"Comedia no apta para personas de buenos principios... ni para personas emocionalmente responsables."
El Café Lumière estaba insoportablemente bonito.
Amaba las sombrillas rojas de aquel lugar. Eran la principal razón por la que se había convertido en mi cafetería favorita.
Solía venir aquí con mis amigos.
Y, normalmente, era el punto de reunión con Jesse para recibir mi sentencia o dictar la de él.
Ahora solo esperaba el momento para disfrutar mi victoria.
Me encontraba sentada con las piernas cruzadas, sosteniendo un pequeño café frío en la mano derecha.
Las nueve en punto cuando llegué.
La puntualidad formaba parte de mi esencia. En cambio, para ese engreído que se creía un genio incomprendido, respetar el reloj parecía una actividad opcional.
Volví a observar mi muñeca.
Nueve con veinte.
Habían pasado más de veinte minutos.
Fruncí ligeramente el ceño.
Cualquiera moriría por estar conmigo. ¿Quién demonios se creía que era?
Deslicé la mirada hacia la plaza, nada. Es un idiota.
Entonces observé mis uñas.
Me gustaba mi esmalte natural. Afortunadamente, no tenía necesidad de pintarlas. Eso siempre me había parecido de muy mal gusto.
Así eran perfectas.
Deslicé el pulgar sobre una de ellas antes de volver a mirar hacia la entrada del Café Lumière.
Regresé a mis uñas, después a la plaza y luego al reloj.
Suspiré.
Y nuevamente miré mis uñas. Son perfectas.
Lo verdaderamente irritante era que yo nunca esperaba a nadie. Las personas me esperaban a mí.
Y, aun así, allí estaba.
No iba a permitir que la sensación de haberlo vencido pasara desapercibida.
Después de tantos años escuchándolo presumir cada una de sus victorias, merecía contemplar adecuadamente la expresión de ese arrogante obligado a convivir con su derrota.
Cuando apareciera, pensaba recordarle que perder también requería elegancia.
Y que llegar tarde a una cita...
No.
Espera... a un castigo.
《Ese Mical había provocado que dijera una estupidez. ¿Cuál cita?
Ni que Jesse fuera un hombre tan afortunado.》
Lo nuestro nunca había sido eso.
Jesse me había arrastrado a heladerías, restaurantes y cafeterías después de derrotarme únicamente para disfrutar de su insoportable satisfacción.
Su maldita manipulación premium.
Y yo había hecho exactamente lo mismo cuando la victoria me pertenecía.
Era tradición, una costumbre nacida de nuestra sana competitividad.
Nada más.
Volví a mirar el reloj.
《Maldito, mi tiempo es oro.
Repito, ¿cómo se atreve?
¿No sabe cuántos hombres morirían por estar aquí aunque fuera para recibir este castigo?》
—¿Qué hace una mujer tan guapa y sola a esta hora?
《No otra vez este idiota.》
Levanté la mirada.
Adrien.
El supermodelo de la empresa.
Se acomodó frente a mí sin pedir permiso.
—Llevas aquí más de veinte minutos.
—¿Me estás vigilando?
—No exactamente.
Sus ojos descendieron un instante hacia mi café frío.
—Solo me llamó la atención ver a una mujer incapaz de esperar a alguien... esperando.
Arqueé una ceja.
—Eres difícil de ignorar.
—Lo sé. No te culpo.
Adrien sonrió apenas.
—Entonces... ¿te dejaron plantada?
—No me dejaron plantada.
—¿Cómo lo llamas?
Tomé un pequeño sorbo de mi café.
—Es normal que cuando vas a recibir una sentencia, cueste aceptarla.
Adrien permaneció en silencio unos segundos.
—Brooke.
—¿Qué?
—Te he invitado a salir ocho veces.
—Nueve, si contamos aquella vez que intentaste hacerlo durante una reunión presupuestaria.
—Sigo pensando que habría sido una excelente cita.
—Y yo sigo pensando que debes seguir contemplando la sombra de Mercy y dejarme en paz.
Adrien apoyó un brazo sobre la mesa.
—¿Nunca te has preguntado por qué sigo insistiendo?
Lo observé unos segundos.
—Porque eres atractivo y nadie te enseñó a aceptar un rechazo.
Adrien sonrió.
—Esa es una posibilidad.
Hizo una pequeña pausa.
—O quizá porque eres la única mujer que me mira como si fuera un inconveniente administrativo.
—Lo eres.
—Dame una oportunidad.
—Te daré la oportunidad de levantarte de mi mesa antes de que utilice un tacón como argumento persuasivo.
Adrien se puso de pie.
—Algún día aceptarás.
—No. Déjame disfrutar de mis victorias.
Él sonrió otra vez.
—Ya veremos.
《Adrien no era tan tonto. Había comprendido cuándo retirarse. Aunque tampoco podía culparlo.
Algunas personas tardaban meses en superar el impacto de conocerme.》
Volví a observar mi reloj.
《Maldito Jesse, no es como si fueras por la calle y encontraras a una mujer como yo.
Tengo unas piernas increíbles.
Huelo delicioso, huelo a flores más caras que el sueldo mensual de algunas personas.
Dirijo una división completa.
Soy inteligente.
Y, francamente, sería ofensivo fingir que no soy extraordinaria.》
Dejé de mirar el reloj.
Dispuesta a indignarme exactamente treinta segundos más.
Y entonces...
allí estaba él.
Por un instante permaneció en silencio.
Podía imaginar exactamente lo que estaba a punto de decir.
Así que me adelanté...
—Y aquí es donde dices: La impuntualidad es el privilegio de los prodigios.
Jesse no respondió, solo estiró su mano; tenía una margarita amarilla.
La colocó detrás de mi oreja izquierda. Lo hizo con cuidado; sabía que lo asesinaría si arruinaba mi cabello.
—Felicidades —dijo finalmente—. No todos los días vences a Jesse.
—Tu maldita flor mediocre.
Tomé mi bolso y se lo aventé.
Jesse ya sabía lo que pasaría.
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Editado: 11.06.2026