Capítulo 2: El famoso
Me llamo Joel y tengo quince años.
Hasta hace un día, mi vida era un desierto plano y gris donde no pasaba nada. Las horas se arrastraban como caracoles enfermos. La escuela era una cárcel de aburrimiento. Mi casa, un silencio con paredes.
Pero anoche pasó algo.
Tuve una pesadilla. Una horrible. Desperté sin poder moverme, escuchando voces alrededor, sintiendo la mano de mi mamá en la mía sin poder responder. Fue terrorífico.
Pero cuando desperté de verdad, en mi cama, con mi corazón latiendo como un tambor…
Me sentí vivo.
No sé explicarlo. Fue como si alguien hubiera sacudido mi alma. Como si hubiera probado algo nuevo después de años de comer la misma comida.
Hoy no me levanté aburrido.
Hoy me levanté con miedo. Pero también con una cosquilla rara en el estómago. Una expectativa. Como si algo fuera a pasar.
Y algo pasó.
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Me dormí pensando en eso.
Mi mamá me había dicho buenas noches desde la puerta. Mi papá ya roncaba en la otra habitación. La luz de la calle entraba por la persiana mal cerrada y dibujaba líneas naranjas en el techo.
—Ojalá vuelva a soñar —susurré.
No sé por qué dije eso. Fue más fuerte que yo.
Cerré los ojos. El sueño vino rápido, como un caballo desbocado.
Y entonces…
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Abrí los ojos.
No estaba en mi habitación.
El techo era blanco. No blanco sucio como el mío. Blanco puro. Inmaculado. Una lámpara de diseño colgaba arriba mío con forma de círculos concéntricos. Las paredes también eran blancas. Todo era grande. Todo era caro.
La cama era gigante. Sábanas de seda negra. Almohadas demasiado suaves. Olía a perfume caro y a algo más. Algo dulzón que no reconocí.
—¿Qué…?
Mi voz sonó ronca. Pero era mi voz. O una versión de mi voz. Más grave. Más cansada.
Intenté mover los dedos. Sí.
Moví los brazos. Sí.
Me incorporé. Sí. Todo funcionaba. No estaba paralizado como en la otra pesadilla. Mi cuerpo respondía. Era ágil. Rápido. Sano.
¿Sano?
Me miré las manos. Eran mis manos. Pero no. Había algo diferente. Una cicatriz chiquita en el pulgar derecho que yo no tenía. Un anillo de plata en el índice. Mis uñas estaban cuidadas. Demasiado cuidadas.
Miré alrededor.
La habitación era enorme. Una cama king size. Un placard abierto con ropa que jamás usaría. Trajes. Chaquetas de cuero. Camisas negras. Botas caras.
En la pared, cuadros. No eran fotos familiares. Eran discos de oro. Platino. Varios. Colgados como trofeos.
En la mesita de luz, una foto.
Me acerqué temblando.
Era yo. Pero otro yo. Estaba en un escenario, con un micrófono, el pelo más largo, tatuajes en el cuello que yo no tenía, una guitarra colgada al hombro. El público detrás mío era una marea de gente.
Joel. Cantante.
—No… —musité.
En la misma mesita de luz, una bandeja.
Había una tarjeta blanca con un polvo fino. Una pipa de vidrio. Una cuchara pequeña. Un encendedor.
Mis ojos se abrieron como platos.
Drogas.
Esto no era una pesadilla. Esto era otra cosa. No sabía qué. Pero no podía ser real.
—Despertate —dije en voz alta, golpeándome la mejilla—. Despertate, Joel.
No pasó nada.
Me pegué más fuerte. Nada.
—Esto es un sueño —dije—. Un sueño raro. Muy raro.
Pero todo se sentía real. El frío de la habitación. El olor a perfume. El peso de las sábanas. El latido de mi corazón.
Me levanté de un salto. Mis pies desnudos tocaron una alfombra tan suave que parecía nube. Busqué un espejo.
Había uno enorme en la pared del placard.
Me miré.
Era yo. Pero no yo.
El mismo rostro, sí. La misma nariz. Los mismos ojos marrones. Pero más delgado. Más marcado. Ojeras profundas como cucharas. Labios resecos. El pelo más largo, desordenado, con mechones teñidos de rubio en las puntas.
Tatuajes. Tenía tatuajes en el cuello. Una nota musical. Una calavera pequeña. En los brazos también. Líneas negras que subían hasta los hombros.
