Los pasos que nos trajeron hasta aqui

Capitulo II: El uniforme del conquistado.

Sales del baño con la toalla al hombro y te detienes frente al ropero. Al abrir las puertas, el olor a ropa limpia se mezcla con esa sensación de inevitabilidad que trae cada mañana.

Ya no queda rastro de aquel desorden de otros tiempos, cuando la ropa se amontonaba sin orden y te ponías lo primero que encontrabas porque ninguna combinación importaba demasiado. Antes salías a la calle con la realidad bien alterada, con el pecho inflado y la certeza absoluta de que ibas a arrasar con todo, de que el escenario de la vida te pertenecía y de que nadie iba a doblegar tu paso.

Ahora miras las repisas y el panorama es otro. Lo que hay es la disciplina en fila: el uniforme formal de lunes a sábado, las camisas planchadas con desgana, los zapatos que ya piden descanso y una paleta de grises y azules que marca los límites de la semana. Es la indumentaria oficial de la rutina.

Te quedas un segundo con la percha en la mano, viendo esa ropa que te espera para ir a cumplir con la cuota diaria. Y en ese silencio te cae el balde de agua fría definitivo: un día juraste que ibas a arrancar aplausos donde fuera, que ibas a doblar el destino a tu favor… y al final, el conquistado fuiste vos.

Te pones la camisa, te abrochas los botones con la precisión autómata de siempre y cierras la puerta del ropero. El día ya arrancó afuera, y a vos te toca salir a empujar la carreta un tramo más.

Ya con el uniforme puesto, sales del dormitorio y caminas hacia la cocina. La tela es liviana, pero sobre los hombros se siente como un fardo de plomo.

Al entrar, te recibe un orden absoluto que pesa más que cualquier alboroto. Todo está en su sitio, impecable y demasiado silencioso. Y es ahí, en ese silencio, donde te cae el verdadero golpe.

Te quedas parado frente al pantry y te sacude la memoria: te acuerdas de lo mucho que neceabas con crecer cuando eras niño. Qué prisa tenías por volverte adulto, por mandar sobre tu propio tiempo, por largarte a la calle y ser libre. Qué ciego fuiste al creer que estar bajo ese techo era una carga, cuando en realidad estabas en el mejor lugar posible y ni cuenta te dabas.

Ves la mesa vacía y te arde el pensamiento. Te acuerdas de tu mamá corriendo con la cafetera, de tus hermanos molestando entre risas, de tu papá saliendo a la carrera con ese paso firme sin vacilar. Y lo que más duele no es solo la ausencia; es la cuenta pendiente con el tiempo. Te das cuenta de todas las horas que desperdiciaste en cosas banales, en andar distraído en lo que no importaba, escatimando abrazos y restándole valor a la calidez de los tuyos.

Lo tenías todo resuelto —el amor, el refugio, la vida sin grietas—, pero en ese entonces sentías que no tenías nada porque la soberbia de la juventud te hacía buscar afuera lo que ya tenías enfrente.

Enciendes la estufa, miras cómo la llama azul empieza a calentar la olla y tragas seco. El peor detalle de madurar es que la claridad siempre llega tarde, cuando ya nadie te responde desde el otro lado de la mesa.



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En el texto hay: drama, vida adulta, refelxion

Editado: 31.08.2026

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