Los pasos que nos trajeron hasta aqui

Capítulo IV: El muro de la entrada

Llego justo a tiempo para marcar entrada, aunque el margen se redujo a la nada porque dar vueltas buscando un espacio donde estacionar el carro cerca del edificio se convirtió en una prueba de paciencia y de claxones ajenos. Apago el motor con la sensación de haber librado una batalla innecesaria en el asfalto antes de que el día siquiera comience a exigir de verdad.

Camino por el pasillo con los zapatos marcando un ritmo pesado contra el piso. Cruzo la puerta y la ilusión de un respiro se desvanece de golpe al encontrarme con la realidad del espacio. Ahí está el primer bloque de pendientes esperándome; los recibo con un gesto automático, sintiendo el volumen de los papeles como un recordatorio silencioso de lo que viene.

Me arrastro hasta la silla y me acomodo frente al escritorio, sintiendo el respaldo frío contra la espalda. Alargo la mano con desgana y presiono el botón de encendido de la computadora. El aparato tose con un ronroneo eléctrico y la pantalla parpadea en la penumbra, cargando lento, como si también le costara arrancar.

Y antes de que el sistema termine de desplegarse del todo, el teléfono rompe el silencio con un tono agudo y exigente que se me mete directo en las sienes. Tengo que contestar. Atiendo la llamada mientras la mente procesa la avalancha de instrucciones que ya me están dictando al otro lado de la bocina.

Desde ese preciso instante, el desencanto me golpea el pecho con fuerza. Siento una fatiga honda, una especie de agotamiento prematuro que me deja la certeza amarga de que ya lo di todo, de que el poco tiempo con el que salí de casa se consumió en el tráfico y en las vueltas del estacionamiento, cuando lo peor de todo es que el día apenas arranca y aún ni siquiera he empezado a tocar lo que de verdad importa.

CapítCapítulo III: El uniforme del conquistado

Sales del baño con la toalla al hombro y te detienes frente al ropero. Al abrir las puertas, el olor a ropa limpia se mezcla con esa sensación de inevitabilidad que trae cada mañana.

Ya no queda rastro de aquel desorden de otros tiempos, cuando la ropa se amontonaba sin orden y te ponías lo primero que encontrabas porque ninguna combinación importaba demasiado. Antes salías a la calle con la realidad bien alterada, con el pecho inflado y la certeza absoluta de que ibas a arrasar con todo, de que el escenario de la vida te pertenecía y de que nadie iba a doblegar tu paso.

Ahora miras las repisas y el panorama es otro. Lo que hay es la disciplina en fila: el uniforme formal de lunes a sábado, las camisas planchadas con desgana, los zapatos que ya piden descanso y una paleta de grises y azules que marca los límites de la semana. Es la indumentaria oficial de la rutina.

Te quedas un segundo con la percha en la mano, viendo esa ropa que te espera para ir a cumplir con la cuota diaria. Y en ese silencio te cae el balde de agua fría definitivo: un día juraste que ibas a arrancar aplausos donde fuera, que ibas a doblar el destino a tu favor… y al final, el conquistado fuiste vos.

Te pones la camisa, te abrochas los botones con la precisión autómata de siempre y cierras la puerta del ropero. El día ya arrancó afuera, y a vos te toca salir a empujar la carreta un tramo más.

Capítulo IV: La cocina vacía

Ya con el uniforme puesto, sales del dormitorio y caminas hacia la cocina. La tela es liviana, pero sobre los hombros se siente como un fardo de plomo.

Al entrar, te recibe un orden absoluto que pesa más que cualquier alboroto. Todo está en su sitio, impecable y demasiado silencioso. Y es ahí, en ese silencio, donde te cae el verdadero golpe.

Te quedas parado frente al pantry y te sacude la memoria: te acuerdas de lo mucho que neceabas con crecer cuando eras niño. Qué prisa tenías por volverte adulto, por mandar sobre tu propio tiempo, por largarte a la calle y ser libre. Qué ciego fuiste al creer que estar bajo ese techo era una carga, cuando en realidad estabas en el mejor lugar posible y ni cuenta te dabas.

Ves la mesa vacía y te arde el pensamiento. Te acuerdas de tu mamá corriendo con la cafetera, de tus hermanos molestando entre risas, de tu papá saliendo a la carrera con ese paso firme sin vacilar. Y lo que más duele no es solo la ausencia; es la cuenta pendiente con el tiempo. Te das cuenta de todas las horas que desperdiciaste en cosas banales, en andar distraído en lo que no importaba, escatimando abrazos y restándole valor a la calidez de los tuyos.

Lo tenías todo resuelto —el amor, el refugio, la vida sin grietas—, pero en ese entonces sentías que no tenías nada porque la soberbia de la juventud te hacía buscar afuera lo que ya tenías enfrente.

Enciendes la estufa, miras cómo la llama azul empieza a calentar la olla y tragas seco. El peor detalle de madurar es que la claridad siempre llega tarde, cuando ya nadie te responde desde el otro lado de la mesa.

Capítulo III: El uniforme del conquistado

Sales del baño con la toalla al hombro y te detienes frente al ropero. Al abrir las puertas, el olor a ropa limpia se mezcla con esa sensación de inevitabilidad que trae cada mañana.

Ya no queda rastro de aquel desorden de otros tiempos, cuando la ropa se amontonaba sin orden y te ponías lo primero que encontrabas porque ninguna combinación importaba demasiado. Antes salías a la calle con la realidad bien alterada, con el pecho inflado y la certeza absoluta de que ibas a arrasar con todo, de que el escenario de la vida te pertenecía y de que nadie iba a doblegar tu paso.

Ahora miras las repisas y el panorama es otro. Lo que hay es la disciplina en fila: el uniforme formal de lunes a sábado, las camisas planchadas con desgana, los zapatos que ya piden descanso y una paleta de grises y azules que marca los límites de la semana. Es la indumentaria oficial de la rutina.

Te quedas un segundo con la percha en la mano, viendo esa ropa que te espera para ir a cumplir con la cuota diaria. Y en ese silencio te cae el balde de agua fría definitivo: un día juraste que ibas a arrancar aplausos donde fuera, que ibas a doblar el destino a tu favor… y al final, el conquistado fuiste vos.



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En el texto hay: drama, vida adulta, refelxion

Editado: 31.08.2026

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