Parecía de veintitantos años. No de 15.
—¿Qué soy? —susurré.
Mi reflejo no respondió.
Miré la bandeja de drogas otra vez. Sentí asco. Pero también sentí algo más. Una curiosidad oscura. Una voz chiquita en mi cabeza que decía "probá, total es un sueño".
No.
No iba a hacer eso.
Salí de la habitación como si el diablo me pisara los talones.
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El departamento era un penthouse.
Vidrios por todos lados. Una vista de una ciudad que no reconocía. Rascacielos. Luces. Autos diminutos allá abajo. Una terraza con plantas. Una cocina que parecía sacada de una revista. Un living con un piano de cola negro.
Todo demasiado grande. Demasiado limpio. Demasiado vacío.
No había nadie.
—¿Hola? —grité.
Silencio.
—¿Hay alguien?
Nada.
Miré el teléfono apoyado en la mesa del living. Era caro. De esos que salen en las películas. Lo tomé con manos temblorosas. La pantalla se iluminó.
Tres de la tarde.
¿Tres de la tarde? ¿Había dormido hasta las tres?
Notificaciones. Cientos. Mensajes de texto. Llamadas perdidas. Redes sociales con números que no podía ni leer.
Un mensaje de "Luisa ❤️" decía: "Joel, ¿dónde estás? Te estoy esperando. Contestá por favor."
Otro: "El programa es a las 6. NO LLEGUES TARDE."
Programa. ¿Qué programa?
No sabía nada. No sabía quién era este Joel. No sabía por qué tenía discos de oro. No sabía por qué tenía una bandeja de drogas en la mesita de luz.
No sabía nada.
El pánico me agarró del pecho.
Tenía que salir. Tenía que encontrar a alguien que me explicara. Tenía que despertar.
Me vestí rápido. Agarré la primera ropa que vi: unos jeans negros ajustados, una remera blanca, una chaqueta de cuero que olía a cigarrillo. Me puse zapatillas. No me miré al espejo otra vez.
Salí.
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El ascensor me llevó treinta pisos abajo en unos segundos. El portero me saludó con una sonrisa cómplice.
—Buenas tardes, Joel.
—Buenas —dije, sin saber quién era él.
La calle me golpeó como un puñetazo.
Gente. Autos. Ruido. Carteles enormes. Una ciudad viva, vibrante, rápida. No sabía dónde estaba. No reconocía ninguna calle. Todo era nuevo y aterrador.
Caminé sin rumbo. La gente me miraba. Algunos sonreían. Una mujer se quedó con la boca abierta.
—¿Sos Joel? —preguntó una chica con mochila.
—No —mentí, y aceleré el paso.
No sirvió de nada.
En la siguiente esquina, un grupo de chicas de mi edad —o un poco más grandes— me vieron. Una de ellas señaló con el dedo.
—¡Es Joel! ¡EL Joel!
—No, no soy…
Pero ya era tarde. Gritaron. Corrieron hacia mí. Seis. Siete. Ocho chicas. Todas con los ojos brillando, los celulares en alto.
—¡Me encanta tu música!
—¡La canción "Cenizas" me salvó la vida!
—¿Podés firmarme?
—¡Una foto, por favor!
Me rodearon. Me apretujaron. Los flashes me cegaron. Las manos me tocaban los brazos, los hombros, el pecho.
—Por favor —dije—. Por favor, déjenme…
No me escuchaban. O no les importaba.
Me empujé. Tuve que usar la fuerza. Salí corriendo. Escuché cómo me seguían dos cuadras hasta que perdí el aliento y me metí en una galería vacía.
Me apoyé contra la pared. El corazón me iba a explotar.
—¿Qué es esto? —gemi.
No era un sueño. Los sueños no duelen. Los sueños no cansan. Los sueños no tienen chicas que te reconocen y te persiguen.
Esto era real.
Pero ¿cómo podía ser real?
Mi celular —el celular de este Joel— vibró en mi bolsillo.
Luisa ❤️
Contesté sin pensar.
—¿Joel? —dijo una voz de mujer. Preocupada. Cansada. Pero dulce. —¿Dónde estás? Te llamé como veinte veces.
—No… no sé —tartamudeé.
—¿No sabés? ¿Estás bien? ¿Consumiste algo?
—No. No consumí nada. Juro que no.
Silencio del otro lado.
