Marcos tiene la mirada fija en la pantalla del portátil ante un email. Ha hecho click en responder aunque no hay nada que responder. Está buscando una frase ingeniosa, algo simple y tonto, pero no demasiado tonto, que no tenga nada que ver con el trabajo pero sea lo suficientemente ligado al trabajo como para no parecer que quiere abrir una conversación fuera de “necesito este cambio”, “quiero añadir tal cosa”, “ahora me dicen si podemos hacer esto”.
Lee el hilo de correos esperando encontrar una salida a lo que quiere hacer pero no encuentra el modo hasta que parece que al fin se abre un claro en el bosque. Sofía le dice que “espero que no estés recibiendo demasiadas llamadas de peticiones nuevas, te van a salir las cosas por las orejas”. Clava los ojos en la frase y cree que ha encontrado lo que buscaba pero no acaba de saber cómo. Posa las manos en el teclado pero no sale nada, no da con nada, no se le ocurre nada.
Demasiadas llamadas de peticiones nuevas, ahí está la clave pero ¿qué clave?
Tampoco sabe muy bien por qué ha elegido esa frase pero ha de ser esa, se fía de su intuición.
Peticiones nuevas.
Demasiadas llamadas.
Nada, las manos siguen inmóviles en el teclado.
Peticiones.
Llamadas.
Hay algo en esa frase, está seguro.
Llamadas.
Peticiones nuevas.
Hay algo, hay algo.
Y se enciende una luz que le ciega, es algo sutil pero tal vez abra una puerta, es algo que se puede probar esperando que la otra parte entre en el juego, tal vez sin saberlo, tal vez intuyendo algo, tal vez simplemente porque la conoce un poco y sabe que no se calla si ve una broma a la que se puede saltar de cabeza. Tampoco sabe muy bien el motivo de hacerlo pero siente que tiene que hacerlo, tiene ganas de probar, tiene ganas de intentar algo que jamás hubiera pensado que iba a probar hace tan solo dos horas cuando abrió los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, nadie estaba a su lado, no vio a Berta ni dijo buenos días, ni dijo que tengas buena mañana hoy, ni dijo te quiero aunque cada vez tiene menos claro si la quiere o si ella le quiere a él o es todo costumbre y las palabras salen automáticamente y significan nada.
Escribe “definitivamente debiera quitar mi número de teléfono de la firma para evitar llamadas no deseadas”. Borra el mensaje, lo vuelve a escribir creyendo que ahora está mejor pero sin darse cuenta de que es absolutamente igual. Repasa, tal vez una coma aquí, tal vez esta palabra no, quita y pone pero la frase no se inmuta, permanece exactamente igual todo el rato aunque a Marcos le parece que no, le parece que cada cambio inexistente lo pule todo mucho más, lo deja todo más y más perfecto.
Mueve el ratón hasta el botón de “Enviar”, respira, repasa, respira, repasa, contiene la respiración, repasa, está bien ¿no? Sí, está bien, venga envía, no des más vueltas, envía, dale y no pienses más, es solo una frase, si no se entiende no pasa nada y si se entiende pues estupendo, envía, envía, click, mensaje enviado correctamente, contiene la respiración, inspira, recarga esperando respuesta, absurdo porque han pasado 5 segundos pero es lo que hace, no hay respuesta, lógicamente, recarga, inspira, suena el teléfono ¿Sofía? Obviamente no, es de la oficina.