Los secretos de la esclava

39. Historia de un rumiriano

La tensión en la sala había disminuido, pero no desaparecido. Después de la salida de Alim, Cédric dejó en claro lo que quería lograr al estar presente en un país donde podría ser condenado si cometía un sólo error.

—Como todos vieron desde el momento en que entré aquí, soy un rumiriano que construyó una vida en el imperio que ustedes consideran como enemigo —comenzó Zia con su presentación, al inicio se mantuvo sentado, pero luego se puso de pie—. Mi nombre es Zia Merjall, y junto a mi familia que pereció, fui víctima de la esclavitud dirigida por el antiguo duque de Tessia y apoyada por el antiguo emperador del imperio Hember. Sin embargo, ahora estoy aquí para hablar a favor de la persona que me salvó la vida y me dio un nuevo futuro.

Zia mantuvo la seriedad, y con la mano señaló a Cédric que estaba sentado a su lado. Los líderes aún parecían no estar convencidos, pero estaban poniendo la atención necesaria a las palabras de Zia.

—Raphael Pheriam no tuvo piedad ni con un niño como yo. Fui raptado y separado de mis padres, siendo obligado a realizar múltiples trabajos que un niño no podría soportar... no está de más decir que nunca los volví a ver.

Y no fue necesario decir el por qué, los presente entendieron el inevitable final que sufrieron los padres de Zia.

—... ¿cómo sobreviviste? —preguntó Akeem, mirando a Zia en esos segundos en los que guardó silencio.

—... la inocencia de una persona muere cuando se expone por mucho tiempo a un ambiente hostil —respondió con simpleza—. Después de ser separado de mis padres y observar el ambiente que me esperaba... entendí que nadie me salvaría.

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—¡Zia, debes sobrevivir, no te rindas hijito, te lo suplico, Ziaaaaaa!

—¡Debes ser fuerte Zia, más que nadie en esta vida!

Los gritos de sus padres no abandonaron la mente de aquel joven aún cuando los perdió de vista, era como si le gritaran al oído con una gran fuerza. Sus ojos fueron a parar a otras personas que estaban siendo maltratadas, o en el mismo caso que él, siendo separadas de sus familias.

—¡Muévete, adefesio! —gritó un hombre que, al parecer, era un caballero del país en el que se encontraba.

Zia cayó de cara contra el suelo tras recibir una patada en la espalda, ni siquiera fue una patada suave, esta tenía tanta fuerza que le quitó el aliento que ni siquiera le dejaron recuperar antes de jalarlo de la ropa; esta gente era agresiva, cruel, no tenían compasión ni de un menor.

No lo volvieron a patear, pero recibió empujones igual de fuertes para que empezara a moverse; se aguantó las ganas de llorar, porque justamente hace pocos segundos vio cómo le caían a golpes a otro par de chicos que se habían echado a llorar porque ya no veían a sus padres.

Zia no pudo continuar viendo esa escena, era claro que le pasaría algo similar o incluso peor si dejaba caer una sola lágrima. Empezó a caminar por donde le decían, aún cuando las cosas que iba viendo eran cada vez peores.

El infierno estaba por desatarse para él.

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Había silencio en lo que la historia se contaba, algunos se mostraban comprensivos, otros mostraban las condolencias hacia uno de los suyos ante sus pérdidas.

—... hice muchas cosas de las que no estoy orgulloso, contra mi propia gente con tal de sobrevivir —confesó Zia, con un enorme remordimiento en la mirada—. Hice de la vista gorda con un sin número de injusticias, evité proteger a cualquiera sólo por no querer llamar la atención, y aún así estaba tan preocupado... sentía impotencia.

Zia apretó sus manos con fuerza en un puño, mientras que Cédric mantenía una seriedad sin igual, sintiendo nuevamente la culpa por todos los crímenes ocasionados. Emily ya había escuchado de primera mano la historia de Zia, ya que él mismo se la reveló hace mucho, pero era lo suficientemente consciente de que contarlo generaba un gran dolor a su esposo, así que su mano no tardó en tocar la de Zia en señal de apoyo.

—... ¿cómo lograste escapar de todo eso? —preguntó la líder del distrito textil.

Zia volvió a levantar la mirada.

—... yo no lo sabía, pero las cosas iban a cambiar cuando lo conocí a él —dijo, pasando a mirar a Cédric—. Fue cuando estaba llegando el atardecer, lo recuerdo perfectamente...

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Zia cayó de rodillas cuando escuchó las campanas que indicaban la hora de descanso, no podía más con todo el peso del trabajo que se acumulaba en su cuerpo; empujar y jalar bloques de concreto era complicado, pero los caballeros seguramente pensaban que alguien de su edad fácilmente podría con eso... o mejor dicho, simplemente no les importaba.

El resto de su gente parecía estar en las mismas condiciones, aunque algunos cayeron desmayados en el transcurso del día y fueron llevados fuera de las zonas de trabajo, y no sabe qué pasó con ellos.

Algunos guardias insistían en meterse con los que no les hacían absolutamente nada, sólo por el simple hecho de ser molestos e intimidantes, no fue hasta que de repente guardaron silencio. Sobre el muro que separaba las zonas de trabajo, un hombre de apariencia elegante era saludado y recibido de forma muy respetuosa por todos los guardias.




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