El reloj de la computadora marca pasadas las doce y media. La mañana ha sido una centrifugadora de correos, llamadas y urgencias menores que me han dejado seco. Por fin, el ritmo de la oficina cede un poco; es el único momento de relativa tranquilidad de todo el día, ese hueco al mediodía donde el cuerpo reclama tregua y busco el almuerzo que con tanto cuidado prepararon en casa.
Me levanto del escritorio con la expectativa de comer algo caliente, pero al abrir el microondas me encuentro con el vacío absoluto. Recuerdo de inmediato que se me a olvidado a pesar que en la puerta del aparato, resaltaba una nota escrita con prisa: «No lo olvides».
El estómago se me encoge de golpe. El almuerzo se quedó en la barra de la cocina, burlándose de mí desde la distancia.
Respiro hondo, saco el teléfono con desgana y le escribo un mensaje rápido a la persona que cuida de la casa, avisándole del descuido. Los minutos pasan y, al poco rato, entra la respuesta: me dice que ya va en camino hacia acá porque, al revisar la cocina al salir, notó de inmediato la lonchera abandonada sobre la mesa.
Me quedo sentado frente al escritorio, esperando esos minutos muertos mientras llega. Y es en ese tiempo de espera suspendido, sin nada más que hacer más que mirar la pared, donde la guardia se me cae por completo y la mente, cansada de la faena de la mañana busca un atajo para huir de aquí.
De inmediato, el zumbido de una moto afuera o el golpe seco de la puerta al abrirse me arranca del trance y vuelvo a ese nudo ciego de deudas y compromisos que tengo a cuestas y que, por más que le doy vueltas, simplemente no puedo solucionar. El pecho se me vuelve a apretar, el escritorio recupera su hostilidad, y el día vuelve a caer con todo su peso sobre los hombros, recordándome que ni siquiera un almuerzo olvidado puede pasar sin que el tiempo te cobre factura.
El pestillo gira y la puerta cede. Ahí está, de pie en el umbral, con la lonchera en alto como quien sostiene una prueba de supervivencia. No hay tiempo para pláticas largas; cruzamos un par de frases cortas, el parpadeo de una complicidad gastada por la rutina, y se marcha tan rápido como vino, tragada por el pasillo.
Me quedo con el plástico tibio entre las palmas. Al destapar, el vapor me pega en la cara cargado de un olor a cocina de casa que, más que abrir el apetito, me da una punzada de culpa. Como a prisa, tragando bados secos, consciente de que este rescate a domicilio no es más que una curita mal puesta en una herida más grande.
Apenas termino, el envoltorio va a la basura y el reloj de la esquina inferior del monitor me avisa que lo peor está por empezar. La luz de afuera cambia de color, se vuelve naranja y pesada, anunciando esa franja de la tarde donde las llamadas ya no son consultas sino reclamos, y los correos exigen explicaciones que no tengo cómo dar.
Vuelvo a apoyar las manos sobre el teclado, pero esta vez los dedos pesan el doble. El aire de la oficina huele a café frío y a alfombra vieja. Me hundo en la silla, mirando fijamente la pantalla parpadear, sabiendo que las horas que quedan no se van a arrastrar solas; hay que empujarlas con el hombro, una por una, hasta que la noche tenga la decencia de venir a cobrarse lo nuestro.