—Está bien. Creo. Mirá, ya es tarde. El programa empieza en dos horas. Te voy a buscar. Mandame tu ubicación.
—¿Qué programa?
Otro silencio. Más largo.
—¿Joel? ¿Te pegaste en la cabeza?
—No. Solo… solo estoy confundido. Decime dónde tengo que ir. Y quién sos.
—¿Quién soy? —su voz cambió. Ya no era preocupación. Era miedo. —Soy Luisa. Tu novia. Tu manager. ¿No me reconocés?
—Sí —mentí rápido—. Sí, perdón. Es broma. Mandá la ubicación. Te espero.
Colgué.
Mis manos temblaban.
Manager. Novia. ¿Este Joel tenía novia? ¿Su manager era su novia?
Me apoyé contra la pared otra vez. Cerré los ojos. Conté hasta diez. Los abrí.
Seguía ahí.
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El celular vibró otra vez. Pero no era Luisa.
Era un número desconocido. Un mensaje de texto simple. Sin emojis. Sin firma.
"Si no nos pagas, estás muerto."
Mi sangre se congeló.
Miré la pantalla. No entendía. ¿Pagar qué? ¿A quién?
Salí de la conversación sin responder. Entré a la cámara del teléfono sin querer. La pantalla mostró mi rostro.
El rostro de este Joel.
Ojeras profundas. Piel pálida. Cansancio. Miedo.
Pero también algo más. Algo que reconocí en mis propios ojos. El mismo vacío que yo tenía en mi mundo. El mismo aburrimiento. La misma desconexión.
Este Joel también estaba perdido.
Me metí a internet. Busqué "Joel cantante".
Aparecieron miles de resultados.
"Joel: el fenómeno juvenil que rompió récords con su primer álbum."
"Escándalo: Joel internado por adicción a la cocaína."
"Joel cancela gira mundial tras recaer en las drogas."
"La prensa lo señala: ¿el fin de una estrella?"
"Joel y Luisa: amor tóxico o la única red que lo sostiene."
Leí todo rápido. Pedazos. Fragmentos.
Este Joel tenía veintidós años. Había vendido un millón de copias con su primer disco. Había ganado premios. Había llenado estadios.
Pero también había ido a rehabilitación dos veces. Había chocado un auto borracho. Había golpeado a un fotógrafo. Había desaparecido por días enteros.
Sus padres estaban muertos. Un accidente de auto cuando él tenía diecinueve. Justo después de su primer éxito.
No tenía hermanos. No tenía familia. Solo a Luisa.
Y a las drogas.
—Dios mío —susurré.
No era un sueño.
Esto era la vida de otro Joel.
Y yo estaba dentro.
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Un auto negro se detuvo frente a la galería.
La ventanilla bajó. Una mujer de unos veinticinco años me miró desde adentro. Pelo castaño recogido. Ojos verdes. Una mezcla de ternura y cansancio en el rostro.
—Subí —dijo Luisa.
Subí.
El auto era enorme. Asientos de cuero. Pantallas. Otra vez ese perfume dulzón.
Luisa me miró de arriba abajo.
—¿Estás bien? Te ves raro.
—Estoy bien —mentí.
—¿Consumiste hoy?
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
Ella me sostuvo la mirada. Me creyó o no. No pude saberlo.
—Luisa —dije, probando su nombre en mi boca—. ¿Lo de rehabilitación…?
Ella suspiró. Apoyó la cabeza en el respaldo.
—¿Aún no decidís? No te quiero apurar, amor. Pero me preocupás. Hace tres semanas que no vas a terapia. Y lo del otro día en el programa…
—¿Qué pasó en el programa?
Luisa me miró como si hubiera dicho algo imperdonable.
—¿En serio no te acordás? Te quedaste en blanco. En vivo. Tres minutos sin hablar. Todo el mundo lo vio, Joel. Los memes. Los programas de chisme. ¿Eso también te lo olvidaste?
Me mordí la lengua.
No sabía nada. No sabía quién era este Joel. No sabía qué había hecho. No sabía qué decir.
—Vamos al programa —dije, para cambiar de tema.
Luisa arrancó el auto sin decir más.
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El programa se llamaba "Íntimo". Era un reality de famosos donde les hacían preguntas personales para los fans.
El estudio era enorme. Luces. Cámaras. Un público sentado en gradas. Un presentador con una sonrisa falsa y dientes demasiado blancos.
