Esa mañana luego de una noche caótica llena de papeles, planos, fachadas y una maqueta en la cual había puesto mi alma, sudor, lagrimas e incluso mi sangre, había decidido dejar de procrastinar sobre mi proyecto de historia y me puse en rumbo a la biblioteca municipal. Debía hacer un trabajo exhaustivo sobre la arquitectura Contemporánea por lo que necesitaba leer algunos libros. Luego de escoger qué material me podría ayudar, busqué un lugar cómodo para comenzar a trabajar, sin embargo, la lectura estaba un poco aburrida y por mi falta de sueño me quedé dormida sobre los libros que sinceramente solo fingía leer.
-Hola, disculpa, ya vamos a cerrar por la hora de almuerzo y necesito saber si te quedas adentro del edificio o si vas a salir.
Aquel joven que me había atendido al llegar estaba junto a mí, despertándome con el cuidado y pena con el que alguien despierta a una persona que esta exhausta de tanto vivir.
-Claro, disculpa, me quedo dentro. Sonreí.
-Perfecto, si necesitas algo, déjamelo saber.
Ese día no logré finalizar con el trabajo, claramente porque me volví a dormir hasta que la hora de mi siguiente clase hizo un recordatorio en mi subconsciente y me levanté exaltada, iba tarde por lo que tuve que llevar los libros conmigo lo que generaba una carga extra en mí ya pesada mochila. Sin embargo, el trato que recibí por ese joven se quedó en mi mente toda esa tarde y noche ya que, por más insignificante que lo parezca, para mi significó mucho la delicadeza y cuidado con la que me había tratado ya que en esos días el trato menos humano era el que más se repetía en la facultad, el estrés, cansancio, insomnio y el sentimiento de insuficiencia era lo que provocaba que cada persona estuviera sumida en sí mismo y se olvidara de los demás.
Si tan solo hubiera sabido que ese asistente en la biblioteca se iba a volver tan importante para mí, habría tratado de hacer más conversación desde un principio, para así no dar esos momentos como tiempo perdido entre nosotros.