Un simple trozo de asfalto y un par de paredes bastan para cambiar las reglas del juego. Ayer, bajo el sol del domingo en mi porche, Thomas era el chico de ojos sinceros que intentaba descifrar por qué nos habíamos distanciado. Hoy, en el instituto, entre el ruido metálico de las taquillas y el eco de las conversaciones, es un completo desconocido.
Camino por el pasillo cargando una pila enorme de partituras y libros de armonía que amenazan con resbalar de mis brazos en cualquier momento.
Entonces, el ruido a mi alrededor disminuye.
A unos metros, junto a las taquillas de deportes, está el centro de atención. Thomas lleva puesta la chaqueta azul y dorada del equipo. Está rodeado por sus compañeros de fútbol, que gesticulan de forma exagerada recreando alguna jugada. Max está a su lado, riéndose con ganas.
Y, por supuesto, Chloe no se le despega. Tiene una mano apoyada en su pecho y lo mira como si fuera el único ser vivo sobre la tierra. Thomas sonríe de esa forma automática que reserva para el público.
De repente, como si sintiera mi mirada, Thomas gira la cabeza y sus ojos oscuros se clavan directamente en mí.
Me quedo helada a mitad de un paso. El pasillo parece volverse diminuto. Durante un instante estúpido, mi mente me traiciona y me pregunto si va a acercarse o a preguntarme por la audición. El corazón me da un vuelco tonto, un latido desesperado que detesto con todas mis fuerzas.
Pero no estamos en mi porche. Estamos en su terreno.
Thomas me hace un leve e impersonal gesto con la cabeza. Un saludo rápido, el tipo de reconocimiento que le darías a un conocido de clase del que ni recuerdas el apellido. Ninguna sonrisa. Ninguna calidez. Solo un movimiento de barbilla frío.
—Thomas, ¿me estás escuchando? —La voz de Chloe interrumpe el momento, pegándose más a él. Él vuelve la cabeza hacia ella de inmediato.
Siento una punzada helada en el estómago. Me obligo a fingir una sonrisa rápida, por si alguien me está mirando, y desvío la vista hacia el suelo antes de acelerar el paso.
La amargura me llena la boca mientras avanzo a toda prisa. Odio que me afecte tanto la facilidad con la que cambia según dónde nos encontremos.
Hace unos años, las cosas eran tan distintas. Recuerdo el primer día de secundaria, cuando alguien nos preguntó si éramos novios por lo pegados que andábamos siempre. Yo me reí, le di un golpe juguetón en el hombro y respondí sin dudar:
—¿Él? No, qué va. Es mi casi hermano. Viven pegados desde bebés y nos conocemos todo.
En ese momento, Thomas se quedó callado. Recordar la expresión de su rostro en aquel instante, una extraña mezcla de dolor y desconcierto, me hace querer volver en el tiempo y darme un golpe a mí misma. Fui tan ciega. Y ahora me burlo de mi propio cerebro por seguir dándole vueltas a recuerdos muertos mientras él está allí atrás, dejándose querer por Chloe sin un solo rastro de preocupación. Los celos son una emoción ridícula, y me molesta soberanamente que Thomas Walker siga teniendo el poder de provocármelos con un simple y frío movimiento de cabeza.
Absorta en mi propia cabeza, doblo la esquina del pasillo de música sin mirar a dónde voy.
Mi hombro choca con fuerza contra el cuerpo de alguien que venía en dirección contraria.
El impacto me pilla desprevenida. Suelto un quejido ahogado mientras pierdo el equilibrio. La pila de partituras se me escapa de los brazos y una tormenta de hojas blancas sale disparada en todas direcciones, esparciéndose por el suelo.
—¡Lo siento muchísimo! —exclamo al instante, arrodillándome en el suelo. Siento las mejillas encendidas de pura vergüenza—. De verdad, iba distraída, qué torpe soy.
—No, no te preocupes. La culpa ha sido mía, yo tampoco venía mirando —responde una voz masculina, suave y con un tono de sincera disculpa.
Antes de que pueda alcanzar la primera hoja, veo que unas manos ajenas ya se están moviendo con una rapidez increíble, agrupando mis partituras con cuidado de no doblar las esquinas. Levanto la vista.
Frente a mí hay un chico al que no he visto jamás en el instituto. Tiene el cabello castaño claro, un poco revuelto, y unos ojos verdes muy expresivos que me miran con simpatía. Lleva una mochila negra colgada de un hombro y una chaqueta de punto gris, completamente diferente al uniforme de deportista que inunda el otro pasillo.
Me extiende el montón de partituras ya ordenadas con una sonrisa amable.
—Creo que esto es tuyo —dice en voz baja, echando un vistazo al título de la hoja superior—. Una pieza bastante compleja para empezar un lunes por la mañana. Bach no es precisamente un paseo por el parque.
Me quedo muda por un segundo, sorprendida de que reconozca la partitura de un solo vistazo. Acepto los papeles y nuestros dedos se rozan levemente.
—Gracias —consigo decir, poniéndome de pie mientras él hace lo mismo—. Y... gracias por la ayuda. Menos mal que no se han roto. Soy Mía.
El chico ensancha su sonrisa y me ofrece la mano.
—Un placer, Mía. Yo soy Matt. Matt Sullivan. Soy nuevo por aquí, acabo de transferirme esta semana, así que si me ves chocando contra la gente, ya sabes que es mi estado natural.