Los sábados que perdimos

CAPÍTULO 6: Sincronía en el aula

El aula de música avanzada es el único rincón del instituto que no me resulta hostil. Huele a madera vieja, a barniz de instrumentos y a ese silencio expectante que solo existe antes de que comience una melodía. Entro a toda prisa, acomodándome la correa de la funda del violín en el hombro, todavía con las pulsaciones aceleradas por culpa del pasillo principal. Intento con todas mis fuerzas borrar de mi mente el frío saludo de Thomas y esa estúpida sensación de haber hecho el ridículo frente a su grupo.

Me muevo hacia mi asiento habitual en la segunda fila, dejando mis partituras de Bach sobre el atril metálico con un golpe un poco más brusco de lo necesario.

—Buenos días a todos —anuncia el profesor Harrison, aplaudiendo suavemente para llamar nuestra atención desde el centro del aula—. Antes de empezar con la teoría de hoy, tenemos una incorporación de última hora en el programa de cuerdas y teclado. Algunos ya se habrán cruzado con él.

Me giro por inercia hacia la entrada del aula justo cuando la puerta se abre de par en par.

Es Matt Sullivan. Lleva la mochila negra colgada de un hombro y esa misma sonrisa relajada y un poco canalla con la que me ayudó a recoger los papeles hace diez minutos. Al entrar, sus ojos verdes recorren el aula rápidamente hasta que se clavan en mí. Su sonrisa se ensancha un poco y me hace un sutil gesto de complicidad con las cejas.

Siento un cosquilleo extraño en el estómago, pero esta vez no es por nervios, sino por una sutil comodidad que me pilla desprevenida.

—Él es Matt —continúa el profesor—. Viene transferido de una escuela de artes en Chicago, y dado que nuestro plan de estudios ya está avanzado, he decidido asignarle su proyecto semestral de inmediato. Como saben, el dueto de evaluación final cuenta para el cincuenta por ciento de la nota de graduación. Matt estará a cargo del piano. Y su pareja será... Mía Bennett.

Me quedo congelada, parpadeando con sorpresa. ¿Matt? ¿Mi compañero?

—Sullivan, toma asiento al lado de la señorita Bennett —indica Harrison, señalando el pupitre vacío a mi izquierda—. Pueden usar los últimos treinta minutos de la clase para repasar la pieza asignada y ver cómo se acoplan.

Matt camina hacia mí con pasos tranquilos y se desliza en el asiento contiguo. Huele a una mezcla de aire fresco y café.

—Parece que el destino insiste en que compartamos a Bach, Mía —susurra en voz baja, inclinándose un poco hacia mí para que el profesor no lo escuche.

—Espero que seas tan bueno con las teclas como recogiendo partituras del suelo —respondo, intentando adoptar un tono borde para mantener mi distancia habitual, aunque la verdad es que me cuesta borrar la sonrisa de mi propia cara.

—Te aseguro que soy mucho mejor con el piano. Chocar contra la gente es solo mi pasatiempo secundario.

Media hora más tarde, el profesor nos da permiso para acercarnos al gran piano de cola que preside el fondo del salón. Me coloco el violín bajo la barbilla, acomodando el arco, mientras Matt se sienta en el taburete de madera y estira los dedos sobre las teclas blancas y negras con una familiaridad absoluta.

—Empecemos desde el segundo movimiento —sugiere Matt, ajustando la partitura frente a él—. Yo marco el tempo. ¿Lista?

Asiento con la cabeza. Matt presiona las primeras teclas y las notas del piano inundan el aula, profundas, limpias, con una precisión matemática que me deja sin aliento. Espero mi entrada y paso el arco por las cuerdas del violín.

Lo que pasa a continuación me asusta.

La música fluye de una manera ridículamente natural. No hay baches, no hay tropiezos técnicos. Matt lee mis movimientos a la perfección; disminuye la intensidad del piano cuando el violín necesita brillar y me empuja con fuerza en los acordes más complejos. Por primera vez en todo el instituto, no me siento juzgada, ni observada como la chica rara que prefiere encerrarse a ensayar antes que ir a los partidos de fútbol. Matt entiende el lenguaje de la música exactamente igual que yo.

Mientras tocamos, el contraste me golpea la mente de forma inevitable. Con Thomas, todo en mi vida se ha vuelto una constante batalla de silencios, indirectas, orgullo y malentendidos dolorosos. Con Thomas, estar cerca significa caminar sobre un campo de minas. Con Matt, en cambio, este momento se siente ligero, seguro, predecible. Una bocanada de aire fresco que no sabía que necesitaba.

Terminamos el compás final en una sincronía perfecta. El eco de la última nota muere despacio en el aula vacía, ya que el resto de los alumnos ha empezado a recoger sus cosas para el almuerzo.

Me bajo el violín del hombro, respirando un poco agitada, y miro a Matt. Él aparta las manos del teclado y se gira hacia mí, con los ojos verdes brillando de puro entusiasmo.

—Joder, Mía —dice, soltando una risa limpia—. Sabía que eras buena por las partituras que llevabas, pero tocas increíble. Tienes una sensibilidad brutal en el arco.

Siento que el calor me sube a las mejillas, pero esta vez no intento ocultarlo.

—Tú tampoco lo haces nada mal, Sullivan —bromeo, guardando el violín en su estuche—. Me has ahorrado tener que arrastrar la pieza yo sola.

—Haces que valga la pena haberme mudado a este pueblo aburrido —responde él, poniéndose de pie y colgándose la mochila al hombro—. ¿Vamos al comedor? Me vendría bien que mi compañera de dueto me guíe para no terminar comiendo en los baños.




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