El edificio me escupe a la calle cuando ya es de noche. El día se evaporó en un suspiro ciego, encerrado entre cuatro paredes donde el sol no existe; entré a oscuras y salgo a oscuras, con la extraña sensación de haberme saltado las horas. Lo primero que noto al cruzar la puerta es la bocanada de aire fresco que me pega en la cara, abriéndome los pulmones a la fuerza después de tantas horas tragando polvo de oficina y café frío.
Camino hasta donde dejé estacionado el carro. Meto la llave, giro el switch y… nada. El tablero parpadea un momento antes de apagarse por completo. La bateria murió. Me quedo un segundo recostado al volante, maldiciendo en silencio, asumiendo la nueva factura que tendré que pagar y el tiempo que no tengo para ver al mecánico.
Como el taller mecánico queda lejos y el carro decidió abandonarme justo hoy, decido dejarlo ahí encajado y tirar a pie las varias cuadras que me separan de la casa.
Mientras las suelas de los zapatos van marcando el ritmo contra el pavimento de la calle oscura, la mente por fin deja de pelear con los pendientes de la computadora y se repliega hacia adentro. Doy el primer paso y me asalta una pregunta amarga, pesada: ¿en qué momento exacto se me fue el día de las manos?
Repaso las horas y no encuentro nada grande, nada que valga la pena. Solo una suma interminable de microgolpes, de apagar fuegos ajenos, de correr detrás de urgencias que no son mías mientras la vida real, la de verdad, se me escurre por los bolsillos. Siento el cuerpo hueco, con esa fatiga rara que no viene de haber hecho un trabajo pesado, sino de haber aguantado el aliento durante doce horas seguidas, preguntándome si mañana voy a tener que levantarme a hacer exactamente lo mismo.
Capítulo XII: La esquina y eEl reloj de la computadora marca pasadas las doce y media. La mañana ha sido una centrifugadora de correos, llamadas y urgencias menores que me han dejado seco. Por fin, el ritmo de la oficina cede un poco; es el único momento de relativa tranquilidad de todo el día, ese hueco al mediodía donde el cuerpo reclama tregua y busco el almuerzo que con tanto cuidado prepararon en casa.
Me levanto del escritorio con la expectativa de comer algo caliente, pero al abrir el microondas me encuentro con el vacío absoluto. Recuerdo de inmediato que se me a olvidado a pesar que en la puerta del aparato, resaltaba una nota escrita con prisa: «No lo olvides».
El estómago se me encoge de golpe. El almuerzo se quedó en la barra de la cocina, burlándose de mí desde la distancia.
Respiro hondo, saco el teléfono con desgana y le escribo un mensaje rápido a la persona que cuida de la casa, avisándole del descuido. Los minutos pasan y, al poco rato, entra la respuesta: me dice que ya va en camino hacia acá porque, al revisar la cocina al salir, notó de inmediato la lonchera abandonada sobre la mesa.
Me quedo sentado frente al escritorio, esperando esos minutos muertos mientras llega. Y es en ese tiempo de espera suspendido, sin nada más que hacer más que mirar la pared, donde la guardia se me cae por completo y la mente, cansada de la faena de la mañana busca un atajo para huir de aquí.
De inmediato, el zumbido de una moto afuera o el golpe seco de la puerta al abrirse me arranca del trance y vuelvo a ese nudo ciego de deudas y compromisos que tengo a cuestas y que, por más que le doy vueltas, simplemente no puedo solucionar. El pecho se me vuelve a apretar, el escritorio recupera su hostilidad, y el día vuelve a caer con todo su peso sobre los hombros, recordándome que ni siquiera un almuerzo olvidado puede pasar sin que el tiempo te cobre factura.
Capítulo X: El rescate y la tregua de cartón
El pestillo gira y la puerta cede. Ahí está, de pie en el umbral, con la lonchera en alto como quien sostiene una prueba de supervivencia. No hay tiempo para pláticas largas; cruzamos un par de frases cortas, el parpadeo de una complicidad gastada por la rutina, y se marcha tan rápido como vino, tragada por el pasillo.
Me quedo con el plástico tibio entre las palmas. Al destapar, el vapor me pega en la cara cargado de un olor a cocina de casa que, más que abrir el apetito, me da una punzada de culpa. Como a prisa, tragando bados secos, consciente de que este rescate a domicilio no es más que una curita mal puesta en una herida más grande.
Apenas termino, el envoltorio va a la basura y el reloj de la esquina inferior del monitor me avisa que lo peor está por empezar. La luz de afuera cambia de color, se vuelve naranja y pesada, anunciando esa franja de la tarde donde las llamadas ya no son consultas sino reclamos, y los correos exigen explicaciones que no tengo cómo dar.
Vuelvo a apoyar las manos sobre el teclado, pero esta vez los dedos pesan el doble. El aire de la oficina huele a café frío y a alfombra vieja. Me hundo en la silla, mirando fijamente la pantalla parpadear, sabiendo que las horas que quedan no se van a arrastrar solas; hay que empujarlas con el hombro, una por una, hasta que la noche tenga la decencia de venir a cobrarse lo nuestro.
El reloj de la computadora marca pasadas las doce y media. La mañana ha sido una centrifugadora de correos, llamadas y urgencias menores que me han dejado seco. Por fin, el ritmo de la oficina cede un poco; es el único momento de relativa tranquilidad de todo el día, ese hueco al mediodía donde el cuerpo reclama tregua y busco el almuerzo que con tanto cuidado prepararon en casa.
Me levanto del escritorio con la expectativa de comer algo caliente, pero al abrir el microondas me encuentro con el vacío absoluto. Recuerdo de inmediato que se me a olvidado a pesar que en la puerta del aparato, resaltaba una nota escrita con prisa: «No lo olvides».
El estómago se me encoge de golpe. El almuerzo se quedó en la barra de la cocina, burlándose de mí desde la distancia.
Respiro hondo, saco el teléfono con desgana y le escribo un mensaje rápido a la persona que cuida de la casa, avisándole del descuido. Los minutos pasan y, al poco rato, entra la respuesta: me dice que ya va en camino hacia acá porque, al revisar la cocina al salir, notó de inmediato la lonchera abandonada sobre la mesa.