Cierro la puerta de casa y paso el cerrojo. El silencio de la cocina me cae encima como una losa. Mis amigos se fueron hace un rato y acabo de dejar a Chloe en su coche. En el aire todavía flota el olor a barbacoa y esa sensación agotadora de haber estado fingiendo que me lo estaba pasando de puta madre durante horas.
Me quito la sudadera de un tirón, la tiro sobre una silla y subo las escaleras a oscuras. No enciendo la luz de mi cuarto. No me hace falta. Me muevo por inercia hacia el ventanal que da al jardín lateral.
Nuestras casas están tan cerca que el jardín intermedio es casi un suspiro. Y ahí, justo al otro lado del césped oscuro, está su ventana.
Esta noche el calor es insoportable. Mía tiene la ventana abierta de par en par y las cortinas recogidas. Está de pie, de perfil, con el violín apoyado en el hombro. Al no haber cristales de por medio, la melodía cruza el aire y llena mi habitación.
Es una música lenta, de las que duelen.
Me pego al cristal de mi ventana, con la respiración contenida. Verla tocar siempre me desarma. Me frustra no entender en qué momento exacto se rompió lo nuestro. Sé que fui un idiota a los trece años en aquel armario, pero se suponía que éramos inseparables. Se suponía que íbamos a superarlo. En cambio, ella empezó a alejarse, a levantar un muro cada vez más alto, hasta convertirme en un enemigo. Yo solo quería proteger nuestra amistad, y terminé perdiéndola por completo.
De repente, la música se detiene. El arco se queda suspendido en el aire.
Mía exhala un suspiro cansado que llega hasta mis oídos y, como si sintiera mi mirada, gira la cabeza hacia mi ventana.
Intento dar un paso atrás para esconderme en las sombras de mi cuarto, pero es tarde. Me ha visto. Nuestros ojos se cruzan en la penumbra del jardín.
El corazón me da un vuelco salvaje. Mía me sostiene la mirada. No hay rabia en su cara, solo una expresión cansada y vulnerable que me oprime el pecho. Es la misma chica con la que compartía mantas y secretos cada sábado.
Pasan los segundos y ninguno se mueve. Despacio, coloco la mano sobre el pestillo de mi ventana y la deslizo hacia arriba. El chirrido de la madera rompe el silencio de la noche.
Mía no se asusta. No se aleja. Se queda ahí, mirándome con los labios entreabiertos.
Abro mi ventana por completo. El aire cálido de la noche nos une. Siento un impulso estúpido de hablar, de romper estos años de hielo con cualquier tontería, de pedirle que me deje subir a su habitación. Apoyo las manos en el marco, inclinándome hacia delante.
Mía da un paso casi imperceptible hacia su propio marco. Sus dedos se aferran a la madera. Está esperando algo. Lo noto en la tensión de sus hombros.
Justo cuando voy a pronunciar su nombre, mi mesita de noche se ilumina.
Bzz-bzz.
El teléfono vibra con fuerza. El destello de la pantalla brilla con agresividad en la penumbra de mi cuarto, iluminándome la cara con una fría luz azul.
Mía se tensa al ver el reflejo en mi rostro. No necesita ver la pantalla para saber quién llama a estas horas. Esa luz es el recordatorio perfecto de que tengo novia, de que mi presente le pertenece a otra persona y de que ella ya no existe en mi vida.
En un segundo, la vulnerabilidad de sus ojos desaparece, devorada por una máscara de fría indiferencia.
Antes de que pueda reaccionar, Mía da un paso atrás, agarra el marco de su ventana y la cierra con un golpe seco. Las cortinas de encaje caen, ocultándola por completo.
Me quedo helado, con el aire colándose en mi habitación y la mano aún en el pestillo.
Arrastro los pies hacia la cama y cojo el móvil. Es un mensaje de Chloe.
«¿Me extrañas ya? Me encantó tu beso de antes. Avísame cuando te vayas a dormir, guapo.»
Me siento en el borde de la cama, mirando la pantalla encendida. La culpa me muerde el estómago, pero mis ojos vuelven a desviarse hacia la ventana de al lado, ahora completamente a oscuras.
Apago el teléfono, lo dejo boca abajo y me tumbo en la cama, deseando con todas mis fuerzas poder apagar también el dolor que me quema en el pecho.