Una figura encapuchada avanzaba por el desierto blanco, arrastrando los pies y dejando marcas en la arena, marcas negras que solo segundos después se volvían blancas, levantando lo que parecían cenizas.
—“¡Que increíble coincidencia encontrarte por aquí, mi querida...!”
Cuando trato de decir el nombre de la mujer encapuchada, se escucharon ecos incomprensibles.
Ese hombre era alguien de tez clara, con un bigote de color negro, cabellos negros con mechones blancos, ojos profundos y negros. Su expresión sonriente no parecía una buena noticia en general. Sus ojos parecían destellar con relámpagos pero estos eran de color negro brillante, aunque eso fue durante unos segundos.
Este hombre se colocó a un lado de la mujer, y de un momento a otro parecía un hombre muy alto, demasiado alto, tanto que su cuerpo estaba doblado a la mitad desde su cadera, y su rostro estaba volteado, mirando fijamente a la encapuchada. Hacia esto para alcanzarla pues la encapuchada era bajita, como una especie de burla aunque llegaría a oídos sordos.
Sus ojos y su boca estaban deformadas y vacías, pero sonreían como si de verdad se alegrara de ver a la figura.
La figura encapuchada se quedó mirándolo con miles de ojos aunque en apariencia solo eran un par, brillando de colores brillantes.
— ¡También me alegra verte, si!— Dijo el tipo con alegría al notar que no recibió ninguna especie de saludo.
El hombre se irguió, entonces se volvió más pequeño, aún era algo pero ya no de forma exagerada.
La figura encapuchada le golpeó, o al menos eso pareció pues la cabeza del hombre salió volando hacia el desierto blanco, aun así, cuando las figuras se miraron, no había rastro de ese ataque.
Las figuras avanzaron hasta ver un Oasis.
— ¿Es divertido?
— ¿Te importa?— Respondió la mujer, levantando una ceja en su dirección.
—La realidad es que no— El hombre esbozo una sonrisa fría y vacía, como antes.
—Entonces lárgate.
—Bien, bien... — El chico dio la media vuelta para irse.
La figura femenina tomo algo entre sus manos, una especie de masa de carne palpitante y oscura que tenía un par de ojos y dientes que se movían por todos lados.
—No quiero pedazos tuyos en mis Oasis.
— ¿Te diste cuenta? Que divertido... Bueno, está bien—El hombre tomo el fragmento y lo devoró, dejando caer sangre y pedazos de su boca, además de mordiendo como si nada los huesos, triturándolos.
La mujer volvió la vista al Oasis.
—Eso me recuerda, no vine a esto ¡Ya me acorde! Uno de tus vástagos, Ithaqua, fue asesinado por mortales ¿Lo sabías?— El hombre estiró su cuello para mirarla de cabeza de nuevo.
La mujer giro la vista hacia él, como si le estuviera jugando una broma.
—Habrá una reunión pronto, espero que estés presente junto con el señor amarillo, ya sabes, que ya son los principales afectados ¡Perder a un hijo debe doler tanto!— La voz del hombre se encimo sobre otras voces, algunas que hablaban en idiomas terrestres, otras habladas en idiomas de otros Oasis y otras, habladas en lenguas incomprensibles.
La mujer odiaba tratar con él pero se veía verdaderamente molesto por la situación.
¿Mortales matando uno de ellos? Eso es imposible, ni siquiera esa niña, con lo interesante que era, podría hacerlo.