Los sábados que perdimos

CAPÍTULO 1: Los sábados de película

El segundero del reloj de mi escritorio avanza con una lentitud que me parece un insulto. Son las nueve de la noche de un sábado. Hace cuatro años, a esta misma hora, mi mayor preocupación era decidir si las palomitas llevaban demasiada mantequilla o si la película de terror que Thomas había elegido nos dejaría dormir por la noche. Ahora, mi única realidad es el roce áspero de la resina en las cerdas de mi arco y el dolor sordo en mis dedos tras pasar cinco horas seguidas pegada al violín.

Ajusto el instrumento bajo mi barbilla y obligo a mis hombros a relajarse. Intento concentrarme en los compases más difíciles de Bach, la pieza que tengo que enviar en vídeo para la preselección de Juilliard. Si consigo esa beca, tendré un billete de ida a Nueva York. Dejaré atrás este pueblo, las expectativas de mi madre, los pasillos del instituto y, sobre todo, los recuerdos que amenazan con ahogarme cada vez que bajo la guardia.

Paso el arco sobre las cuerdas. Las notas llenan la habitación, limpias y precisas, pero no tardan en ser aplastadas por un ruido que viene desde el exterior.

Risas. Música con demasiados graves. El eco sordo de vasos de plástico chocando entre sí.

Me detengo a mitad de una nota, dejando que el sonido del violín muera de forma abrupta. Cierro los ojos, apretando los dientes. No necesito mirar para saber qué está pasando. Sé perfectamente lo que hay al otro lado del cristal.

Camino hacia la ventana arrastrando los pies, odiándome a mí misma por no ser capaz de ignorarlo. Con la punta de los dedos, aparto apenas unos centímetros de la cortina de encaje. La casa de los Walker está justo enfrente, separada de la mía por apenas un estrecho jardín y la acera intermedia. Desde mi posición, tengo una vista perfecta de su patio trasero.

Hay luces amarillas colgadas entre los árboles. Un grupo de chicos del equipo de fútbol americano rodea una barbacoa, empujándose entre risas. Y ahí está él.

Thomas.

Lleva una sudadera gris holgada con el escudo del instituto y tiene el cabello castaño un poco despeinado, como siempre. Está apoyado contra la barandilla del porche, con un vaso en la mano, escuchando algo que uno de sus amigos le dice. Se ríe. Es una risa ligera, la misma que usa en los pasillos de la escuela, esa fachada de chico popular y seguro de sí mismo que ha construido con tanto esmero en los últimos años.

Antes de que pueda apartar la mirada, una chica se acerca a él por la espalda. Es Chloe. Lleva unos vaqueros ajustados y una sonrisa perfecta de catálogo. Rodea la cintura de Thomas con sus brazos y apoya la barbilla en su hombro. Thomas no se aparta. Se gira despacio, le dice algo al oído que hace que ella suelte una carcajada y luego le da un beso rápido en la mejilla.

Siento una punzada fría en el centro del pecho. Un nudo familiar y molesto que se instala en mi garganta.

—Es ridículo, Mía. Ya pasaron cuatro años —me repito en voz baja, soltando la cortina de golpe para que la tela vuelva a cubrir el cristal.

Me apoyo de espaldas contra la pared de mi habitación, respirando hondo. Intento convencerme de que no me importa, de que Thomas Walker es solo el vecino de enfrente con el que comparto un pasado lejano. Pero la mentira me sabe amarga. Duele admitir que el chico que solía ser mi sombra, el que conocía cada uno de mis miedos y mis manías, ahora es un extraño que da fiestas en su jardín mientras yo me encierro a tocar el violín en la oscuridad.

Todavía recuerdo el sabor de la humillación de aquella noche a los trece años. El espacio diminuto del armario de los abrigos, el olor de su colonia barata mezclado con el aire pesado, y la forma tan brusca en la que se apartó de mí tras nuestro primer beso. Sus palabras siguen grabadas a fuego en mi mente: "Me da asco pensar en ti de esa manera".

Él nunca volvió a pedir disculpas. Yo nunca volví a buscarlo. Levantamos un muro de hielo tan grueso que, con el tiempo, simplemente olvidamos cómo cruzarlo. Él se convirtió en la estrella del fútbol; yo me refugié en la música y en mis estudios, decidida a desaparecer antes de que alguien más pudiera romperme.

Suelto un suspiro largo y me acerco a mi escritorio para recoger las partituras que han quedado desordenadas. Al mover uno de los libros antiguos de teoría musical, un pequeño trozo de papel se desliza desde el interior y cae sobre la alfombra, boca abajo.

Me agacho para recogerlo. Al darle la vuelta, mi corazón da un vuelco.

Es una foto instantánea, un poco desgastada por los bordes. En ella aparecemos Thomas y yo, sentados en el suelo de este mismo cuarto. Llevamos puestas unas sábanas viejas atadas al cuello a modo de capas de superhéroes y unas gafas de plástico gigantes de colores chillones. Thomas tiene el brazo pasado sobre mis hombros, apretándome contra él mientras saca la lengua a la cámara, y yo me río con una espontaneidad que ya no reconozco en mi reflejo.

En la esquina inferior, escrita con mi propia letra y un rotulador negro que ya se ha borrado un poco, está la fecha.

Hago la cuenta mentalmente y siento un vacío repentino en el estómago. Fue hace exactamente dos años que dejamos de tomarnos fotos. Dos años desde la última vez que compartimos un bol de palomitas. Dos años desde que nuestra tradición inquebrantable se convirtió en un simple recuerdo que me acompaña a solas los sábados por la noche.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.