POV THOMAS
Dicen que los trece años es la peor edad del mundo. Estás atrapado en un punto medio donde ya no eres un niño que juega con coches de plástico, pero tampoco tienes la menor idea de lo que significa ser un adulto. Tu cuerpo empieza a cambiar, tu voz te traiciona en los momentos menos oportunos y, de repente, las personas que te rodean empiezan a dividirse en bandos. Chicos por un lado, chicas por el otro.
Para mí, esa regla nunca había existido. Al menos no hasta esa noche.
La casa de Chloe estaba repleta de adolescentes de nuestro instituto. Había música alta sonando desde unos altavoces en el salón, luces de colores parpadeando contra las paredes y un olor penetrante a palomitas de maíz y refrescos baratos. Yo estaba sentado en un extremo del sofá, con un vaso de plástico entre las manos, deseando estar en cualquier otra parte. Miré el reloj de la pared. Eran casi las diez de la noche de un sábado. A esa misma hora, en condiciones normales, Mía y yo deberíamos estar tirados en la alfombra de su salón, discutiendo por ver quién se había comido el último puñado de chocolate mientras empezaba alguna película de terror de los años noventa. Era nuestra tradición. Nuestra ley inquebrantable desde que teníamos uso de razón.
Pero las madres de ambos habían insistido en que debíamos "socializar". Y ahí estábamos.
Mía estaba sentada a unos pocos metros de mí, sobre una alfombra, rodeada por tres chicas de su clase. Llevaba un vestido azul sencillo que su madre le había comprado para la ocasión y el cabello recogido en una coleta alta de la que ya se habían escapado varios mechones. Se la veía tan incómoda como yo. Cada vez que alguien se reía demasiado fuerte, ella encogía los hombros y jugaba con el borde de su vaso. Quise levantarme, sentarme a su lado y decirle que nos inventáramos un dolor de estómago colectivo para salir corriendo de allí, pero no me atreví. Una extraña timidez, un muro invisible que no existía una semana atrás, empezaba a crecer entre nosotros.
—¡Bueno, ya basta de música! ¡Vamos a jugar a algo de verdad! —gritó un chico del equipo de fútbol, arrastrando una botella de plástico vacía hacia el centro del círculo que se había formado en el suelo.
El anuncio fue recibido con gritos y empujones. Sabía perfectamente de qué se trataba. Era el juego que todos usaban en las fiestas para intentar conseguir su primer beso sin pasar por la vergüenza de pedirlo. Siete minutos en el cielo. Te encierran en un espacio oscuro con la persona que te toca y rezas para que el tiempo pase rápido o para que ocurra un milagro.
La botella empezó a girar sobre la madera del suelo, haciendo un ruido molesto que pareció durar una eternidad. La primera pareja entró al armario del pasillo entre burlas y aplausos. Luego la segunda. Yo seguía en el sofá, esperando que el juego terminara pronto para poder pedirle a mi madre que pasara a buscarnos.
Entonces, la botella giró por cuarta vez. El ritmo disminuyó poco a poco hasta que la boquilla apuntó directamente en mi dirección.
—¡Walker! Te toca —gritó alguien.
Sentí una oleada de calor en el cuello. Dejé el vaso en la mesa dispuesta a negarme, pero la botella volvió a girar para buscar a mi acompañante. Cruzó frente a Chloe, pasó de largo a las chicas del fondo y se detuvo, de forma milimétrica, apuntando hacia los pies de Mía.
El salón se quedó en silencio por un segundo, seguido de una carcajada general.
—¡No vale, ellos no! —protestó uno de los chicos—. Son como hermanos. Viven pegados desde bebés. Es aburrido.
—Las reglas son las reglas —intervino Chloe, con una sonrisa maliciosa—. Al armario. Siete minutos.
Mía levantó la vista y me miró. Tenía los ojos abiertos de par en par, llenos de pánico. Yo me puse de pie mecánicamente, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón para ocultar que me estaban temblando. Ella hizo lo mismo, acomodándose el vestido azul con un gesto nervioso. Caminamos hacia el pasillo bajo las bromas de los demás, que nos daban palmaditas en la espalda y nos decían que no nos peleáramos allí dentro.
Alguien abrió la puerta del armario de los abrigos, nos empujó suavemente hacia el interior y la cerró a nuestras espaldas. El sonido de la cerradura al encajar nos dejó en una oscuridad absoluta.
El espacio era minúsculo. Olía a madera, a ropa limpia y al perfume floral que Mía se había puesto esa tarde. Estábamos tan juntos que mi pecho rozaba el suyo cada vez que uno de los dos respiraba.
—Esto es ridículo —susurró Mía en la oscuridad. Su voz sonó pequeña, temblorosa—. Podríamos haber dicho que no.
—Ya conoces a los idiotas de la clase —respondí, intentando que mi voz sonara firme, aunque el corazón me golpeaba las costillas con una fuerza salvaje—. Si nos negábamos, nos lo recordarían todo el año.
—Sí, supongo.
Pasó un minuto. Quizás dos. El silencio entre nosotros se volvió denso, pesado, completamente diferente al silencio cómodo que compartíamos cuando estudiábamos en su habitación. Podía escuchar su respiración acelerada y notar el calor que desprendía su piel. De repente, el armario se sintió demasiado pequeño. El aire empezó a faltar.
—Thomas —dijo ella, y por la dirección de su voz supe que había levantado la cabeza hacia mí—. Hay que hacerlo.