Episodio Número 3: Noche de Historias
—¡Pelusa, por favor, para!
Emilio intenta no lastimar a su gato, un fiel amigo que lo acompaña desde hace muchos años… el cual ahora intenta matarlo sin piedad alguna. Emilio intenta pensar rápido, pero lo único que se le ocurre es la ventana.
Así, agarrando valor, se despide de su fiel compañero… Pelusa, diciéndole adiós por última vez.
—Adiós, Pelusa… por favor, te pido que me perdones.
Mientras lo arroja por la ventana del segundo piso, este cae, siendo un golpe seco y sin ruido. Emilio logra ver cómo se le rompe el cuello y partes de las patas, pero esa cosa se levanta como si nada y sale huyendo hacia otro sitio, perdiéndose en todo el caos de la ciudad.
—Se… fue…
Emilio baja las escaleras y ve a Sofy tratando la herida de su padre en la cocina.
—Oye Emilio, ¿por qué saliste corriendo así? Parecías estar desesperado.
—Nada… solo me preocupé por ver todo desordenado. Pensé que una de esas cosas hubiera entrado.
—Fue una idea bastante idiota, ¿lo sabes, no? Además, ¿quién era esa “Pelusa”?
—Nada… prefiero no hablar de eso.
—Oye chico, dijiste que esta era tu casa, ¿no? —dice José, metiéndose en la charla.
—Sí, la heredé de mis padres cuando murieron en un accidente de auto.
—Oh… es una pena.
—Sí… no lograron ver el camión que venía desde una intersección.
—¿Son ellos? —pregunta Sofy, señalando el cuadro de la pared.
Emilio se queda mirando con seriedad el cuadro, mientras momentos felices vienen a su mente.
—¿Emilio, estás bien? —pregunta José, preocupado al verlo en ese estado.
—Ehhh sí, sí… estoy bien. Pero bueno, cambiemos de tema.
—Bueno, ¿de qué te gustaría hablar?
—No sé, por ejemplo: ¿qué hacían allí escondidos? Este barrio es muy pequeño y sus caras no me suenan conocidas.
—Venimos de la ciudad —contesta José—. Nos estábamos por mudar aquí por problemas financieros, pero… justo pasó todo esto cuando íbamos a mitad de camino por la ruta.
—¿La que está al sur o al norte? —pregunta Emilio.
—La del norte, por eso tardamos tanto en llegar aquí, y en el camino me lastimé la pierna con una de las trampas de esas cosas.
—¿Trampas?
—Sí, son como una especie de jaula para osos, nada más que con tecnología alien.
—Espera… entonces, ¿vinieron en algún vehículo? Porque desde el pueblo al norte hay, como mínimo, unas semanas de viaje.
—Teníamos uno, pero se le arruinó el motor y nos quedamos sin gasolina —responde José.
—Creo que no muy lejos de acá hay un taller con partes de autos. Si hay suerte, podríamos obtener piezas nuevas y arreglarlo.
—Sí, pero ¿de qué nos serviría?
—Mirá, si mi memoria no falla, en la tele, momentos antes de que las centrales eléctricas dejaran de funcionar, logré ver que al sur y un poco al este se encuentra una base militar lo suficientemente grande como para resguardar a millones de personas.
—¿Una base militar? —pregunta Sofy, sorprendida—. ¿Cómo el gobierno logró anticiparse a todo esto?
—Yo también me preguntaba lo mismo, pero después simplemente pensé que ya estaba construida por si había algún conflicto con otro país.
—¿Una base militar, eh? Bueno, está decidido: conseguiremos el motor y la gasolina para el auto, y nos iremos a esa base —dice José, levantándose de un salto de la silla, para luego caerse de nuevo.
—¡Papá, ten más cuidado!
—Sí que tenés energía, eh? Jajajaja.
Después de una larga noche de charlas e historias mutuas, decidieron irse a dormir: José y Sofy en la cocina y Emilio en su habitación.
Antes de cerrar los ojos, Emilio mira la ventana por donde había tirado a Pelusa, finalmente diciendo:
—Pelusa… espero que, aun siendo un alien, seas feliz donde sea que estés.
Finalmente, cierra los ojos, no sin antes soltar una lágrima por su primer mejor amigo: Pelusa, su gato
Editado: 21.12.2025