz. Un hombre. No lo conocía.

—Joel —volvió mi mamá—. Estamos acá. No te asustes.

¿Que no me asuste? ¿Cómo no iba a asustarme si no podía mover ni un puto dedo?

Quise llorar. No pude.

Mi cuerpo no me obedecía. Era como estar enterrado vivo pero sin la tierra. Como ser un fantasma de mí mismo.

Escuché más voces. Alguien lloraba. Alguien susurró algo sobre "medicina" y "turno". No entendí nada.

—Todo está bien, Joel —dijo mi mamá otra vez—. No te vamos a dejar.

Su mano tocó la mía. La sentí. Fría. Temblorosa.

Quise apretarle los dedos. No pude.

Quise decirle "mamá". No pude.

El miedo me apretó el pecho. Pero también, en algún lugar oscuro de mi cabeza, sentí algo extraño. Algo que no reconocía.

Era… ¿emoción?

Mi corazón latía como loco. Mis sentidos estaban alerta. Todo era nuevo. Todo era aterrador. Y por primera vez en mucho tiempo, nada era aburrido.

No sé cuánto tiempo pasé así. Atrapado. Escuchando. Viendo manchas borrosas. Sintiendo manos que me tocaban y voces que me llamaban.

Hasta que algo cambió.

El sueño me ganó de nuevo. O tal vez solo cerré los ojos. No lo sé.

Lo que sé es que un minuto después —tal vez menos— los abrí.

Y estaba en mi cama.

---

Mi habitación. Las grietas en el techo. La luz del amanecer entrando por la ventana. Mi almohada aplastada. Mi brazo dormido.

Todo igual.

Pero yo no.

Mi corazón latía tan rápido que pensé que iba a explotar. Boom. Boom. Boom. Podía sentirlo en las sienes. En el cuello. En las puntas de los dedos.



#125 en Ciencia ficción

En el texto hay: ciencia ficcion

Editado: 26.05.2026

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