Sofía tiene la cena en la mesa pero no la ha tocado, está absorta en la pantalla del televisor, busca algo que ver, desde hace un buen rato, tiene varias plataformas, se mueve por ellas, pero en ninguna hay nada que cumpla los requisitos: algo tonto, algo para no pensar, algo para pasar el rato, divertido, ligero, fresco, nuevo (o viejo da igual pero fresco), que la portada llame la atención, que el director sea interesante, que el guionista haya escrito alguna vez algo con lo que haya disfrutado, no parece mucho pedir pero sí lo está siendo, va de un menú a otro, de una plataforma a la otra, de vez en cuando encuentra algo que puede pero no, recuerda cuando salía con Juan, todavía piensa en él a pesar de que hace al menos tres años que no se ven, pero Juan cogía el mando, se tapaba los ojos, comenzaba a pulsar los botones de dirección en el mando y daba al play, esperaba varios segundos a oír que la película, serie, documental, corto, publicidad estuviera en marcha y veía eso. Sofía odiaba que lo hiciera, le parecía una falta de respeto, no hacia ella, que en realidad un poco también, sino hacia la gente que invierte meses y años en crear algo y luego va Juan y pulsa teclas al azar hasta que sale a saber el qué.
A veces Sofía se unía, no tanto por lo que estuviese viendo sino por la compañía “¿Qué ves?” Juan alzaba los hombros, la abrazaba enérgicamente y “A saber, lo que ha salido”. El título no se miraba nunca hasta que había terminado, a veces Sofía lo conocía de sobra, es una amante del cine y las series y es inevitable conocer mucho de lo que hay en las plataformas, por mucho que fuese aleatorio siempre era un aleatorio controlado, Juan no indagaba en submenús escondidos por lo general, sus botonazos no le llevaban mucho más allá del menú principal, donde suelen estar los estrenos y los contenidos más vistos, pero Sofía no decía nada y, si lo que estaba viendo la desagradaba y jamás hubiera hecho clic ella simplemente “Me voy a leer un rato” y Juan sabía que era el momento de soltar el abrazo y dejarla marchar.
Y a pesar de que no la gustaba nada eso que hacía Juan a veces lo echaba mucho de menos, tal vez lo que echase de menos en realidad fuera el abrazo, que era un abrazo distinto al que luego obtenía por la noche en la cama, era un abrazo de relajación, un abrazo de “no te vayas y quédate conmigo a ver lo que sea esto” un abrazo de “no quisiera estar en ningún otro lugar del mundo ahora mismo” un abrazo que hace años que no tenía y que, con el tiempo, se había acostumbrado a no esperar.
Sigue pasando, pasando, pasando, empieza a creer que no va a encontrar nada que acompañe su cena, el móvil emite una ligera vibración, sigue pasando, pasando, pasando y se rinde. Decide que lo mejor va a ser volver a la sección de “continuar viendo” y elegir alguna de las series que tiene a medias, que ninguna es que la esté apasionando precisamente pero no quiere seguir insistiendo en un resultado que no se va a dar. Vuelve al menú, elige una serie y da al play, se acerca el plato y, antes del primer bocado, recuerda que el móvil ha sonado, seguramente su hermana la esté mandando uno de esos memes tontos que tanto las gustas a ambas. Enciende la pantalla y “empiezo a dudar de si existes más allá de los emails”. Mira la foto del perfil y ve a Marcos, lee el nombre y lee Marcos, mira el mensaje y ve que no es una urgencia de trabajo, que no es un email, que es un whatsapp, que es una broma para ella, por la noche, en horario no laboral, no sale de su asombro, sabía que últimamente habían intercambiado emails absurdos, algunos fuera de hora de oficina, pero no puede no sorprenderse del paso que se acaba de producir.
Supone que Marcos está aburrido y ha decidido que el email es más incómodo de abrir, un mensaje directo es mucho más sencillo y rápido, y escribe “Yo diría que no”. Enviar.