Los sábados que perdimos

CAPÍTULO 3: El interrogatorio del desayuno

La mañana del domingo arranca demasiado temprano y con un ruido ensordecedor. No llevo ni diez minutos despierta cuando la puerta de mi habitación se abre de golpe.

—¡Arriba, Bennett! El deber nos llama y el café también —anuncia Susan, entrando como un torbellino.

Llevaba dos vasos gigantescos de su cafetería favoritay una sonrisa que me resulta insultante a estas horas de la mañana. Se tira a los pies de mi cama sin pedir permiso, me pasa uno de los vasos y se me queda mirando fijamente. Su expresión divertida cambia en un segundo a una de pura sospecha.

—Madre mía. Esas ojeras te llegan a los talones —dice, señalándome con el dedo—. No me digas que te quedaste tocando el violín hasta las tres de la madrugada.

—Tenía que repasar una parte de Bach —miento, dándole un sorbo rápido al café caliente para evitar su mirada.

—Ya, claro. Bach —Susan se pone de pie de un salto y camina con paso felino hacia mi ventana lateral. Aparta la cortina y mira descaradamente hacia la casa de al lado. Suelta una risita—. Qué curioso que la ventana del vecino esté completamente abierta hoy. Y qué curioso que anoche hubiera una fiesta ahí abajo. ¿Segura de que fue Bach lo que te quitó el sueño, Mía?

—Susan, cállate —le pido, sintiendo cómo el calor me sube a las mejillas—. No pasó nada.

—A mí no me mientes. Te conozco desde los seis años. Sé perfectamente cuándo estás ocultando algo y cuándo tienes cara de haber estado suspirando por el cavernicola de al lado.

—No suspiro por nadie —respondo, saliendo de la cama y empujándola suavemente hacia la salida del cuarto—. Vamos abajo. Necesito comer algo real si quieres que sobreviva a tus teorías conspirativas.

Bajamos las escaleras en silencio, pero al llegar a la cocina, nos detenemos en seco.

Sentadas a la mesa, rodeadas por el olor a café recién hecho y tostadas, están mi madre y Sarah, la madre de Thomas. Son mejores amigas de toda la vida, así que verlas juntas un domingo por la mañana no debería sorprenderme, pero hoy mi estómago se aprieta al ver a Sarah allí.

—¡Buenos días, chicas! —nos saluda mi madre con entusiasmo—. Qué bueno que bajan. Sarah trajo croissants de la panadería del centro.

—Hola, Susan. Hola, Mía, cielo —dice Sarah con esa sonrisa dulce que siempre me ha recordado tanto a la de su hijo. Me mira con cariño—. Estás muy alta, de verdad. Y mírate esas ojeras. Helen, esta niña trabaja demasiado con ese violín.

—Se lo digo todo el tiempo —suspira mi madre, sirviéndonos zumo.

Susan me da un codazo disimulado bajo la mesa y yo le clavo una mirada asesina mientras me siento. Justo cuando voy a morder una tostada para evitar hablar, tres golpes suaves resuenan en la puerta principal de la casa.

Sarah se da un golpe en la frente.

—¡Ay, debe de ser Thomas! —dice, buscando en su bolso—. Le presté mi coche porque el suyo está en el taller, y con las prisas me traje las llaves en el bolso sin darme cuenta. Las dejé en el mueble del recibidor al entrar. Mía, cariño, ¿le abres y se las das? Tengo las rodillas destrozadas de limpiar el jardín esta mañana.

El trozo de tostada se me queda atascado en la garganta. Susan me mira con los ojos abiertos de par en par, conteniendo una carcajada.

—Claro —digo, intentando que mi voz suene lo más normal posible.

Me pongo de pie, cojo el juego de llaves metálico del mueble del pasillo y camino hacia la entrada. Respiro hondo antes de apoyar la mano en el pomo. Sé borde, Mía. No demuestres nada. Él tiene novia. No dejes que vea que te importa.

Abro la puerta de golpe.

Thomas está de pie en el porche. Lleva unos pantalones deportivos grises y una camiseta blanca básica que le queda jodidamente bien. Tiene el cabello castaño revuelto, señal de que se acaba de levantar, y los ojos un poco achinados por el sol de la mañana. Al verme, su postura tensa se relaja al instante y me dedica una sonrisa suave, de esas que hacen que se le marquen unos pequeños hoyuelos en las mejillas.

—Hola, Mía —dice en voz baja. Su tono es tan cálido que me da rabia.

—Tus llaves —le digo, sin saludar, extendiendo el brazo con brusquedad para dejar el llavero entre nosotros.

Thomas mira las llaves y luego me mira a mí. En lugar de cogerlas rápido e irse, da un paso adelante, acortando la distancia. Huele a limpio, a jabón y a esa colonia que reconozco desde hace años.

—Gracias —murmura. Sus dedos rozan los míos al coger el llavero, y una corriente eléctrica me recorre el brazo. Él no aparta la mano de inmediato—. No dormiste bien anoche, ¿verdad?

Su mirada se posa en mis ojos con una preocupación tan genuina que me desarma por un segundo. No hay rastro del chico popular y distante del instituto; es solo Thomas, mirándome como si fuera lo más importante de su mañana.

—Dormí perfectamente —respondo con frialdad, cruzándome de brazos y dando un paso atrás para alejarme de su toque—. No todos pasamos la noche de fiesta.

Thomas nota mi tono borde, pero no se molesta. Al contrario, su mirada se vuelve aún más suave. Intento cerrar la puerta, pero él pone la mano de forma delicada sobre la madera, deteniéndola sin hacer fuerza.




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