Los Sallow

Capitulo 1.

ARIA SALLOW

–Señorita Sallow ¿Cómo se encuentra? Recuerde que hoy es la reunión con las mafias –la sirviente hace una pausa– El Señor Fausto, decidió que hoy lo acompañara a la reunión –vuelve a hacer otra pausa, con eso entra a la habitación–

Me quedo a la par de la vitrina dorada, ahí se encontraba mi dulce Princesa –Una Taipán Interior, una de mis serpientes favoritas– estaba acostada, enrollada en un tronco descansando, la sirviente dejó el té en la mesa de la esquina, junto a un libro que tenía abierto. Cuando nota que la observo, rápidamente quita la mirada y sale de la habitación.

Con eso tomo un respiro, me paso las manos por el cabello. Aria... hay que tranquilizarnos, debes tener paciencia, paz y tranquilidad. Recuerda mantener la máscara de una familia común y corriente... sin nada de poderes, ni de trabajos ilícitos.

Me siento en el sofá que daba al frente de la vitrina, el té se encontraba en la mesita del frente, mi libro se encontraba abierto a la par, justamente en ese capitulo mataban a alguien, daban una explicación detallada, eso me agradaba, me daba nuevas ideas de cómo torturar a mis víctimas —debo aclarar, son buenos explicándolo, eso me sorprende—.

Vuelvo a escuchar el sonido de mi puerta, no contesto... pasa poco tiempo y con eso entra, era la misma sirviente de antes.

–Señorita Sallow, debe alistarse para acudir a la reunión –veo donde hace una pausa– ¿Quiere que le aliste el baño?.

–Claro alístalo, por favor ponle una esencia de jazmín por favor y enciende las velas. –digo sin levantar la vista de mi libro.

Con eso la sirviente se desaparece por la puerta del baño, se escucha el ruido de la tina llenándose, rato después llega el aroma de jazmín hasta el cuarto. La sirviente sale dejando la puerta abierta para cuando quiera entrar.

–Disculpe, señorita Sallow, –veo donde juega con sus manos–, El señor Sallow, quiere que use un vestido negro.

Asiento con la cabeza, pensando en cuál podría ponerme.

–Anabeth, ve a escogerme el vestido, –hago una pausa, haciendo que cada palabra mía se sienta pesada–, algo sencillo, pero que tenga presencia.

Anabeth asiente con la cabeza, se dirije a mi clóset tras una puerta, buscando la ropa.

Me dirijo al baño, al entrar me recibe el aroma a jazmín que le pedí, había encendido las velas. Era un lugar relajante y acogedor, lo que prefiero, el poder disfrutar de un baño tranquilo.

Luego de un tiempo salgo encontré el vestido tendido en la cama con los tacones y lo demás. Era algo hermoso –claramente, tengo gustos fascinantes– un vestido negro largo, la espalda era descubierta y un mínimo corte en el muslo.

Anabeth me ayuda con mínimas cosas, al peinarme y maquillarme, fue un estilo sencillo, no tanto maquillaje, pero lo necesario.

Le agradecí a Anabeth con una pequeña sonrisa y ella se desapareció tras la puerta, me quedo un rato más, sentada en el balcón.

Veo que son las tres de la tarde, me levanto y me dispongo a salir, para encontrarme con mi hermano –Fausto–.

Lo encontré, de pie en el marco de la puerta, vestía de traje negro, combinaba con mi vestido.

–Hermana, hora de irnos. –hablo con una voz profunda y suave, aunque se siguió escuchando su tono autoritario.

Yo me dispongo a asentir con la cabeza y me dirijo a la par de Fausto quien me tendía el brazo.

Fuimos a las instalaciones –nombre del bar–, al entrar nos encontramos con varias personas más, o mejor dicho con las otras mafias de "La Red Sanguínea".

La Familia Notte, llevaba su característico color carmesí, luego me encontré a Los Kurohana, con su color rojo oscuro, por el otro lado se encontraban los Volk Syndicate con el color gris metálico –ellos nunca me han agradado–, luego nos encontramos con Los Hijos del Silencio con un color verde oscuro –antes de seguir viendo a los demás, inspeccionó a las cuatro mafias que he visto– más adelante logró ver a los The Hollow Crowm, llevaban puesto un color azul oscuro hermoso, de último vi a los Loto Carmesí, con ese color dorado que los hace destacar.

Respiro profundo, intentando mantener mi postura firme, acá todos eran altos, podían estar rondando el metro noventa –como Fausto–, los mexicanos son los únicos que pueden estar por el metro ochenta.

Fausto me dirije a nuestros asientos, aún me sostenía del brazo de él, sentía lo tenso que estaba, como si estuviera enfadado por algo. Intento andar con indiferencia, aunque me pongo alerta por si algo llegara a pasar.

No es que me importe lo que Fausto sienta o tema, pero comparto lazos de sangre con él, por eso me pongo alerta de lo que pueda pasar.

Siempre nos dijeron, entre más personas maten, más cerca de Lucifer estarán. Eso no lo entendí, hasta que fue demasiado tarde, cuando uno se acerca más... cuando hacemos lo que Lucifer quiere nos quita nuestra humanidad, nuestros sentimientos y emociones. Solo queda un cuerpo, diseñado para no sentir y solo matar.

Vi la mirada de todos hacia nosotros –o mejor dicho, hacia mi–, es la primera vez que me doy a presentar hacia las demás mafias, ellos nunca han creído que las mujeres puedan trabajar de esto.

–Probablemente piensan que eres mi esposa. –lo dijo con una voz suave para que solo yo escuchara.

Debo decir, eso es algo que no tiene sentido, sé que no me parezco a mi hermano, somos de diferentes madres. La mía pertenecía a la familia de Los Kurohana, mi padre fue el único que rompió la tradición, nosotros nos casamos con miembros de nuestra propia familia, mi padre no. Él prefirió casarse con mujeres fuera de la familia Sallow.

–Eso, ¿Sería algo bueno o malo? –preguntó con un tono de voz suave, pero fuerte. Para que solo me escuche Fausto.

No me responde enseguida, algo que no me llega a agradar, me gusta que contesten rápido.

–Bueno, así no estás en la mira de ellos.

Me quedo callada, escuchando todo y observando todo, mi hermano siempre ha llegado solo a estas reuniones, nunca le ha gustado que la demás familia se exponga a las demás.



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En el texto hay: thriller · suspense · acción

Editado: 09.09.2026

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