Los pasos que nos trajeron hasta aqui

Capítulo I: El pulso de la madrugada

Despiertas con la prisa metida en los huesos. Abres los ojos y lo primero que busca el cuerpo son las coordenadas de siempre: el techo de la habitación, el peso de la cobija, el aire fresco de la mañana que se cuela por la rendija de la ventana. Pero hay algo que no encaja.

Te quedas ahí, inmovilizado en la orilla de la cama, intentando descifrar qué es lo que falta en el aire. Y de pronto, la constatación te cae encima sin previo aviso: el mundo cambió de golpe mientras dormías.

Ya no está el grito lejano desde la cocina, esa voz con la urgencia típica de madre que te llama por tu nombre para apurarte a desayunar antes de que se haga tarde para la escuela. Ya no se escucha el crujido de la madera vieja, ni el trote rápido de los perros persiguiendo una hoja seca que arrastra el viento por el patio grande.

El silencio de la mañana ya no es el preludio de un día libre de cuentas; es el eco hueco de lo que se fue.

No es rabia lo que se siente al tragar saliva, sino una especie de vértigo silencioso. Comprendes que la vida es una rueda que gira sin pedir permiso, un ciclo implacable del que nadie se sale. Por más que intentes estirar los dedos en la penumbra para aferrarte a los días de antes, el tiempo no retrocede ni medio segundo.

Te levantas, pones los pies sobre el frío del piso y te colocas el uniforme invisible de las obligaciones adultas. Te vas con la extraña certeza de que una parte de ti se quedó allá, atrapada para siempre en el calor de aquel fogón y en las voces que hoy solo habitan en la memoria.

Te echas el agua fría en la cara, de golpe, buscando el rigor de la mañana para espabilar los sentidos. El frío te sacude la piel por un segundo, pero cuando abres los ojos y levantas la vista hacia el espejo, el agua ya no importa.

Ahí te cae el peso de los años sin anestesia.

No es el cansancio físico lo que duele de verdad; es la forma en que el rostro del conformismo te devuelve la mirada. Te quedas ahí parado, con las manos apoyadas en el borde del lavabo, sosteniendo el peso de tu propio cuerpo y viajando hacia atrás en el tiempo. Te acuerdas con una claridad incómoda de aquel chavalo que fuimos a los veinte años. El que se paraba frente a este mismo vidrio —o a uno muy parecido— con el pecho inflado de una seguridad insolente, jurándose a sí mismo que iba a comerse el mundo a pedazos, que la música iba a ser su trinchera y que jamás, bajo ninguna circunstancia, se iba a encadenar a una rutina gris de horarios y oficinas. Te creías intocable, inmune al paso del tiempo.

Y mírate ahora. Ahí estás, en silencio, calculando cuentas, midiendo el pulso de la semana y sosteniendo el paso con la disciplina de quien ya aprendió a agachar la cabeza.

Lo más duro no es descubrir que perdiste. Lo jodido es entender que no hubo un villano al que culpar ni una gran tragedia que te arrebatara el camino. Simplemente la vida real se abrió paso con su peso aplastante de todos los días. Y con los años, casi sin darte cuenta, fuiste soltando la guitarra, perdiendo el ímpetu y dejando los sueños a la orilla del camino porque había que pagar las facturas, responder en la casa, mantener la rueda girando y asegurar el pan de cada jornada. La adultez no te asalta de golpe; te va doblando las manos despacito, a fuego lento, hasta que aceptas el trato.

Te pasas la toalla por la cara con movimientos lentos, te acomodas la camisa frente al vidrio y sales del baño cargando esa pequeña espina clavada en el pecho. El muchacho de antes ya no aplaude, pero tampoco juzga; solo te mira desde el fondo con esa comprensión silenciosa de quien sabe que la realidad, tarde o temprano, siempre termina cobrándose la cuenta.



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En el texto hay: drama, vida adulta, refelxion

Editado: 31.08.2026

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