Los sábados que perdimos

CAPÍTULO 5: El terapeuta del vestuario POV THOMAS

El olor a humedad, cuero y desinfectante de los vestuarios suele ser el único lugar donde consigo apagar el ruido de mi cabeza. Aquí dentro solo importa el siguiente partido, la siguiente jugada, el peso de las protecciones sobre los hombros. Pero hoy, ni siquiera el estruendo de los tacos metálicos contra el suelo o los gritos de los chicos del equipo consiguen sacarme del pozo.

Estoy sentado en el banco de madera, con las rodilleras a medio ajustar y los ojos clavados en el fondo de mi taquilla metálica. Completamente ido.

Todavía noto en la palma de la mano el roce de sus llaves del domingo. Y, sobre todo, sigo dándole vueltas al portazo en las narices que me dio en su porche y a la forma tan jodidamente fría en la que me miró esta mañana en el pasillo. Sé que fui yo quien saludó primero con un simple gesto de cabeza, pero lo hice porque Chloe me tenía rodeado con los brazos y no quería montar una escena en público. No quería complicar más las cosas. Al final, lo único que conseguí fue que Mía me regalara una sonrisa forzada que me dolió más que un placaje a traición.

—Oye, Walker. Si sigues mirando esa taquilla con tanta intensidad, vas a terminar abriéndole un agujero con la mente.

Una sombra se proyecta sobre mí. Levanto la vista de mala gana y me encuentro con Max. Se deja caer en el banco a mi lado con un golpe seco, cargando su casco bajo el armazón del brazo. Me mira de reojo, con esa sonrisa sarcástica que usa cuando sabe perfectamente que tengo la guardia baja.

—¿Qué pasa? —pregunto, obligándome a espabilar mientras tiro de los cordones de mis zapatillas con demasiada fuerza—. Estoy concentrado, eso es todo. El entrenador dice que los pases del viernes tienen que ser limpios.

—Sí, claro. Concentrado —Max suelta una risita burlona y se apoya de espaldas contra las taquillas—. Llevas diez minutos intentando abrocharte la misma bota, Thomas. A mí no me vendas la moto. Tienes esa cara de idiota que se te pone cada vez que la vecina de al lado te hace el vacío en los pasillos. ¿Qué pasó? ¿Te pintó la cara en su porche otra vez?

—No me pintó la cara nada —gruño, dándole un golpe al metal de la taquilla para cerrarla de golpe. El estruendo resuena en nuestra sección del vestuario—. Fui a buscar las llaves del coche de mi madre, coincidimos en la entrada y ya está. Está insoportable. Me trata como si fuera el malo de la película y yo no he hecho nada para merecer este hielo.

Max se cruza de brazos, perdiendo un poco el tono de broma, aunque mantiene esa mirada analítica que me molesta porque me conoce demasiado bien. Hemos crecido juntos, compartiendo banquillo y confidencias, y sabe exactamente dónde me aprieta el zapato.

—A ver, genio. Déjame entenderlo —dice, bajando la voz para que el resto del equipo no nos escuche—. Estás saliendo con Chloe, que es la capitana de las animadoras, le gustas a medio instituto, tienes el puesto asegurado el viernes y estás perdiendo la cabeza porque Mía Bennett no te ha sonreído esta mañana. ¿No te parece que estás jugando en el campo equivocado?

Suelto un suspiro pesado, dejando caer los hombros. El agobio de la presión del equipo, del partido que se viene y de la maldita farsa en la que se ha convertido mi vida social me cae encima de golpe. Me paso las manos por la cara, estirando la piel con frustración.

—No lo entiendes, Max —murmuro, con una desesperación silenciosa que me quema la garganta—. No es que no me haya sonreído. Es que no entiendo cómo pasamos de ser inseparables a esto. Ayer abrió su ventana, nos miramos en la oscuridad y... joder, sentí que por un segundo volvía a ser ella. Pero luego vibró mi teléfono, vio el brillo de la pantalla y me cerró la ventana en la cara de una forma tan fría que me congeló el pecho. No sé cómo romper este hielo. No sé qué decirle sin cagarla más.

Max me observa en silencio durante unos segundos. El ruido del vestuario parece lejano mientras él asiente despacio, procesando mis palabras.

—El problema, Thomas, es que tienes miedo —dice por fin, dándome un toque con el codo—. Tienes pánico a arriesgarte. Llevas años escondiéndote detrás de la fachada del chico popular, saliendo con chicas que no te importan una mierda solo para convencerte a ti mismo de que has pasado página. Y mientras tú juegas a los soldaditos, ella sigue con su vida. Estás tan obsesionado con no romper la tumba de su antigua amistad que vas a terminar quedándote sin nada.

—Solo quería proteger lo que teníamos —respondo en un hilo de voz, mirando mis propias manos—. Pensé que el tiempo lo arreglaría. Que volveríamos a hablar como antes de forma natural.

—Pues el tiempo se está acabando, Walker —sentencia Max, poniéndose de pie de un salto y colocándose el casco sobre la cabeza.

El pitido ensordecedor del silbato del entrenador resuena desde el pasillo, indicando que es hora de salir al campo de entrenamiento. El vestuario empieza a vaciarse rápidamente entre empujones y el estrépito de las protecciones chocando.

Me pongo de pie mecánicamente, agarro mi propio casco y sigo a Max hacia la boca del túnel que conecta con el césped exterior. La luz del sol de la tarde me ciega por un instante al salir al aire libre. El olor a hierba cortada y la inmensidad del campo deberían ponerme en modo partido, pero sigo teniendo la mente en otra parte.

Justo antes de entrar en la línea de formación para el calentamiento, Max se detiene en seco frente a mí. Me pone una mano firme sobre la protección del hombro y me da una palmada seca y sonora en el lateral del casco, obligándome a mirarlo fijamente a través de la rejilla.




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