Los pecados de nuestra sangre

Prólogo

Un salto, sólo tenía que dejarse deslizar a una muerte rápida, efectiva, sin lugar para el dolor o arrepentirse. Y eso era todo. Eso es lo que esperaba.

No más dolor. Pero ni en su agonía, Dios tuvo la misericordia de quemar sus nervios para que dejara de sentirlo.

Arrojó el filtro de su moribundo cigarrillo al piso, el familiar brillo rojizo resplandecía aún con más intensidad con el viento que corría por la terraza de aquel edificio. Aún podía sentir el humo caliente expulsado de su nariz mientras permanecía equilibrado con un solo pie.

Será rápido. No habrá dolor.

Pero no.

Una estocada de agudo dolor traspasó su hombro derecho. Un dolor caliente, visceral, eléctrico; tan intenso que pudo sentirlo en sus sienes, mientras lo que sea que le había impactado por la espalda le daba la inercia suficiente para caer al precipicio frente a él.

Lo vio todo en milésimas de segundos.

La sangre en su pecho, oscura, bañando aquel gancho que lo atravesaba como un maldito arpón atravesando carne de tiburón. Un enorme anzuelo.

Lo había sentido. Lo vio.

Y después, un tirón hacia atrás. Un impulso que fue más veloz que su impulso hacia adelante, un tirón firme y violento que lo empujó hacia atrás, alejándolo del borde y haciéndolo caer de espaldas en el cemento.

El hierro se enterró aún más en su hombro, descargando una nueva puntada de horrible dolor, y soltó un grito desgarrador que pronto se ahogó en su propia saliva y sangre.

No, así no es como terminaba.

No se suponía que tenía que morir así. No se suponía que tenía que vivir.

La visión se le oscureció en los bordes, manchada con rojo. Se sentía mareado, estrellado. Y luego solo oscuridad.

Oyó pasos pesados acercándose, y tuvo la sensación de ser arrastrado unos metros, pero pudo habérselo imaginado.

Habría tenido mucha suerte si moría allí mismo. Pero Dios quería dejarlo vivir. Dios habría sido muy piadoso con él después de todo, si sólo se hubiera lanzado al vacío, pero aún no había sufrido lo suficiente.

Él iba a pagar...

Él iba a vivir.




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