Me llevaron a maquillaje. Me pusieron polvo en la cara. Me peinaron. Me cambiaron la ropa por una camisa negra ajustada.
Yo estaba en blanco.
No sabía nada de este Joel. No sabía sus canciones. No sabía sus escándalos. No sabía sus gustos.
Cuando me senté frente al presentador, el pánico me subió por la garganta.
—¡Joel! —gritó el tipo con una alegría ensayada—. ¿Cómo estás, hermano?
—Bien —dije.
—¿Seguro? Porque los rumores dicen que no la estás pasando muy bien últimamente.
El público murmuró.
—Estoy bien —repetí.
Las preguntas empezaron.
—Tu tercer álbum, "Cenizas", fue el más vendido del año. ¿De dónde sacaste la inspiración?
—No sé —dije.
Silencio incómodo.
—¿No sabes? —preguntó el presentador, forzando una risa.
—Quiero decir… fue un momento difícil. Mis padres… bueno, ya saben.
El público enmudeció.
—Claro —dijo el presentador, más serio—. Ellos fallecieron justo antes del lanzamiento. ¿Te ayudó la música a sanar?
—Sí —mentí.
No sabía nada de eso.
—Otra pregunta de los fans —dijo el presentador, leyendo una tarjeta—: "¿Vas a volver a rehabilitación?"
Luisa, detrás de cámaras, me hizo una seña. Negó con la cabeza.
—No sé —respondí—. Estoy pensándolo.
—¿Y Luisa? ¿Sigue siendo tu apoyo?
Miré a Luisa. Tenía los ojos vidriosos.
—Sí —dije—. Ella es todo.
El público aplaudió.
No sé cómo, pero sobreviví al programa. Respondí lo que pude. Mentí cuando fue necesario. Sonreí cuando tocaba.
Cuando salí del estudio, estaba temblando.
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En el auto, Luisa no arrancó de inmediato.
Me miró. Largo. Como si intentara leer algo en mi cara.
—¿Dónde querés ir? —preguntó.
—Contame algo de mí —dije.
—¿Qué?
—Contame algo de mí. Algo que no sepa.
Ella frunció el ceño.
—Joel, ¿consumiste algo? Hablame en serio.
—¡Decime algo de mí, carajo! —le grité.
Luisa se quedó paralizada. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Perdón —dije al instante—. Perdón, no quise gritarte. Por favor. Solo… estoy muy perdido. Ayudame.
Ella tragó saliva. Limpió una lágrima con el dorso de la mano.
—¿Qué querés saber?
—Todo. Cómo nos conocimos. Qué música me gusta. Qué me hace feliz. Todo.
Luisa me miró extrañada. Pero empezó a hablar.
—Nos conocimos en un bar. Hace cuatro años. Tocabas en un escenario chiquito con una guitarra prestada. Yo trabajaba ahí de camarera. Te caíste del escenario borracho y yo te ayudé a levantarte.
Sonreí sin querer.
—Tu música favorita es el rock de los noventa. Escuchás a Cerati todo el día. Cuando estás limpio, te levantás temprano y hacés café. Te gusta el té de frutos rojos. Tenés miedo a las alturas. Sos alérgico al polen. Dormís del lado izquierdo de la cama. Y cuando te reís de verdad, te sale un sonido raro, como un grito de gallina.
Me reí. Fue involuntario. Pero salió.
—Así —dijo Luisa, señalándome—. Ese ruido.
Pasamos frente a una heladería. La viñeta de colores me hizo señas desde la vereda.
—Tomemos algo —dije.
Luisa sonrió. Por primera vez, con ganas.
—Dale.
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El resto del día fue… extraño.
Extraño y hermoso.
Fuimos a la heladería. Compartimos un vaso de chocolate con almendras. Luisa me contó más cosas. Que mi canción favorita era "De música ligera". Que odiaba el cilantro. Que tenía un disco rayado de Los Redondos que nunca tiraba por nostalgia.
Después caminamos por un parque. Ella me tomó de la mano. No me soltó.
Fuimos al cine. Vimos una película de terror que no daba miedo. Luisa se tapaba los ojos y yo me reía de ella.
Cenamos en un lugar italiano. Ella pidió vino. Yo pedí agua.
—No te vi consumir nada en todo el día —dijo Luisa, con los ojos brillando—. Nada de alcohol. Nada de polvo. Nada.
—No tenía ganas —dije, y era verdad.
