Los pasos mojados

Sofía

Una reunión a las 8 de la mañana, de verdad ¿la gente no sabe poner las reuniones cuando una ya se ha tomado el primer café, cuando ya se ha desperezado, cuando las legañas se ha ido completamente y cuando ya no hay bostezos cada dos inspiraciones?

Sofía mira la cafetera, está convencida de que a las 7:45 siempre va más lenta, de que el agua a esa hora está más fría y el fuego da menos calor, a las 3 de la tarde, después de comer, el café sube a toda velocidad, no da tiempo a ir al baño y ya está saliendo furioso apretando la tapa, que oye desde el servicio (que en realidad está al lado de la cocina y tampoco es muy difícil oírlo) taptaptaptaptaptaptap, ven a sacarme, estoy listo, taptaptaptaptaptap ¿dónde estás? voy a desbordar si no te das prisa, taptaptaptaptap y Sofía con el cepillo de dientes eléctrico en la mano (rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrmmmmmmmmmmmmrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrgggggggggggrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrtttttttrrrrrrrrrrrr), porque nada odia más que tener restos de comida después de comer y antes del cuarto café (si las cosas han ido tranquilas por la mañana) intenta no hacer caso, porque se dice que no es una adicta y un líquido no la va a mandar, pero el café sigue golpeando taptaptaptaptap y el cepillo no termina rrrrrrrrggggggggggggrrrrrrrrrr y la casa parece un estadio de fútbol con todo ese escándalo, y el cepillo no termina rrrrrrrrrrrttttttttttttttñññññññññññ y el café taptaptaptap.

Pues nada de eso sucede a las 7:45, primero porque no está loca y no se va a lavar los dientes antes del primer café, pero podría hacerlo tres veces sin problema, o al menos eso piensa mientras el líquido sigue sin subir, la gusta ver cómo sube, negro intenso, le parece que imposiblemente viscoso, la boca se le hace agua pero el líquido sigue sin subir, vamossssss que tengo una reunión a las 8 de la mañana ¿a quien se le ocurre poner una reunión a las 8 de la mañana? pero el café sigue sin aparecer mientras se rasca los ojos y encuentra legañas que antes no estaban, antes cuando se lavó la cara con ese jabón caro que compró ayer en la perfumería, porque olía como nunca había olido otro y cuando esta mañana lo ha probado ya no olía igual, ni de lejos, y pensaba si ese olor no sería en realidad una mezcla de todas las muestras que había en la tienda, un olor imposible de conseguir en ningún otro lugar del mundo, probablemente en ningún otro momento de la historia, solo una conjunción de casualidades que se daban en ese preciso momento en ese preciso lugar, esa tienda del centro donde acudía una semana sí y otra no, siempre sin demasiadas intenciones de comprar nada pero de la que siempre salía con varias cosas en una bolsa con el logo impreso en la impresora más barata de la ciudad o al menos eso sería lo único que explica que la mitad se vea medio mal y la otra mitad del logo solo se vea si se entrecierran los ojos (¿quiere bolsa, señora? Son cinco céntimos). Y se decía que no iba a volver a la tienda porque, joder, no me cobres la bolsa que me acabo de dejar 100€, y que tampoco iba a volver porque, mira niña, señora será tu madre, yo tengo 48 años y parezco mucho más joven que tú, de verdad, no me vas a volver a ver el pelo por aquí. Y a la semana siguiente no pero a la siguiente sí, acababa entrando porque ya se había olvidado de la bolsa y de la cajera educada que se podía meter la educación ya te digo yo por dónde, señora, de verdad.

Ya sube el café, ya era hora, que tengo una reunión en 10 minutos y necesito esta dosis para no decir al que había convocado la reunión que, joder, a las 8 de la mañana no son horas de poner una reunión ¿vosotros estáis despiertos para tratar el tema que sea? De verdad, vaya hora.

El café arde, el vaso es imposible de sujetar así que lo rodea con un trapo después de echar cuatro terrones de azúcar, que se desintegran al instante, agita el vaso tres veces hacia la derecha, cuatro hacia la izquierda y, mientras el intenso vapor penetra por su nariz, vacía el vaso de un trago. El calor del líquido podría calentar media ciudad en un crudo invierno pero ella ni lo nota, solo siente cómo su cuerpo despereza, sus ojos se abren, sus legañas caen al suelo y, mientras llena de nuevo la taza enciende el ordenador, ya está lista para esa reunión de las 8 de la mañana que, joder, no son horas pero ya no importa tanto que no sean horas.




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