La semana para Sofía transcurre entre email de trabajo y otros, qué chico más majo más divertido y más adulto para su edad, de no trabajo.
Amenaza a Marcos con llamadas intempestivas de sistemas automáticos, Marcos responde que para lo que duerme tampoco pasa nada, que su jefe le tiene frito y que la mayor parte de las noches acaba trabajando hasta horas indecentes, y Sofía ofrece ayuda si puede en algo, aunque sabe que poco puede ayudar de un trabajo del que desconoce toda la parte que no la implica y que supone que seguramente ella no quisiera hacer jamás. Sofía le da consejos para no tener el trabajo como única meta, ella ha pasado por ahí y ha sufrido en carnes propias lo perjudicial que es, intenta que no cometa los errores de juventud que ella cometió, metida en oficinas que no parecían tener puertas ni ventanas, solo paredes con miles de metros hacia arriba, que se perdían en una oscuridad que la absorbía y la absorbía.
Cada mensaje le sorprende más que el anterior, está descubriendo a un chico que jamás imaginó, a alguien que parece tener su edad, aunque también es cierto que Sofía nunca ha creído tener su edad, alguna vez escribió, y luego borró de los emails, si Peter Pan existiera te aseguro que tendía el síndrome de Sofía, siempre se ha sentido fuera de lugar allá donde va, siempre se ha sentido incómoda con el resto de la humanidad, siempre la cuesta horrores iniciar una conversación y, una vez iniciada, no tiene ni idea de cómo continuarla, es incapaz de hilar dos frases sobre el tiempo de mañana: “esas nubes no auguran nada bueno” y el vecino sigue y sigue, y justo el vecino de su mismo piso, y ambos viven en el ático, y el ático está en el piso 45 de la torre más alta de la ciudad, y el ascensor no llega nunca, y se pregunta por qué el del Burj Khalifa recorre el edificio más alto del mundo en un minuto y el de su edificio cada vez es más lento, y el tiempo mañana, bufff, “mejor no pongas la lavadora, ehh” sonrisa de alguien satisfecho por la advertencia, y Sofía sonríe forzadamente, y si algo se la nota es cuando sonría forzadamente, se pueden contar los dientes y las muelas, incluso distinguir los que son dientes de verdad y los que no, pero el vecino sigue y sigue, tal vez porque girarse a mirar a la otra persona a los ojos en un ascensor no es lo normal, tal vez porque se ven reflejados en la puerta, que a su vez refleja el espejo trasero, tal vez porque él solo quiere seguir hablando y llenando el hueco entre la calle y el ático, y los dientes cada vez se ven más y el labio tiembla porque mantener una sonrisa forzada tampoco es fácil, y los pisos tintinean poco a poco, y Sofía solo puede pensar en que se mudó al edificio hace 3 años, poco después de que ya pasaran todas las restricciones del COVID, y que esa época es en la que se debiera haber mudado, una época donde en el ascensor solo viajaba una persona, una época donde cualquier tos era alarma, donde un estornudo abría una zona de contención, una época que ahora, con el vecino y las nubes y el tin tin de los pisos y el parece que el ascensor no sube más, a ver si ahora se va a parar aquí entre el 30 y el 31 y a llamar ansiosamente al timbre, por favor sáquennos de aquí, por favor, rápido, que tengo que poner la lavadora antes de que llueva, por favor, ayuda, nos quedamos sin aire, por favor, que este ascensor no va a aguantar aquí mucho más, por favor dense prisa… que Sofía no está realmente cómoda rodeada de gente a la que no conoce más allá del saludo rutinario, cuando tiene la mala suerte de no oír que el vecino abre la puerta, claro, porque si lo siente se detiene y se asoma a la mirilla, muy muy lentamente, muy muy pegada, para que desde el otro lado no se note el cambio y se sospeche que hay alguien mirando, porque una vez que hay confianza Sofía se suelta y se siente otra persona, una que no tiene miedo de decir nada, de ser vehemente, de dejar que por su boca salgan bromas increíblemente inapropiadas, una persona que sabe que quien tiene delante ya ha pasado la barrera que la aleja del mundo y que está ahí por voluntad propia así que puede ser quien es, con sus miles de defectos y sus dos o tres bondades, como todo el mundo en realidad, una persona normal con otra persona normal, Sofía con alguien, Sofía con el mundo, Sofía siendo Sofía, Sofía bromeando con Marcos, al que nunca ha visto en persona pero que, por algún motivo que tampoco ha procedido a plantearse, ha cruzado la barrera, en realidad la saltó, la dio una patada y se presentó como si nada pasara, y Sofía no se ha dado cuenta de eso porque ha sido todo tan natural que no se lo plantea, ha sucedido, además son charlas de email, tampoco es que haya un ascensor de por medio.