—Así te quiero, Joel.
Su mano rozó la mía sobre la mesa.
Al anochecer, estábamos en un parque. Los faroles se encendían uno a uno. Luisa estaba apoyada en mi hombro.
—La pasé increíble —dijo—. Como la vez que nos conocimos. No te vi consumir nada. Quiero que sea siempre así.
Hizo una pausa.
—Andá a rehabilitación. Por favor. Hacelo por vos. Hacelo por nosotros.
Miré sus ojos verdes. Vi todo el amor que este Joel no había sabido ver.
—Sí —dije—. Voy a ir.
Luisa me abrazó. Lloró un poco. Yo también.
No sabía si era mentira o verdad. No sabía si este Joel cumpliría. Pero en ese momento, quise que fuera verdad.
El auto nos dejó frente a su casa —su penthouse— a la medianoche.
—¿Subís? —pregunté.
—No —dijo Luisa, sonriendo—. Si subo, no me voy más. Y mañana tenés terapia a las nueve.
Me dio un beso en la mejilla.
—Te quiero, Joel.
—Yo también —dije.
Y era cierto.
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Entré al edificio con una sonrisa.
El portero no estaba. El ascensor subió solo. Las puertas se abrieron en el piso treinta.
Caminé por el pasillo. Saqué las llaves. Abrí la puerta.
El departamento estaba oscuro.
—¿Luisa? —dije, por si acaso había subido igual.
Silencio.
Avancé unos pasos. Mis dedos buscaron el interruptor de la luz.
Entonces vi la sombra.
Una figura sentada en el sillón. En la oscuridad. Inmóvil.
—¿Quién…?
Otra sombra. A un costado. De pie.
El corazón me dio un vuelco.
El que estaba de pie se movió. Rápido. Demasiado rápido.
Sentí el primer golpe en el estómago antes de ver el cuchillo.
No fue un golpe. Fue un pinchazo. Caliente. Húmedo.
—¡No! —grité.
El segundo llegó al costado. El tercero en el pecho.
Caí al piso. Mis manos se llevaron al estómago. Algo tibio y líquido resbalaba entre mis dedos.
Sangre.
Mía.
Los dos tipos no dijeron nada. No me pidieron plata. No me explicaron nada. Solo se fueron. Pasos que se alejaban. La puerta cerrándose.
Quedé solo.
En el piso. En la oscuridad. Con la sangre saliendo de mi cuerpo.
—No… —susurré.
Me dolía todo. No podía respirar bien. El piso estaba frío. Mi camisa negra estaba empapada.
Vi mi sangre. Roja. Brillante bajo la poca luz de la calle que entraba por la ventana.
—Mamá… —dije, sin saber por qué.
No estaba mi mamá. Mis padres estaban muertos. En este mundo, estaban muertos.
Empecé a llorar.
No como un héroe de película. No como alguien fuerte. Lloré como un nene chiquito. Con hipo. Con mocos. Con miedo.
—No quiero morir —dije—. No quiero. Por favor.
Pero mis ojos se cerraban solos.
No era el minuto voluntario. Era la sangre. La pérdida. El cansancio.
Pestañeé. Mis párpados pesaban como plomo.
Pestañeé otra vez. El techo blanco se veía borroso.
Otra vez.
Oscuridad.
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Abrí los ojos.
Las grietas. El techo agrietado de mi habitación. La luz del amanecer entrando por la ventana. Mi almohada aplastada. El brazo dormido.
Mi cama. Mi cuarto. Mi mundo.
Me incorporé de golpe. Me toqué el estómago. No había sangre. No había heridas. No había dolor.
Me toqué el pecho. Nada.
Mi corazón latía tan rápido que pensé que se iba a salir. Mis manos temblaban. Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Estoy vivo —susurré—. Estoy vivo.
Pero también entendí algo.
No fue una pesadilla.
Las pesadillas no tienen heladerías. No tienen manos que te toman. No tienen cuchillos que te duelen. No tienen sangre caliente entre los dedos.
Me quedé sentado en la cama, mirando la pared, sin saber qué hacer.
Joel el famoso. Joel el cantante. Joel el adicto.
¿Estaba muerto? ¿Había muerto ese otro yo?
¿O seguía ahí, en un piso frío, con los ojos abiertos y la sangre seca?
No lo sabía.
Y tenia miedo pero sabia que esto iba pasar de nuevo si dormia
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Fin del Capítulo 2
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