Los Secretos

32. Hace falta valor

—Sí —dijo mi madre sin desviar su vista de la carretera.

—¿No te sorprende?

—Algún día tenía que pasar.

—Pero…

Tomé aire. Llevaba años preparándome para su resistencia. Pero, de todos los escenarios que había recreado en mi cabeza, ninguno se parecía a este.

—¿Quieres hacerlo ya o en casa?

Por supuesto que quería hacerlo ya. Había despegado la venda y deseaba quitármela del todo, rascar la costra, limpiar la infección y curar. Pero, por mucho que mi estomago empujara, no quería que mi madre lo sintiera como una emboscada.

—En casa.

Hubo unos minutos de silencio.

—¿Cómo está Nadia? —dijo con total naturalidad.

—Bien. Te manda un abrazo…

—Qué maja. Tengo ganas de verla. ¿Está con alguien?

—No…

—¿Y tú?

—¡Mamá!

—¿Qué?

—Nada.

—¿Es pronto?

—Yo qué sé —susurré mirando por la ventana.

Entramos a casa y el aroma a tortilla de patata se sintió como un abrazo. Dejé las cosas en mi cuarto y eché un vistazo. Todo seguía igual que la última vez: pósters en el armario, peluches en la estantería y los apuntes de la carrera apilados en el escritorio. Abrí un cajón y emanó de su interior un olor a rancio que me provocó una mueca de desagrado.

«¿Qué hago con esto?», pensé.

Saqué sobres, folios doblados y post-its amarillos. Podía hacer una cronología de mi relación basada en esos papeles. Leí uno al azar.

«No hay nadie como tú. Qué suerte habernos encontrado. Te amo»

Noté una punzada y deseé que fuera la inyección con el antídoto al rencor. Mi rabia me decía que lo metiera todo en una bolsa de basura y la tirara con el desgarro de la protagonista de una película romántica. Y lo iba a hacer pero, de camino a buscarla, un pensamiento me atravesó: ¿y si tirando todo aquello estaba borrando una parte muy importante de mi historia?

—¿Crees que debería tirar esto? —le pregunté a mi madre con las manos llenas de papeles.

—¿Qué es? —disimuló.

—De Iñaki.

—¿Quieres hacerlo?

—No lo sé. ¿Es raro que me de pena?

—No. Son recuerdos bonitos…

—Y tristes…

—Ya

—No sé… ¿cuándo se pasa?

—¿La tristeza?

—No, la sensación de fracaso.

—Con el tiempo…

Me di cuenta de que ya no estábamos hablando de Iñaki.

—¿Cuánto tiempo te costó a ti? —dije comedida.

—Mucho.

Su mirada cristalizó.

Mis manos temblaban.

No quería hacerlo, no quería que ella sufriera.

Pero dar marcha atrás me hubiera hundido.

—¿Qué ocurrió? ¿Por qué se fue?

Se sentó en el sofá como si le costara estar de pie, como si hubiera envejecido de golpe.

—Se fue porque quiso.

La miré fijamente, con el cuerpo engarrotado.

—¿Sin más?

—Sin más.

—Pero… ¿estabais mal?

—No… sé que puede sonar raro…

—Entonces… fue por mi.

—¡No! Bruna, cómo iba a ser por ti…

—Porque se fue cuando yo nací.

—No exactamente…

—¿Me conoció?

—Sí, sí… los primero años.

—¿Y qué pasó?

—A veces no tiene que pasar nada, hija. Supongo que él sentía que tenía que estar en otra parte…

—¿Se fue sin más?

—Sí.

—¿Y no le buscasteis?

—Durante mucho tiempo…

Me dejé caer a su lado. Ella puso su mano sobre la mía y su calor bajó mis pulsaciones.

«Se fue porque quiso», esas cuatro palabras martilleaban mi mente y me dolía la frente de fruncir el ceño.

—Pero cariño, nos ha ido bastante bien, ¿no?

Me apretó la mano.

Asentí.

—Sé que no es la explicación que esperabas.

—No… —susurré con la mirada fija— ¿Nunca has vuelto a saber nada de él?

—Directamente no.

—¿Qué quieres decir?

—Nos dijeron que había sido una desaparición voluntaria.

—¿Y…?

—Hija…

—Mamá, necesito saberlo. De verdad. Por favor.

Hundió su cara en mi hombro y la escuché sollozar.

Acaricié su espalda.

—Es el momento —susurré.

—No he sabido, no he sabido… —negaba con la cabeza ahogándose de congoja.

—Mamá…

—Cariño, lo siento mucho —me miró con la cara enrojecida.

—No, no quería que pasara esto. Tú no tienes que pedir disculpas… Vamos a parar, no quiero que estés así…

—Perdóname… perdóname.

Era mi padre el que nos abandonó. Pero era mi madre la que seguía sufriendo. ¿Estaba siendo injusta o era el paso necesario para que pudiéramos sanar?

—Sigamos hablando mañana, cuando llegue tu hermano.

—Vale mamá —la abracé.

Aquella noche me fui a la cama con una sola pregunta en la mente: «¿Qué se hace con lo que no puedes comprender?».




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